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Calle, ¿o hable? la calle

En nuestra armoniosa y bella lengua española, en la universal, sencilla y fecunda lengua un día nacida castellana, que el genio español fue enseñando por el mundo al tiempo que lo civilizaba y que hoy hablan más de veinte naciones y varios cientos de millones de personas, motivo por el cual se ha desatado la envidia de esos enanos mentales de la periferia auto denominados nacionalistas que padecemos en España (¿hasta cuando?, se pregunta indignado el pueblo), hay una palabra que hoy quiero comentar. La palabra en cuestión es, calle.

Son múltiples las acepciones o significados que tiene esta prolífica palabra y que podemos comprobar en cualquier diccionario, así como el considerable número de locuciones a que da lugar su uso. Es curiosa la extraordinaria versatilidad de este vocablo. Si decimos que a un detenido le han puesto en la calle, lo estamos empleando como

sinónimo de libertad, mientras que si utilizamos el término como variante de tiempo y modo verbal de callar, nos topamos con la negación de la libertad de hablar que los humanos tenemos. Para los políticos municipales, esta voz de nuestro idioma en su acepción de vía pública, no pasa de ser un juguete para divertirse y mofarse de los que, ajenos a su rencor cachetero, vivan o no en ellas, tienen que sufrir los constantes e irracionales cambios de nombre que imponen a los nombres del callejero. Otras veces les sirve de arma arrojadiza o vaya Vd. a saber, todo menos preocuparse de que estén limpias, asfaltadas e iluminadas para que pueda transitarse por ellas con seguridad.

mujeres

La importante transformación que experimenta esta palabra cuando con ella nos referimos a un grupo de personas más o menos numeroso es en cualquier caso digna de ser tenida en cuenta. Por otra parte, expresiones como la calle opina esto, desea aquello, reclama lo otro, dan a la misma una categoría singular y desde luego muy superior a cualquier otra. Nadie discute que la calle es importante y todos, por supuesto unos más que otros, quieren quedarse con el poder que tiene para utilizarla en su propio beneficio pues ninguno ignora que el secreto para hacerse con ella es fácil, basta utilizar la demagogia. Porque la calle en tanto sea masa o grupo de personas sin capacidad de reflexión y autocrítica por falta de un mando y una organización adecuada, es propensa a la acción indiscriminada y es tan pasional y susceptible que se vuelve contra el que osa  desilusionarla. Por eso la demagogia y el populismo andan desatados, por eso la calle en acción es temible, y precisamente por eso vemos y sabemos que nuestra democracia deja mucho que desear.

La situación política, económica y social que en los últimos tiempos está atravesando España es de tal magnitud y gravedad que sus efectos  por fuerza tenían que llegar a la calle a pesar de los esfuerzos de los gobiernos por minimizar la cruda realidad. En los últimos tiempos ese objetivo se logró hasta las elecciones de hace dos años, pero a raíz del vuelco electoral la cuestión se radicalizó hasta el punto que querían sus inductores: paralizar la acción del nuevo gobierno. No fue difícil dado el miedo patológico del partido vencedor a defender con la firmeza necesaria tanto sus principios como las promesas electorales, que pronto fueron pasto del olvido con la excusa de las protestas en las vías públicas en manos de la variopinta y mal perdedora oposición.

Tanto o más peligroso para una nación es un gobierno medroso, sordo y autista, como una calle alborotada. Y si no es bueno que un ministro pueda decir que la calle es suya, aún es peor dejar la calle en manos de alborotadores o agitadores profesionales. Porque la calle somos todos y es de todos, debe ser el termómetro más fiable para calibrar la salud de una sociedad democrática, siempre, claro, que se sepa mantener a los “segundos” fuera de ella. Esas algaradas callejeras  con quemas de contenedores y enfrentamientos con la policía, esas ocupaciones espectaculares y gratuitas con alboroto incluido de cualquier lugar público, institución, finca, vivienda o supermercado que se ponga a tiro, la ufana y escandalosa desobediencia de algunas autonomías, el incumplimiento sistemático de la ley por todo el que puede, la desigualdad ante la justicia según  sea uno pobre o descendiente de pata negra., es más una algazara y un espectáculo circense que el pulso de una nación seria.

 

Si en España podemos ver, que no admirar, a una clase política  mayoritariamente sin formación ni principios, también vemos la necesidad de que la calle sirva en una sana democracia para algo más que para pasear, pues es el complemento necesario de una buena acción de gobierno. Como es sabido, la política tiene dos interpretaciones para los hombres:  para los pobres y desgraciados es sinónimo de lucha porque el poder pocas veces asegura un orden real y justo; en cambio para los ricos y acomodados que creen en la bondad del poder, la política es un medio de integración. Sin embargo las democracias, la nuestra muy en particular, con las que se hace la política, están pensadas y fundadas por y para la aristocracia. Ante la imposibilidad hoy día de volver al despotismo ilustrado de siglos pasados, del todo para el pueblo pero sin el pueblo, la aristocracia se ha disfrazado para no ser rechazada. Permanece en un segundo plano, entre bambalinas pero a lo suyo, imponiendo su voluntad e interés valiéndose de la partitocracia, sistema donde prevalecen los siervos mercenarios de la política carentes de principios aunque obedientes a la voz de su amo. Estos a los que podemos llamar vasallos son los que militan en unos partidos políticos que utilizan el señuelo de unas elecciones para engañar al pueblo, ya que están totalmente teledirigidas, con listas elaboradas por los mismos que siempre mandan, cerradas entre otras grandísimas imitaciones que impiden la participación no sólo del pueblo, sino de la mayoría de afiliados a dichos partidos. Por eso el pueblo, al sentirse decepcionado y engañado, ha decidido salir a la calle.

Como muestra de desprecio a la opinión mayoritaria de los españoles, no puedo por menos de traer a estas páginas  unas perlas gubernamentales de un gobierno amoral, decisiones que no llegan a conocimiento de la gente normal y sencilla porque no interesa y se pierden con el silencio culpable de una prensa comprada, que demuestran la sordera y ceguera y el alejamiento de la realidad existencial de un gobierno más atento a lo que han dado en llamar políticamente correcto, que a las necesidades de un pueblo en decadencia biológica, económica y moral como es el español en estos momentos. Hace unos meses, concretamente el 19 de Diciembre pasado, el gobierno del PP declaró de “utilidad pública” a la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales. Más recientemente, el 30 de Mayo del presente año, la Secretaría de Estado e Igualdad dependiente del Ministerio de Sanidad, publicó en el Boletín Oficial del Estado el listado de subvenciones entre las que figuran las millonarias a las asociaciones de activistas homosexuales y etc. etc., etc. ¿Reivindicar el “matrimonio” entre personas del mismo sexo y que la visibilidad lésbica sea públicamente aplaudida, es de utilidad pública y merecedora por tanto de disfrutar de beneficios, exenciones fiscales y asistencia jurídica gratuita entre otras gabelas? ¡Y la natalidad por la alcantarilla de los abortos, descendiendo el número de nacimientos todos los años para que desaparezca de una vez España! Para compensar el derroche se manda a los pacientes a casa al primer o segundo día de operados. Desde luego no se puede llegar a menos, ni tampoco a más. Al tiempo que se malgastan los caudales públicos, millones de españoles están sin trabajo y la inmensa mayoría agobiada por los impuestos y sin más agujeros en el cinturón que apretarse ¡Qué pena y qué vergüenza!

Para terminar, una última reflexión. La calle no puede ni debe ser un campo de batalla bajo ningún concepto. La calle tampoco es ni debe ser la universidad que determinados profesionales pretenden para llamar la atención. De esta “universidad” nunca saldrá la excelencia ni ningún nobel. En todo caso, así la podrían llamar los buscones y lazarillos, no sesudos profesores si es que lo son de verdad. Esas pretendidas clases “universitarias” callejeras o demostraciones similares del personal sanitario son, además de patéticas, la fehaciente expresión de la escasa calidad profesional de esos “actores” frustrados. Si la calle no es civilizada, realista y respetuosa con la ley, no nos sirve de nada. Si lo es, bienvenida, pues nos hace mucha falta.

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