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Thomas Mann: la montaña mágica

Después de haberme llevado a la espalda las novecientas y pico de páginas de La noche de los tiempos de Muñoz Molina y haber tocado con la punta de los dedos los altos cielos de la más alta literatura, adentrarse en el mundo cerrado de un sanatorio de tuberculosos, en La montaña mágica de Thomas Mann, obra cumbre de la literatura y también de novecientas largas páginas, es una aventura no menor y un enorme placer para la mente y los sentidos.

Nos adentramos, digo, en un mundo cerrado y sin embargo abierto a las entretelas del cerebro, los sentimientos y los temas inmortales del tiempo, la muerte, el amor, la amistad, el dolor, la enfermedad, la biología, el humanismo, la civilización, el totalitarismo, la parapsicología, la filosofía… con lo que no hay mundos cerrados ni pequeños ni provincianos en las manos de un gran escritor porque como diría Delibes, la esencia de la novela está en la construcción de una pasión, un paisaje y un personaje y en La montaña mágica esto se eleva a los niveles de los más exigentes lectores y críticos, porque hay pasiones descritas con el detallismo parsimonioso de un miniaturista, amplios y profundos paisajes físicos y mentales con la creación de un mundo personal propio y muchos personajes en torno al protagonista Hans Castorp, dibujados con la mayor exquisitez y rigor literario.

Todo un mundo, una montaña mágica, en el marco cerrado de un sanatorio en el que entró el protagonista de joven inmaduro, para una semana y hubo de permanecer siete años hasta su recuperación total, y salió con buenos soportes de sabiduría y madurez. Baja de la montaña y decide integrarse al mundo del deber social en uno de los campos de batalla de la primera guerra mundial. Una gran obra de arte, sin duda, al que posiblemente le sobren páginas y hasta algún capítulo, porque puestos podría alargarse la historia hasta el infinito, y no es eso, como tampoco lo es que el final se precipite dándole un carpetazo poco digerible. Aunque como buena obra de arte, sugerente, la puerta queda abierta con una pregunta fundamental e incisiva, final del libro: “¿Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?”.

Nota al margen: A las pocas semanas de escribir esto sobre La montaña mágica leo a mi admirada Rosa Montero un comentario, sobre esta novela, acertado y luminoso. Cita a Italo Calvino que definía así a los clásicos: “un libro que nunca termina de decir lo que tiene”, para pasar a explicar su teoría sobre las grandes y maestras obras de la literatura: En toda novela sobran cosas; y, por lo general, cuanto más gordo es el libro, más páginas habría que tirar, porque “la novela se parece a la vida… sucia, mestiza y paradójica, un híbrido entre lo grotesco y lo sublime en el que abundan los errores”.

A pesar de lo cual le cuesta entender que La montaña mágica le pueda parecer a alguien un ladrillo, porque es “un texto moderno, sumamente legible e hipnotizante”, aun reconociendo que muchas páginas, sobre todo las decisiones filosóficas de Septembrini y Naphta, no son más que “peroratas roñosas y oxidadas, ilegibles, pedantes y pelmazas”. Pero Thomas Mann es, para la escritora española, enorme, aunque haya que saltarse algunas páginas suyas, porque se trata de una novela amenísima y sutil, casi perfecta, porque ni en la vida ni en las novelas es concebible la perfección.

Y termina recomendándonos, lógicamente, la novela, y que no hay que temer a los clásicos, sino sumergirnos en ellos, y saltarse sin prejuicios los fragmentos que nos aburran, porque no se trata de “textos sagrados esculpidos en piedra, dogmas temibles e intocables”. Pues eso.

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