Home / Opinión / Colaboraciones / Una querencia imposible
alerta altas temperaturas

Una querencia imposible

Se sabe que hay ciertos animales, incluso salvajes, que tienen una propensión natural a volver al lugar donde se han criado o frecuentan por tenerlo como seguro refugio o para morir.

También el hombre en tanto que ser animado, comparte esa tendencia a ir hacia lo que ama y quiere bien. Esa tendencia o inclinación es lo que se conoce como querencia. En el tema que intento exponer no es un lugar geográfico el motivo, sino de una manera, la única, de estar a gusto donde se está, en la cual no siempre los deseos del hombre por nobles e intensos que sean están al alcance de su voluntad hacerlos realidad. Ese es el caso de la paz, donde, excepto en la paz interior que está al alcance de cualquier persona rica o pobre, culta o analfabeta, en las otras variantes de la paz está sujeto a sufrir la frustración que se experimenta ante lo que es imposible conseguir por depender su disfrute de otros.

El profeta Jeremías, célebre por sus lamentaciones, ya lo anticipó certeramente -por eso era profeta- en uno de sus Cánticos: “se espera la paz y no hay bienestar, al tiempo de la cura sucede la turbación”. Con frecuencia comprobamos cómo los hombres y los países buscan, o eso dicen, la paz porque sin ella no se puede vivir. Pero lo que no sabemos es qué paz quieren, ¿la del cementerio? ¿la del bienestar económico? ¿la libre de conflictos? ¿la social? ¿la que nos dejó Cristo?. ¿Qué entendemos nosotros por paz?, desde que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, no sólo ellos sino la humanidad entera como consecuencia del pecado cometido, dejó de ser buena por naturaleza al tiempo que perdía el don divino y gratuito de la gracia, entre otros bienes tan importantes como los de la paz o la inmortalidad.
Por eso es una gran mentira lo que vienen afirmando desde el siglo XVIII los utópicos de todo pelaje, llámense psicólogos, sociólogos, políticos e ilustrados varios, de que es la sociedad la que corrompe al hombre. Es él, el que corrompe a otros y se corrompe a sí mismo cuando se deja llevar por la ambición, el egoísmo, la codicia, la soberbia, el odio y la avaricia que según San Pablo es la raíz de todos los males sociales. Inclinaciones todas que son , como se ve, pecados personales que sólo pueden evitarse luchando de verdad cada uno de nosotros contra ellos hasta hacernos pacíficos de corazón y trabajar por la paz, una de las bienaventuranzas enseñadas por Jesús, para que Él nos dé el premio de ser llamados hijos de Dios. Posiblemente en base a estas palabras, el escritor estadounidense Thomas Merton afirmaba que no creía en los deseos humanos de paz, pues si los hombres quisieran de verdad la paz se la pedirían a Dios y Él se la daría.
En términos generales, la paz entre los hombres de diferentes naciones, o sea, la ausencia de conflictos entre ellas o paz internacional, era un tema que ya preocupaba a los antiguos. Un escritor romano llamado Flavius Vegetius Renatus escribió en “Epitoma rei militaris”, la famosa frase: “ si deseas la paz, prepárate para la guerra “. Una frase que hizo fortuna desde que fuera escrita, hasta el punto de ser objeto en nuestros días de figurar con ligeras variaciones: “ si quieres la paz, cultiva la justicia”, como síntesis de la Carta del Trabajo en el pergamino que se introdujo con la primera piedra del edificio de la Oficina Internacional del Trabajo en Ginebra. Actualmente, tras las enormes tragedias de dos guerras mundiales, los conflictos que hay en el mundo aunque preocupantes y harto lamentables, están muy localizados. El resto de países disfrutamos de una paz precaria e inestable, pero paz al fin y al cabo, debido al miedo mutuo que tienen las grandes potencias al armamento de destrucción masiva de que disponen todas ellas, lo cual demuestra lo acertado de la frase de Vegecio.
Otra clase de paz es la social dentro de un país determinado, ésta es la que no tenemos en nuestra sociedad. Ya empezamos a estar hasta las narices de crisis, paro, impuestos, asaltos, manifestaciones, acosos, y jaranas callejeras que son las culpables de tanta inquietud. Los españoles estamos sufriendo, y pagando, los muchos y graves errores del pasado y algunos notorios y no menos perniciosos del presente cometidos por nuestros pésimos gobernantes en los últimos años. En consecuencia, estamos atribulados por tantas necesidades no sólo materiales sino también y en mayor medida morales, pero de una cosa podemos estar seguros y es de que con huelgas y ruidos no mejoraremos nuestra situación. Hay que actuar con la cabeza y civilizadamente.
A empeorar nuestros problemas acude presurosa, esa es la impresión generalizada de los españoles, una justicia que hace aguas por todas partes. Una justicia que en lugar de sustentar y fomentar la paz, su principal función, parece empeñada en lo contrario con sentencias subjetivas que nos deja sometidos al imperio impune del latrocinio y chantaje de ladrones de alto copete y guante blanco y de los separatistas de baja estofa, todos ellos con licencia y amparo para robar y extorsionar. Es más que un error, es un auténtico desafuero que la justicia no sea igual para todos por no ser independiente y estar politizada, pues el pueblo se da cuenta que hemos retrocedido al feudalismo, haciendo bueno el refrán que dice “allá van leyes do quieren reyes”. Se impone pues, meditar sobre la conveniencia de no aumentar nuestras desdichas y exigir se restablezca en España, la paz de la justicia, que en otros tiempos de grato recuerdo tuvimos. A ver si así se enteran los que mandan y logramos ahuyentar nuestras penas que son muchas.
Es una realidad indiscutible que el hombre consume su existencia ya desde el día primero con la paz perdida. Por eso pide paz el rico para seguir amasando sin sobresaltos, lo mismo que el político para seguir engañando a los incautos. Con más motivo y necesidad también la pide el hombre de la calle que no se mete con nadie. Con el mayor descaro, con el manto de la paz se disfrazan en nuestra era todos, aunque pronto se descubre que ninguno de ellos es sincero, ninguno infunde templanza, ni aleja los malos vientos, ni favorece la libertad, ni invita a la reflexión. El caso es que en este tema de la paz son muchos los curiosos que se asoman, miran y esperan. En vano aguardan porque no trabajan por conseguirla, los pobres no saben que para ellos no habrá más paz que la del cementerio. La paz hay que ganarla y merecerla cada día.
La paz social es un compendio de la paz interior y de la exterior al individuo, es fruto de la buena fe de las personas y de la justicia imperante en la sociedad tutelada por el estado. La paz social es la que se conseguiría si se cumplieran las exigencias de la doctrina social de la Iglesia expuesta en las Encíclicas que sobre este tema enseñan los Papas desde la revolución industrial. Es el galardón que da Dios a los hombres de buena voluntad anunciada por los ángeles en Belén, la que el mismo Jesús dejó hace muchísimo tiempo a los apóstoles cuando les dijo que su paz les dejaba y daba. Para desgracia nuestra, cuanto más tiempo pasa de este regalo inmerecido, nos encontramos más lejos de esa paz que necesita la humanidad, que necesita España para recuperar la convivencia perdida, para construir una sociedad donde pueda cumplirse el deseo divino de paz para el pobre engañado y paz para el equivocado rico.
En esta hora, como en tantas otras, aunque más que nunca por la ambición, la avaricia y el vicio exacerbado que padecemos, el impedimento mayor para disfrutar de la paz en España es tener unas leyes que no garantizan los derechos fundamentales de la ley natural, ni los religiosos, ni los políticos de la unidad de nuestra patria que para más escarnio depende de un Tribunal Constitucional cuyos miembros están nombrados a dedo por los partidos políticos y no siempre son jueces de carrera. Lejos de haber aprendido la lección, seguimos siendo esclavos de la injusticia y de nuestras malas inclinaciones y deseos impuros. Tomás de Kempis escribía: “ ¿cómo quiere estar en paz mucho tiempo el que se entromete en cuidados ajenos, busca lances exteriores y dentro de sí poco o tarde se recoge? ”. Con esos defectos y esa carga en nuestra mochila vital, esa falta de fe y determinación, esa insinceridad en nuestra querencia, está claro que ésta resulta imposible.

Te puede interesar

agradecer, isabel garcía mellado, garcía mellado, mujeres, marta sanz, 37, literatura, filosofía, colaboración, versión, muñecas, caucho, maría jesús prieto, esperanza ortega, trapiello, jolgorio, dulzura, palabras, andrés trapillo, risa, arca, palabras, emily dickinson, mujeres, marta sanz, 37, literatura, filosofía, colaboración, versión, muñecas, caucho, maría jesús prieto, esperanza ortega,

HE APRENDIDO A AGRADECER. Isabel García Mellado

“He aprendido a agradecer / que te traigan la verdad aunque sea fea,/ tod@s lo …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies
WP-Backgrounds by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann