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‘Una mujer en la ventana’ o el alma desnuda de una anciana frente a su destino

Hay obras y representaciones tan cercanas a la realidad que asustan. En el Festival de Teatro Ciudad de Palencia el público con ‘La mujer en la Ventana’ realizó un ejercicio de realidad al que no se quiere enfrentar y mostró la otra cara de las personas que, sin ellas quererlo, tienen que trasladar su ‘hogar’ a una residencia y lo que ellas sienten cuando se ven obligadas a dejar sus vidas para  asumir lo desconocido aún sin ellas quererlo.

Con un texto del alemán Franz Xaver Kroët, Petra Martínez, toma las riendas y el protagonismo absoluto de una obra que ya realizó hace treinta años y que muestra la crueldad que supone enfrentarse a lo grande a través de lo pequeño, como escoger qué meter en la maleta para decorar su cuarto, qué necesitará, y cómo dejar de lado sus recuerdos, sus vecinos, su pájaro.

El humor, la ironía y la ternura en un texto adaptado por  Manolo Heredia y Juan Margallo, que analiza para Gaceta de Castilla y León su ‘mujer en la ventana’, Petra Martinez, una ‘jubilada’ que nos hace olvidarnos de que es una actriz y se nos presenta ‘desnuda’ en las tablas.

¿Cómo cayó en tus manos la obra?

Este texto cayó en mis manos hace treinta años y la representé porque me gustó mucho. Me pareció muy tierno que una señora mayor fuera protagonista de una obra en aquella época, y con un problema que entonces estaba más oculto.

Tras dos años interpretando a su protagonista con éxito se paró. Y este año, cayó en mis manos de nuevo haciendo limpieza y sentí la necesidad de hacerla ahora que tengo la edad. Me apeteció muchísimo porque tenía recuerdos de lo que sentía cuando hice la obra la primera vez y quise vivirla desde otra perspectiva.

¿Cómo te has sentido ahora?

Me ha pasado de todo por el cuerpo cuando he vuelvo a esta obra: que lo que yo pensaba hace tantos años no tiene nada que ver con lo que pienso ahora, que la obra tiene ahora más actualidad que nunca por los desahucios, por lo que está ocurriendo con las personas mayores que viven cada vez en pisos más pequeños, que los jóvenes no podemos hacernos cargo de los mayores y los mayores no podemos hacernos cargo de nosotros mismos, con lo que lo de la residencia es algo que va a ser como los hospitales que ya no van a estar mal vistos…

Lo que pasa es que en la obra si se habla de que las residencias deberían estar más humanizadas, y hay algunas que sí, pero en la mayoría yo creo que no.

¿Te pones ahora más en el papel de la protagonista?

Claro. Hace treinta años lo veía como una cosa que me emocionaba pensando en mi madre. Pero ahora lo que ahora me conmueve es el hecho de que a los mayores nos quiten de nuestro ambiente. No es algo que me vaya a pasar a mi, por mis circunstancias, pero el hecho de que te lleven a una residencia, que te tengas que ir del país porque pasas hambre, que te tienes que ir  de tu casa porque te desahucian, es algo que no sentí entonces y sí siento ahora.

Es una sensación de desnudez.

En la representación hay momentos de humor, ironía, tristeza, ¿cómo se introducen estos elementos en un texto que habla de una realidad tan dura como ésta?

La anterior representación era mucho más dramática, y ahora nosotros siempre pensamos que el punto de vista humorístico es muy importante y sirve para dar una visión diferente a las cosas. Si tu estás con el alma en un vilo durante todo el tiempo de la función sin descarga de risa o evasión no es bueno. Lo que pretendemos con nuestras obras es que tanto el espectador como nosotros tengamos momentos de desahogos a partir de puntos cómicos que te ayudan luego a llegar más fácilmente al drama. Nos gusta mucho la tragicomedia.

A la gente no nos gusta llorar, aunque en cine, televisión y teatro lo usamos mucho para emocionar al público, pero en la vida real pocas veces ves llorar a la gente. Lloramos menos de lo que nos hacen ver en cine y televisión.

El papel de la familia en la obra es fundamental, ¿cómo lo analizas?

En la realidad no puedo decir nada porque tengo unos hijos que sienten y me tratan con un gran amor. Pero en la obra, y ocurre mucho en la vida, los hijos son sus enemigos. Aunque la protagonista no lo quiera reconocer, sí que hay puntos en los que se desvela que sí siente ese abandono, indirectamente los llama egoístas.

Los hijos somos egoístas como hijos, y los padres como padres no lo queremos reconocer, pero sí que llega el punto de esa realidad. De alguna forma me parece muy interesante que realmente en este caso concreto, queriéndolos por encima de todo la lleva a la residencia contra su voluntad.

Ella no entiende cómo su hijo la trata así. La obra tiene la cosa grande de la ‘poquita cosita’.

Una obra de un autor alemán, que tiene vigencia en cualquier parte y que no ha cambiado desde su estreno hace 30 años.

Tiene una vigencia que también se mantendrá porque no tiene visos de cambiar. Yo, cuando estrenamos hace treinta años fui a visitar una macrorresidencia que dirigía una amiga mía en la Comunidad de Madrid. Me daba mucho apuro ir, pero lo hice, representamos allí la función, fue tremenda, lo pasé muy mal, y después hicimos un debate. Estuvimos en un apartamentito que tenía un matrimonio, y estuvimos hablando con ellos que se habían emocionado mucho y nos comentaron que allí se vivía bien, que tenían muchas libertades, que salían mucho, y nos dijeron: “aquí los que no tenemos hijos no estamos mal, pero los que los tienen lo pasan realmente mal”. Y aquello se me quedó grabado porque no se puede olvidar que tienes hijos y que te han dejado allí. Has dado tanto por ellos que no puedes imaginar que te hagan esto. Pero hay que decir que no es algo general.

Aunque ahora con la crisis son muchos los que sacan a sus padres de la residencia y los llevan a sus casas para vivir con sus pagas. Ahora sí tienen huecos en su casa.

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