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9.980 km. El horizonte que nos separa

La exposición 9.980 km. en la que participan 11 artistas españoles y argentinos, consta de 55 fotografías y una proyección de 80 diapositivas

El centro de arte contemporáneo de Salamanca acoge desde hoy una nueva exposición que lleva por título 9.980 km. El horizonte que nos separa, que ha sido producida por el DA2 en colaboración con el Festival de la Luz de Argentina y comisariada por Fernando García Malmierca.

Esta muestra incluye 55 fotografías y una proyección de 80 diapositivas de 11 artistas argentinos y españoles y ocupa las salas 6 y 7 del centro de arte. Se podrá visitar hasta el 28 de septiembre.

Tal como explica el comisario de la exposición “el Horizonte muestra la idea de límite y separación, se trata de una línea imaginaria, de un referente móvil que avanza con nosotros y nuestro punto de vista. El espíritu de la muestra es establecer un diálogo a través de la fotografía. Los autores establecen en sus obras un marco de acción globalizado y a la vez personalizado, donde ocurren los fenómenos que interesan aquí y allí, que al final muestran un mapa más que del Territorio, de nuestro Tiempo”.

Del compromiso de mostrar lo lejano-cercano, nace esta muestra, donde los artistas de uno y otro lado miran al horizonte que nos separa y a la vez nos une. Son calidades fotográficas que investigan el Origen, la duplicidad, la confrontación de universos paralelos que se rozan y a veces chocan para producir esa lucha de contrarios.

Los 11 artistas que participan en esta muestra

En esta exposición participan seis artistas argentinos, Celeste Martínez, Alejandro Almaraz, Mª José D’Amico, Esteban Pastorino, Lorena Guillén Vaschetti y Gerardo Repetto, junto a 5 artistas españoles Eriz Moreno, Valentín Vallhonrat, Lara Almarcegui, Irene Cruz y Javier Vallhonrat.

Celeste Martínez, ante un horizonte que a todos nos tiene reservada la Naturaleza: la muerte. Esa fotografía donde una enfermera mira el fondo de la sala de disección mientras otra documenta sus enseñanzas en una pizarra, es reveladora. Su lenguaje bebe de las fuentes de la medicina, la antropología y el arte, descontextualizando las imágenes para indicar un nuevo significado subversivamente poético, cotidiano y extraño.

Esteban Pastorino nos propone una recreación de lugares límites y fronterizos, esos escenarios que muestran para esconder. Relativiza lo real como construcción y la producción mecanizada la lleva al terreno del espacio irreal y construido. Su interés procesual se mueve en el terreno de la percepción ambivalente que siempre ha producido la imagen fotográfica, entre lo real y el constructo.

Lorena Guillén Vaschetti reflexiona sobre el pasado y la memoria oculta, que aparece rescatada tras muchos años de no ver la luz. Nuestra historia familiar en cada uno de nosotros se construye a partir de lo que nos han contado, algunas anécdotas y pocas imágenes, entre otras cosas. Eso, poco a poco, va construyendo la historia (lo que acordamos que ocurrió) y en definitiva nuestra identidad. Pero: ¿qué ocurrió entre foto y foto?, ¿qué fue de aquello que no se fotografió, que no se recuerda, o de aquello que nunca ha visto la luz? Entre silencios, secretos, y olvidos hay muchos momentos desconocidos que permiten reconstruir el relato legado y así reescribir nuestro pasado y como consecuencia, nuestra identidad.

Eriz Moreno nos invita a visitar ciudades del mismo nombre, de uno y otro lado del Atlántico, poniendo en cuestión la idea de original frente a copia y central frente a sucursal, destacando que los grupos humanos crean constantemente nuevas realidades. Las distintas Madrid, la de Colorado, la de Nuevo México y la de Virginia conviven en un espacio conceptual recorrido por el topónimo. La lejanía y dispersión así como diversidad y disparidad territorial nos remiten al proceso de descolonización y su neo-construcción postcolonial.

Con Alejandro Almaraz visitamos los míticos edificios culturales, ya no es necesario ir allí, ya hemos estado mil veces desde lo virtual. La fotografía turística nos da información de lo lejano, para convertirlo en objeto de trofeo, el captar la foto del “yo estuve allí” se ha convertido en un ritual donde el indicio de lo fotografiado sirve a un fin social, de clase o de imitación de clase.

Valentín Vallhonrat eleva el punto de vista para darnos un horizonte a vista de ángel de los edificios más emblemáticos del mundo. De esta forma invierte los términos de lo real-humano, con sus posibilidades limitadas y la construcción tecnológica que nos da la vista elevada. Al elevarnos, nos convierte en seres sobre-humanos, en ángeles que pueden divisar lo nunca visto hasta hace apenas 150 años: captar la imagen desde arriba, de lo que ha estado ahí siempre. 

María José D’Amico retrata los espacios desolados por la ausencia, que en otro tiempo fueron hogares habitados por familias. El hogar deshabitado es un núcleo de nostalgia, sus restos son los restos de un naufragio, la tradición queda interrumpida y la vida queda detenida en una foto llena de restos, de recuerdos, de la idea de muerte que conlleva la ruina y el abandono.

Gerardo Repetto recurre a la técnica fotográfica antigua para hacernos reflexionar sobre el tiempo y su efecto en el ser y su representación. Sus Heliografías son una señal que queda después de haber experimentado con la luz, su naturaleza enigmática y el recuerdo en forma de sombra, sobre un papel. Lo efímero de la obra nos convierte en tiempo y el tiempo se muestra inestable como la imagen que lo representa.

Lara Almarcegui actúa en los espacios urbanos no intervenidos o en proceso de intervención por la arrolladora máquina del poder económico. Sus intervenciones en los resquicios urbanos ponen en evidencia la imagen de la autoridad, como ser omnipresente, que modifica el espacio en contra de las necesidades de sus habitantes.

Irene Cruz, con su afán performático recorre su entorno entre mítico y real, para acercarnos al hecho del espacio interactuado y poseído por su propio cuerpo. Construye un relato de la relación de su cuerpo con el espacio, es un relato de soledad, donde la luz es el personaje que habita, no para dar claridad sino para envolver sus escenarios de misterio. 

Javier Vallhonrat con sus paisajes culturales hace dudar y fluctuar al espectador entre lo real y lo imaginado. El puente es símbolo de transición espiritual: para llegar al crecimiento hay salvar obstáculos.

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