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La rosa de los vientos

La rosa de los vientos es una de las pocas rosas que a pesar de su nombre, nada tiene que ver con las múltiples variedades de flores de un rosal. Si se denomina así es por su semejanza con la figura de una rosa, al ser un círculo que tiene marcados a su alrededor los 32 rumbos en que se divide la vuelta del horizonte. Si el artículo lleva ese título se debe a la importancia del viento, un elemento venido a más desde que el eximio Zapatero, que en la paz y gloria del Consejo de Estado descanse, lo proclamó con rotundidad, urbi et orbi, dueño y señor de la tierra entera. A buen seguro que alguno o quizá todos esos vientos de la rosa, son los portadores de los continuos cambios en nuestras costumbres, pensamientos y modos de vida, ya que su poder se extiende no sólo al “clima climático” de Moratinos, otro que tal baila, sino a lo social, económico, religioso y político de España entera.

“La sociedad en su continuo devenir”, como decía el pensador utópico francés Conde de Saint Simón, nos ha traído sin solución de continuidad a impulsos de los avances tecnológicos y científicos, transformaciones importantísimas que han cambiado costumbres y mentalidades. Si a ello unimos la veleidad y frivolidad intrínsecas al género humano, el empujoncito estatal de turno para distraer al pueblo y los intereses que revolotean alrededor, comprenderemos estos modos y estas modas actuales, no todas santas ni convenientes. Si nos atenemos a nuestro entorno patrio y hacemos una breve mención de algunos de esos cambios o mutaciones fundamentales que se han producido en las últimas décadas democráticas, nos encontramos de golpe con una democracia; un rey, o corona; autonosuyas, digo autonomías; partidas, perdón, quiero decir partidos políticos; sin… sin… sindicatos, al fin me salió; un periodismo “ made in spain”, y para no alargarnos más, con un montón de nuevos ciudadanos.

Para una gran mayoría, con el rey comienza la decepción. Se esperaba mucho de él, pero no ha respondido a las expectativas. Por unas causas o por otras, va quedando claro que la monarquía no es rentable ni indispensable, sino una carga muy pesada para una nación endeudada y empobrecida. Si a esto unimos el hecho de que esa hipotética corona, reina pero no gobierna –olé por los sesudos padres de la constitución por tan brillante fórmula que lejos de resolver nada, atenta frontalmente la inteligencia, el diccionario y la propia constitución-, y no tenemos colonias a las que deslumbrar con el brillo de sus joyas, surgen las dudas y preguntas: ¿por qué pagar tan alto precio por mantener una entelequia hoy día inservible?. Conceder audiencias para el lucimiento y protección de aristócratas y cortesanos es un lujo antisocial que no agrada al pueblo, así que si su papel es hacer creer a los españoles que va a hacer algo, pero es imposible que lo haga porque no gobierna, ¿para qué seguir con el engaño?. Si no es responsable y no se puede pedir cuentas de sus actos a pesar de no haber constancia de que sea un extraterrestre, un conquistador o una deidad desconocida, ¿dónde está la igualdad democrática de los españoles ante la ley?. Si permanece mudo ante el peligro y ante los gravísimos problemas del separatismo desbocado que padece España y ante los vitales contenciosos como el de Gibraltar y el Sahara español que tanto nos afectan, ¿no hay que reflexionar sobre su utilidad?.

Las autonomías y las falsas nacionalidades nacidas al amparo del soniquete simplón del “café para todos” para colocarnos sin ton ni son, sin petición ni aspiración popular alguna, solamente para contentar a los caciques provincianos que no contentos con serlo, querían además tener en su poder el “manos libres” en el manejo de los dineros, han destrozado y arruinado a España. A lo largo de este tiempo se han convertido, como era previsible para cualquier observador que no estuviese en la “pomada”, en el cáncer de España no sólo en lo económico, sino en el todo nacional físico y espiritual. Por la lenidad y estulticia de unos pocos, España está rota. Todavía podría recomponerse, ¡pero hay tantos don julianes! Los partidos que ahora tenemos son, con ligeras e insignificantes variantes, los viejos conocidos de antaño que causaron tanto daño. Como hemos podido comprobar, nada nuevo bajo el sol. De haber existido en tiempos de Cervantes, Don Quijote hubiese exclamado su famosa frase cambiando una palabra para decir: con los “partidos” hemos topado Sancho. Hemos pasado de tener un dictador, a tener tantos dictadores como partidos hay. La cuestión es que si tener uno es malo, tener varios es aún peor y el agravamiento es exponencial. En estos partidos impera el racionamiento impuesto por el sistema, donde unos nacieron dominantes y otros dominados de por vida y no hay movilidad posible, ni relativa ni absoluta. Además de la falta de libertad para que haya los que quiera el pueblo, éste viene obligado a mantener a los que no quiere pagando con gravosos impuestos su existencia e ineptitud, caprichos, desvaríos y corruptelas. Es sabido que en tiempos del imperio romano no se pagaba a los traidores, ahora no se sabe muy bien quien paga a quien y porqué.

Todos los sindicatos actuales son dependientes de algún partido político o grupo de presión o, dicho en román paladino, son simples y sumisas correas de transmisión. Como sus amos, no viven a cuenta de sus afiliados que pasan de pagar cuotas, sino del erario público, que como dijo la ínclita Carmen Calvo, no es de nadie, ¡que se lo digan a esa legión desarmada de contribuyentes! Si hay algo que pueda caracterizarlos, aparte de su inutilidad, ese algo son los “famosos” cursos de formación que dicen impartir, por supuesto, no en balde ni de balde. Estos segundones de la política alcanzan el éxtasis y la gloria con las huelgas generales que promueven, aunque las mismas no pasen del intento de serlo a pesar del despliegue piquetero. Así les va. La democracia dicen que es el menos malo de todos los sistemas políticos, lo cual a mi modestísimo entender es ignorar que cualquier sistema o institución ni es bueno ni malo por sí mismo. Son los hombres los que con su honradez y sabiduría los hacen lo uno o lo otro. Otra crítica hay que hacer si los sistemas ya nacen tarados. El nuestro nació con fórceps y así quedó el pobre. Con tantas prevenciones, se quedó en un sucedáneo, un símil, un genérico más, como uno de tantos otros que nos endilga ahora la Seguridad Social en los medicamentos. Esta democracia presume de haber traído la libertad pero lo cierto es que lo que impera es el libertinaje y eso no es libertad, que no la hay ni para aprender el español. En las personas honradas hay miedo a ser señalado y eso es indicativo de que algo no funciona.

Lo peor de todo es que hay más desinformación y corrupción que nunca y eso se debe al bozal que tienen los medios de información. Nunca en España la censura fue tan férrea para lectores y colaboradores, ni jamás el halago a los poderes fácticos tan baboso y empalagoso. Temen con razó que contar la verdad les haría perder las subvenciones oficiales y la publicidad de esas empresas que “donan” importantes cantidades para recibir contratos del Estado. Sin miedo a errar, se puede decir que en la cobardía, venal para más dolor, de tantos medios de información, está la causa de que persista la errática política que se sigue en España en el interior y en el exterior y de la corrupción generalizada y galopante que recorre este desbocado y agónico estado de las autonomías. El submundo informativo de la prensa escrita, de la radio y de la televisión, huele desde hace tiempo a podrido por entregar honra y fiabilidad a cambio de un plato de lentejas.

Como consecuencia de tanto cambio y tanta dejadez adjunta, España se ha convertido en una nueva e ingobernable Babel. En apenas unas décadas, se ha tirado por tierra la labor de milenios y con el beneplácito de los pésimos gobiernos que venimos padeciendo, han surgido ambiciones y corrupciones al tiempo que lenguas muertas y aldeanas. Con la tontería de que tener muchas lenguas locales es una riqueza cultural, en un alarde de estulticia se ha perseguido el idioma español, única lengua universal, común y verdaderamente materna que todos los españoles aprendieron a escribir y hablar. Y tan ricos culturalmente nos hemos vuelto que no hay ahora ninguna universidad española entre las doscientas mejores el mundo y no es posible el entendimiento entre nosotros, divide y vencerás. El fanatismo que alienta este suicidio está alcanzando cotas claramente demenciales. Si a ello añadimos la llegada masiva de ciudadanos de otros países en su mayoría pobres de solemnidad y sin formación, nos encontramos con la explicación del porqué estamos como estamos: sin solidaridad ni sentimiento nacional alguno y rodeados de fanáticos, extraños, buscones y pordioseros. Como el rencor y el temor no se besan y ni siquiera se dan la mano, se masca ya la inseguridad física y social del pueblo llano. Éste, y no el que nos pintan los políticos, es el panorama del laberinto español que con tanta clarividencia vislumbró hace setenta años Gerald Brenan.

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