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Natalia Ginzburg

Descubrí a Natalia Ginzburg, quizá la mejor novelista y escritora italiana del siglo XX, hace unos meses, tras la lectura de un poema suyo No podemos saberlo, de los dos que únicamente se conocen de ella, y tanto me impresionó que lo aproveché para un tema que estaba escribiendo en aquel momento.
Y hete aquí que hojeando, hace dos días, las últimas novedades en una de las librerías que frecuento, en cuanto vi un libro suyo en la sección Novedades, con el título “Ensayos” me lo traje a casa y lo comencé a leer ayer mismo.
Y hete aquí que, al abrir el periódico, hoy domingo por la mañana, me encuentro que Gustavo Martín Garzo, a quien considero maestro en el arte de hablar y escribir, ocupa la página de honor de EL PAÍS, destinada desde hace tiempo a Vargas Llosa, con el título “La cuidadora de ocas”, en el que glosa con enorme admiración, el libro de la escritora italiana, recientemente publicado, diciendo que “todo el libro es un hermoso ejercicio de inteligencia, ternura y bondad. No hay en él petulancia ni pedantería, y su tono es siempre el de una conversación. Un conversación llena de encanto, en la que asistimos a cada momento a la sorpresa del verdadero pensamiento”.
Por lo que me siento obligado a seguir leyendo con más calma, las prisas en esto no son nada buenas, bolígrafo en mano como acostumbro, y prometo que daré cuenta de él, desde la certeza de que ni la escritora italiana ni el escritor vallisoletano me defraudarán
Me he asomado a Internet y la novelista Clara Sánchez, entre otros, dice que no se cansa de leer a esta escritora “genial” y aconseja a que “quien aún no le haya hincado el diente a la Ginzburg, que vaya a la fuente, que la lea y se quedará embobado”.
… y como lo prometido es deuda, aquí estoy de nuevo, para dar fe de lo leído y disfrutado.
– Los temas más nimios e insignificantes adquieren en esta mujer una belleza y luminosidad inusitadas y, como sin querer queriendo, alcanza una sabiduría y profundidad extraordinarias.
– No dogmatiza, no saca conclusiones, con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto y pensamiento único, sino que deja siempre la puerta entreabierta para el que quiera asomarse por su cuenta y riesgo y, quien lo desee, estire el texto y continúe reflexionando a favor o en contra, porque a esta mujer lo único que le importaba de la literatura (y del arte en general) es que sea “iluminador y estimulante”.
– Lo que más quisiera en la vida, quizá, vivir en un pueblo y ser cuidadora de ocas, de ahí el título del artículo de Martín Garzo, una cuidadora de ocas junto al arroyo “vigilando algo querido para que no le pase nada malo”.
– Habla de los temas serios sin gritar ni pontificar, y se agradece en estos tiempos de manifestaciones y griterío, sino con un gran respeto y una gran seriedad.
– Y a medida que va avanzando en años, prácticamente todos los escritos de la segunda parte del libro, cuando anda por los 70 y los 80, va aumentando su sabiduría, su energía, su espíritu crítico (toma partido y se moja, aunque deja claro que es simplemente su opinión) y su combatividad, al lado de una inmensa ternura como la que desborda al referirse a personajes débiles y marginales, y de una tremenda dignidad.
– etc, etc., porque el comentario se haría interminable, un libro para degustar, nada de devorar, sino subrayar, volver sobre él y aprender siguiendo su estela.

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