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Una ocasión propicia

La celebración de la Navidad es una vez más, ocasión propicia para pedir a quien todo lo puede, no sólo por nuestras necesidades sino también por las de nuestros seres queridos. Si todos, creyentes o no, deseamos en estas fechas toda clase de venturas a familiares y amigos, ¿cómo olvidarnos de hacerlo por España estando tan necesitada como está de un milagro? Y más cuando ese milagro ha de ser múltiple por necesidad, al menos en lo económico, político y moral. Sin embargo, no debemos ni podemos perder el tiempo recurriendo a nuestras obsoletas instituciones políticas para que resuelvan nuestros problemas colectivos aunque así debiera hacerse por ser las mismas que los han originado, bien con su mal hacer o con un peor no hacer nada. A los políticos que las ocupan lo único que les debemos pedir es que se vayan lo antes posible, ya han cargado bastante su mochila por el simple hecho de haber resultado “electos”, con títulos, honores, dinero, pensiones y oropeles vitalicios inherentes a los cargos que más que ostentar, detentan. Cuando una nación llega a una situación extrema de crisis vital como la actual, los causantes de ello, aunque vengan obligados a responder de sus actos, no pueden encabezar ningún intento tendente a descubrir, para recuperarlo, el auténtico modo de ser de esa nación que han destruido.

La urgencia en pedir a quien de verdad puede satisfacer, en este caso al único Dios y Señor de todo, es perentoria, pues España necesita ser defendida y no se vislumbra quién pueda hacerlo, no ya con las armas ¡qué locura!, sino simplemente con sus actos cotidianos, con la pluma o la palabra. Habiéndose multiplicado la población de España con respecto a los  siglos XVI y XVII y empeorado la situación en todos los órdenes hasta el punto de estar al borde de su desaparición, nos harían falta hoy día no uno, sino varios Quevedos que dijesen al pueblo la verdad, dada la imposibilidad de contar con el genio original. Porque Quevedo fue único, irrepetible representante del estilo espiritual español de todos los tiempos que ha tenido España. Ahora no se sabe de nadie dispuesto a sacrificar su prestigio y buen vivir, llegando incluso si viniese el caso, a sufrir como Don Francisco la reclusión en prisión o al arresto domiciliario en cualquiera de las torres de Juan Abad de hoy día. El miedo a enfrentarse al poder establecido por decir la verdad y exigir cortar por lo sano estos lodos y estos males, equivale a contar la desnudez intelectual, moral y política de los que rigen y gobiernan España y eso es mucho pedir a los que están asimismo desnudos de capacidad y valor. Por eso, cautivos y desarmados asistimos a todo lo contrario, a tener una clase dominante tanto en lo político como en lo económico y en los medios de comunicación, plagada de pelotilleros, farsantes y arribistas. Ante esto, los españoles no podemos caer en el pesimismo y elegir el engañoso camino de la evasión, dejándonos arrastrar por el fútbol omnipresente y manipulado, el vicio y la corrupción con carta de naturaleza en la vida pública, donde la droga, la bebida, el sexo fácil promiscuo y prematuro y la mentira permanente de periódicos, estamentos oficiales y políticos al uso tienen su asiento. Hay que reaccionar de una vez.

De lo anterior viene la conveniencia de aprovechar la celebración anual, pasado el tiempo de reflexión y esperanza llamado Adviento, de la Natividad del Señor. La contemplación  del portal de Belén nos obliga a levantar la cabeza, pues gracias a ese nacimiento se hizo posible nuestra redención. En ese misterio de Amor, todo está rodeado de sencillez y humildad. El niño Dios no quiso privilegios ni comodidades, se hizo hombre por amor a los hombres y todos sabemos que el amor no pide nunca derechos, lo suyo es servir. Cuando los hombres nos demos cuenta que la grandeza de Dios está por nosotros en un pesebre, forzosamente se acabarán la tontería, el orgullo y la vanidad humanas, dando lugar a que fluyan los deseos sinceros de ser mejores para intentar pasar por la vida haciendo el bien.

La Navidad que una vez más, renovados en nuestras convicciones por el Año de la Fe vivido nos disponemos a celebrar, no debe pasar entre comilonas, espumosos y turrones. Esos fastos bien están si no escandalizan a los pobres y acompañados vienen de lo principal: nuestra conversión, la paz y la salvación que el Niño Dios nos trae a todos los hombres. Esa aceptación por parte nuestra del regalo que con su venida nos hace el Señor, nos ofrece a los españoles la oportunidad de pedir algo más. Sí, la Navidad es una ocasión propicia para pedir por España. Recuerdo que de pequeños nos enseñaban en la escuela que así como queremos a nuestra madre más que a la que no lo es, también debemos querer a España antes y más que a otra nación cualquiera. Estando en tan grave peligro de desintegración y descomposición como está, tenemos la obligación de pedir por ella, sobre todo para que se vea libre de las malas inclinaciones de sus hijos, de lo que ahora es, esta otrora gran nación, como consecuencia de la mentira y demagogia nacidas de la ambición desmesurada de políticos que sólo defienden sus intereses, sin importarles para nada los del pueblo.

Pero cuidado con ver sólo los defectos de los políticos o de los poderosos y hacerles únicos culpables de todos los males que nos afligen. Ellos por sí solos no podrían nunca haber causado tanto daño. Son reos del daño material desde luego, aunque no tanto del espiritual y moral. Ahí también el pueblo y todo el conjunto de ciudadanos lo somos por muchas razones. Por ejemplo, por dejarnos llevar por la comodidad, por dejar hacer y no comprometernos en la vida pública por miedo al qué dirán, por nuestro egoísmo, por haber dejado nuestra fe en el desván de los trastos viejos. Es cierto que el mal, la serpiente bíblica, nos confundió y engañó y comimos del fruto prohibido, es decir, nos tentó y nos hicimos los tontos y caímos primero en el vicio y más tarde en todo lo demás que nos pusieron delante, la apostasía, el perjurio, la traición, la lujuria, la corrupción, el materialismo, el divorcio, el aborto, el…, pasando por el abandono de la tradición heredada de nuestros mayores y olvido de lo que fuimos y estamos obligados a ser. Cualquier cosa, con tal que sea fácil y no requiera ningún esfuerzo, nos la tragamos.

Así, entre todos, hemos hecho de España un país de apátridas, donde sólo se puede ser separatista, gay y progresista para estar bien mirado, al tiempo que el honor, el valor y la dignidad ya no son divisa para los españoles. Sin embargo, no todo está perdido. Rectificar es de sabios, aprovechemos esta Navidad para reconducir nuestros pasos al buen camino y pidamos ayuda a la gloriosa Virgen María y digámosla como Gonzalo de Berceo, el poeta más antiguo de la lengua castellana:  Gozo tengas, María, que al ángel creíste/ gozo tengas, María, que Virgen concebiste/ gozo tengas, María, que a Cristo pariste/ la ley vieja cerraste, y la nueva abriste.

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