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Pregunto, ¿es salario o limosna?

Decía Pablo VI en la encíclica ‘El desarrollo de los pueblos’, publicada en 1967, que el trabajo ha sido querido y bendecido por Dios para que el hombre coopere con Él en la perfección de la creación. En el mismo documento afirmaba que el trabajo era ambivalente porque promete el dinero, la alegría y el poder y por esas mismas razones invita e incita a unos al egoísmo y a otros a la revuelta.

De ahí que los programas para aumentar la producción deben de estar al servicio de las personas para librarlas de la esclavitud y reducir las desigualdades. Antes, en 1963 Juan XXIII había hecho pública la Pacem in Terris exponiendo el principio fundamental en toda convivencia humana de que todo ser humano es persona y como tal tiene derecho a la integridad física y a los medios indispensables y suficientes para un nivel de vida digno que sólo puede alcanzarse cuando la remuneración se determina según criterios de justicia y equidad.

Antes también, Pío XII recordó en su radiomensaje de 1942 la dignidad y prerrogativas del trabajo. Al amparo de estos principios doctrinales de la Iglesia me atrevo a formular la pregunta que encabeza este artículo porque considero el salario, no ya el mínimo sino el medio que percibe un trabajador español, como una limosna. Con ser esto malo no es lo peor, sino lo que nos espera a la vista de las declaraciones que hacen sin recato los voceros del gobierno, la patronal, economistas a sueldo y demás arribistas, cipayos todos ellos del F.M.I. de Bruselas, de Berlín, y de Frankfurt. Estos, llamémosles faros del capitalismo imperante ávido de ganancias fáciles, presionan para modificar más aún en su favor la distribución de la renta. Por eso les conviene preparar a la opinión pública para que se admita como inevitable la necesidad de recortar todos los años las pensiones y la renuncia de los salarios a mantener el poder adquisitivo y al incremento de los mismos ¡por la productividad! Ellos dicen no querer eso, naturalmente, pero se cargan la revalorización del I.P.C. con el pretexto del aumento en la esperanza de vida de los españoles y el descenso de las tasas de natalidad, que dicen hace inviable el sistema actual de pensiones y los sueldos vigentes.

Más, de reducir la Administración, eliminar autonomías, gabelas de políticos y asesores y aún el número exagerado de los mismos, nada de nada. Todos los defensores de la esclavitud y empobrecimiento progresivo de los trabajadores silencian que la distribución del capital siempre ha estado ligada al grado de monopolio del Grupo Financiero de los grandes Bancos. Grupo que domina la economía a través de las grandes sociedades y sus consejos de administración, donde un número reducido de personas, que siempre son las mismas, se asignan sueldos, indemnizaciones y pensiones de escándalo, controlan las industrias básicas y todo lo que se mueve en el mundo económico. Que el F.M.I., debelador implacable del mundo del trabajo y el comisario para asuntos económicos de la U.E. proclamen a los cuatro vientos que se hace imprescindible rebajar los salarios para evitar la destrucción de empleo en España es, además de falso, terrorismo social.

Primero deben empezar estos salva empleos metomentodo, por ellos mismos y todos los que tienen emolumentos astronómicos, fijando para todos un sueldo máximo legal. En función, naturalmente, de las mismas pautas que utilizan para fijar el mínimo. Después, hablaremos de justicia, beneficios legítimos y demás derechos de unos y otros, no sin antes recordar a estos hipócritas desalmados que en los años sesenta se puso en práctica la economía social del mercado en Alemania, consistente en sueldos altos para fomentar el consumo de la producción de sus fábricas y el consiguiente ahorro para invertir el capital en investigación y educación. Resultado: el milagro económico alemán de todos conocido.

La nostalgia de otros tiempos que tienen los trabajadores de cierta edad, está más que justificada.En los años sesenta por ejemplo, años de dictadura según los que viven bien a cuenta de la política y por aquel entonces sólo podían vivir trabajando, no del cuento como ahora, las disposiciones que regulaban el salario (invito a leer el Decreto 21 de Septiembre de 1960 nº 1844/60 y la Orden de 8 de Mayo de 1961 del Ministerio de Trabajo) decían, una vez sentado el criterio de que las prestaciones a percibir un trabajador por cuenta ajena han de ser suficientes para el decoroso sostenimiento de él y su familia y proporcional al rendimiento y esfuerzo, que formaban parte del mismo no sólo la remuneración mínima obligatoria, sino también los complementos pactados en Convenios Colectivos, las primas o premios de antigüedad, las horas extraordinarias, los descansos, las primas por trabajo nocturno, penoso, insalubre, peligroso o similares, los tiempos de espera o interrupción del trabajo, las pagas extraordinarias, pluses de carestía de vida, participación de beneficios, etc. etc. Del anterior concepto legal del salario, ¿qué queda ahora?, Nada. Por desgracia, poco a poco, tirios y troyanos de la política se turnaron en podar sin contemplaciones para vivir ellos mejor, un árbol salarial bueno que daba frutos buenos hasta dejarlo exangüe y seco. Primas, antigüedad, incentivos, negociación colectiva, beneficios, pagas extra… desaparecieron con engaños, mentiras y la ley del más fuerte. Ahora, el progreso y la democracia prefieren el paro, los E.R.E, los E.R.T.E, las E.T.T. y la limosna.

La mordaza democrática nos invita a todos al silencio y al escarnio añadido del agradecimiento. Los explotadores de empresa, no confundir con los verdaderos aunque escasos empresarios, utilizan sin rubor, al margen de otras facilidades que les concede la Administración, el feliz hallazgo para ellos de las E.T.T. para burlar sus obligaciones contractuales. Con estas “empresas” de trabajo temporal eluden fraudulentamente los principios jurídicos de unidad de empresa y de igualdad, impiden todo tipo de negociación colectiva y personal, dividen a los trabajadores y, para colmo, dejan al I.N.E.M. como un ente decorativo aunque costoso, claro que a ellos esto último no les importa lo más mínimo.

Los beneficios que reporta este trágala inicuo, se los reparten sin escrúpulos con la bendición oficial, estos modernos amigos de lo ajeno. Hace mucho años ya, un periodista satírico llamado Máximo lo describió muy bien, “cuando roban no saben lo que hacen. Creen, creemos, que la reinversión justifica los medios, ya que nuestras necesidades son mayores que las de aquellos a los que expoliamos”. Este estado de cosas y su forma de actuar han llevado a la mendicidad obrera que padecemos y a la vista de hechos totalmente verídicos como alguno que conozco, donde los trabajadores tienen que trabajar forzosamente sábados y domingos sin percibir remuneración por esas horas extraordinarias, el futuro que se prevé produce escalofríos.

Está claro que el mal proviene de la dejación culpable del Orden establecido por Dios para la existencia y convivencia humanas, por parte de unos gobiernos laicistas que en su afán de desterrar a Dios de la vida oficial han perdido toda noción de justicia, permitiendo la usurpación de poderes que hacen los representantes de los accionistas aportadores de capital, los cuales manejan a su antojo las empresas y despiden o pagan mal a los trabajadores para ganar más dinero. Esta transgresión del Orden que Dios quiere para las cosas, atenta contra la dignidad humana al limitar su libertad y obligar a toda persona a mal vender o alquilar, tanto sus valores humanos como su capacidad, en un mercado de trabajo donde una minoría explota a la mayoría. Por supuesto, también es contraria a la moral que propugnan los textos de la Doctrina Social de la Iglesia desde León XIII hasta la actualidad. Según ella no se puede aceptar esta nueva forma de esclavitud colectiva en que unos hombres son amos de otros hombres. ¿Qué clase de justicia hay donde está en vigor la sociedad anónima donde si la empresa va mal, los accionistas quedan al margen con sus familias, bienes y negocios y si va bien, lejos de repartir ganancias, se llevan hasta el sedal y sólo piensan en reducir salarios? Desvergonzada forma de actuar cuando España ocupa, según la Agencia Blomberg, el puesto 24 en la lista de países según la remuneración de salarios, es decir, estamos en la cola de Europa y de todos los desarrollados.

Posición que contrasta con los primeros puestos que “disfrutamos” a la hora de pagar impuestos. Urge que alguien les recuerde la Rerum Novarum publicada en 1891 donde León XIII predicó, a la vista está que en balde para esta generación perversa, que “el principalísimo entre todos los deberes es el dar a cada uno lo que se merezca en justicia”. Y añade “determinar la medida justa del salario depende de muchas causas; pero en general, tengan muy presentes los ricos y los amos que ni las leyes divinas ni las humanas les permiten oprimir en provecho propio a los necesitados y desgraciados porque defraudar a alguien el salario es pecado tan enorme que clama al cielo venganza”.

Es lo mismo que escribió el apóstol Santiago en su Epístola a las doce tribus: “Mirad, el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos”. En este mes dedicado a las ánimas, haríamos bien pidiendo también por los obreros y pensionistas antes de que pasen a serlo todos ellos por asco insuperable, y de hambre.

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