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Hordas urbanas

Contemplando las calles de cualquier pueblo o ciudad, cualquier observador puede darse cuenta del grado de civilización y educación de sus habitantes. ¡Lo que va de ayer a hoy!, antes se decía eso mis-mo de los urinarios públicos, ahora prácticamente desapare-cidos en todas partes.

A la vista de la transformación, de la importancia y dimensión del sujeto comparativo actual, no tenemos más remedio que re-conocer la degradación de la actitud ciudadana y del consi-guiente respeto hacia todo lo que es común y tanto influye en nuestra convivencia.

No pretendo ofender a nadie señalando este o aquel pueblo, esta o aquella ciudad, hablo en términos generales. Que cada cual ponga nombre a su ciudad o lugar; para bien, si puede pasear a gusto al tiempo que le es dado contemplar la armonía de sus edificios, la perfección de los trazados de sus calles o la belleza de sus jardines sin que la suciedad del suelo originada por todo tipo de residuos y excrementos de animales, le impida hacerlo.

Para mal, si el cotidiano transitar se convierte en un calvario propenso a la grima y al lloro al ser metafísicamente imposible sortear indemne tanta basura. El origen de tales atropellos urbanísticos no siempre es achacable en exclusiva a los ayuntamientos, como tampoco se puede atribuir por entero al chivo expiatorio de turno conocido vulgarmente como sujeto mal educado, descuidado o gamberro. La responsabilidad recae en todos ellos aunque con fuertes fluctuaciones en uno u otro sentido según los casos.

A mi entender, en general son mucho más responsables las autoridades municipales que los, por llamarlos de alguna manera, “ciudadanos” incivilizados. La razón es sencilla, los primeros cuentan con la fuerza legislativa y la coercitiva para impedir que tales comportamientos se produzcan. Precisamente el mal uso que se hace de esos poderes, bien por omisión o por exceso de los mismos, dan lugar a la reacción airada unas veces, cobarde e incivil otras, de los que las padecen que pasan a la acción como protesta y se transforman si forman grupo, queriendo o sin querer, en verdaderas hordas urbanas salvajes, sin domicilio conocido.

El afán recaudatorio de todos los municipios, creo que sin excepción, es de todos conocido por más que se alegue la necesidad de disponer de medios económicos para dar más servicios a la comunidad –muchas veces metiendo las narices donde no les corresponde-, y justificando las multas de tráfico en que sólo se persigue la seguridad en la circulación. En el primer supuesto se están arrogando facultades a costa de quitárselas a otros estamentos públicos y a la iniciativa privada. En el segundo, impelidos por la certeza de que el poder sin dinero no es poder, aprovechan la necesidad de la mayoría de la población de disponer de medios propios para sus desplazamientos a los centros de trabajo para, mintiendo descaradamente, hincar sus garras en las carteras ya exangües de los sufridos contribuyentes.

Digo que mienten porque si de verdad buscasen la seguridad no habría multas económicas detrás de esa proliferación de radares con foto incluida. Hay otras medidas más disuasorias como lo son la pérdida de puntos sin dinero añadido, badenes, trabajos a la comunidad, etc. Por otra parte, los radares se pondrían bien visibles en zonas realmente peligrosas, no donde jamás ha ocurrido nunca nada ni es previsible que ocurra, y el límite de la velocidad no sería absurdo ni caprichoso, sino que estaría en consonancia con la seguridad actual de los vehículos.

Vehículos que, para más escarnio, se ven obligados -¿para qué, cabe preguntar, si ya vemos para lo que sirve?- a pasar anualmente por la taquilla de las ITV de rigor. A mí me sorprende, en contraste con el celo con el que se persigue a los usuarios de motos y coches, la laxitud y desidia en el cumplimiento de las obligaciones ineludibles y perentorias de esas mismas corporaciones tan activas a la hora de expoliar los bolsillos ajenos.

Conozco a más de una persona condenada a la silla de ruedas de por vida por culpa de algún socavón o registro roto en la vía pública, no reparado ni señalizado a tiempo. Conozco a muchas de cierta edad que se han partido la crisma por estar levantadas algunas losetas de las aceras, o por haber pisado algún plástico, papel, peladura de fruta o algún excremento de perro que tanto abundan, sin que los Ayuntamientos hayan tomado con la diligencia que les corresponde las medidas correctoras oportunas ni hayan pedido perdón a las pobres víctimas.

La explicación debe consistir en que perseguir a los coches, bueno, a sus propietarios, es muchísimo más fácil y rentable que intentar hacerlo con tanto desaprensivo como anda suelto y no identificado por las calles de nuestros pueblos y ciudades. Es el eterno dilema de un pequeño cuento en verso que Lope inserta en la comedia La esclava de su galán, donde se pregunta quién de todos ha de ser el que se atreva a poner el cascabel al gato y que Samaniego recrea en la fábula “Desde el gran Zapirón”, para terminar diciendo que el concejo ratonil propone un proyecto para colgar el dichoso cascabel: Pero, ¿la ejecución? ahí está el cuento.

Con los coches, que son una necesidad en estos tiempos, fácilmente se recaudan millones con los que emprender obras sin ton ni son, pero de gran rendimiento económico y clientelar que tanto ayudan a continuar a los mismos en el “servicio” al pueblo. Muy distinto es ir contra los perros de los amos que permiten que estos hagan las deposiciones en las aceras haciendo harto peligrosa la andadura callejera, porque ¿cuántas cámaras harían falta?. Además no tienen matrícula ni por delante ni por detrás, sólo su cara que aunque sea dura no es reflectante. En definitiva, que hay que ir a lo seguro.

Tener un coche presupone un cierto poder adquisitivo por su alto precio, pero un perro, bah! cualquier pobre lo tiene, que ladren y caguen donde quieran. En este repaso al comportamiento ciudadano he mencionado de pasada a las hordas urbanas, pero merecen un comentario aparte. En principio, hay que admitir que no nacen por generación espontánea como lo hacen las setas. Si las hay y padecemos, nuestra es la culpa. A estas alturas de la civilización se puede hablar de fracaso sin paliativos su existencia. Fracaso de la sociedad en su conjunto por no saber integrar y socializar a todos sus miembros. Fracaso de los gobiernos central y autonómicos que mantienen una educación tan deficiente y deformadora.

Fracaso de los respectivos ayuntamientos tan proclives a asumir competencias ajenas, menos ésta, claro, pues no hacen nada para remediar el vandalismo. Fracaso de las familias, que contagiadas del pasotismo reinante han desertado de su obligación de educar en valores morales y sociales a los hijos. Fracaso, en fin, de los individuos que voluntariamente chapotean en la ciénaga de frivolidad y relativismo que ahoga a las sociedades occidentales.

Las hordas que asolan el mobiliario urbano no son capaces de conservar ni construir, lo suyo es destruir lo que encuentran a su paso. Para ellos, nada tiene valor excepto su goce personal. ¿Si no tienen fe en Dios, ¿cómo van a confiar en sus semejantes y, por consiguiente, respetarlos y amarlos?

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