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Una carencia peligrosa

Las últimas generaciones de españoles nacidas sino en la opulencia o abundancia, sí en la suficiencia de todas aquellas cosas que la vida moderna ha hecho necesarias, están faltas sin embargo  de lo fundamental o, lo que dicho sin ambages, tienen carencia de las raíces suficientes para no ser arrastradas por ningún vendaval político o corrientes adversas e interesadas de pensamientos totalitarios.

Pensamientos que hoy día vienen de la mano de la dictadura partitocrática y de los nacionalismos aldeanos de las nuevas taifas españolas, que crecen y tienen su caldo de cultivo en situaciones de decadencia nacional, crisis económica y pérdida de valores religiosos, morales y de amor patrio. Estos partidos pseudo democráticos y los tramontanos y montaraces nacionalismos, son la avanzadilla o careta aparentemente inofensiva, de otros proyectos y otras ideas de dominio que tiene el Poder Mundial ideológico y económico para hacerse fácilmente con los pueblos divididos e indefensos, como España en estos momentos, incapaces de oponer ningún tipo de resistencia a la ambición sin límites de esas clases dirigentes empeñadas en tener súbditos, no ciudadanos; masas, no individuos.

Para los mayores que fuimos educados a pesar de los escasos recursos económicos de la época, muchísimo mejor de lo que ahora se hace, nos resulta penoso comprobar las falacias y mentiras con carta de naturaleza puestas en circulación con atrevido desparpajo, para manipular a nuestros jóvenes, a los que se pretende hacer creer que son los mejor preparados de la historia, cuando precisamente, mal que pese al tristemente célebre Zapatero, acólitos y palmeros incluidos, son lo contrario, unos zotes engañados y engreídos, salvando claro está a una escasa minoría que sí ha sabido aprovechar la abundancia de medios para adquirir los conocimientos necesarios para triunfar. No pretendo adentrarme en los vericuetos de nuestras pésimas leyes educativas, pero no puedo por menos de apuntar en el debe de sus muchas carencias lo que se oculta deliberadamente de España, de su historia, de sus hombres y en general de todo lo español. En una palabra, no se enseña a amar a España. Y esto es un suicidio nacional, así no vamos a ninguna parte que no sea el precipicio. Creo que tengo derecho a protestar, democráticamente por supuesto, por la estulticia de los políticos gobernantes que nos han llevado a que las nuevas generaciones ignoren que hubo un tiempo en que España, nuestra España, además de diferente, fue grande. Grande por sus hombres, grande por sus hazañas, grande por sus santos, grande por sus pensadores.

Entonces no se reían de nosotros ni en Europa ni en ninguna parte,  como sucede ahora. Ellos sustentaron con sus creencias, su valor, su saber y sus vidas, la grandeza de la tierra que les vio nacer. En verdad, no es prudente pretender vivir de grandezas pasadas, pero también es conocida la necesidad de la autoestima, de creer en uno mismo y en lo que pretende, de intentar mejorar la herencia recibida si es que, claro está, aún se mantiene un mínimo de dignidad. En estos momentos brillan por su ausencia estas premisas como consecuencia de haber perdido el sentimiento visceral y universal de ser y sentirnos españoles. Ahora nos hemos contentado con ser una cosa sin personalidad, sin nervio y sin ideales, expuestos sin ningún tipo de defensa al albur de la ambición ajena, al desprecio y a la adversa coyuntura. Desmoralizados, vacíos moral y espiritualmente, decepcionados por la situación actual, sin encontrar donde asirnos, no tenemos más pretensiones que atiborrarnos diariamente de dimes y diretes, a ser posible morbosos, con tal que vengan bien envueltos de telebasura, única fuente a la que prestamos credibilidad; eso, y físicamente llenar la panza, aunque sea malamente con esa comida precocinada y enlatada. Ya se encargará alguien de incitarnos a ahogar nuestras penas con alcohol, nunca agua, pues el objetivo es embrutecernos que es lo que nos merecemos tanto por nuestro abandono intelectual y espiritual, como por nuestra lenidad culpable en todos los aspectos susceptibles de ser analizados.

Para España y para los españoles, es un trágala vejatorio e insoportable que unos señores, soberbios y engolados por el mero hecho de ser miembros a dedo del pomposamente auto denominado Alto Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, nos impongan cómo hemos de tratar a los que no respetan vidas, leyes y haciendas ajenas en esta nación hoy tan desventurada. Desconocen estos fatuos, que mientras Europa yacía en manos del feudalismo más rancio y embrutecedor, los españoles eran ya ciudadanos y gozaban de fueros y libertad como lo prueba el haber sido el primer estado moderno que se creó. Cuando ellos aún se debatían en luchas territoriales, nuestros grandes hombres – Francisco de Vitoria, Domingo Soto, Pedro de Rivadeneira, Juan de Mariana, Francisco Suárez y otros muchos que harían esta lista interminable, – sentaban las bases cristianas del derecho universal de gentes. Ahora, sólo nuestra corrupción política hace posible la afrenta de un tribunal plagado de arrogantes de dudosa catadura moral, a juzgar por la sentencia emitida más propia de un tribunalucho pagano cualquiera, metido a imponer a los débiles el derecho para inhumanos.

Tanto mayor es el agravio que nos hacen cuanto más inmerecido, dado que somos el país que más derechos reconoce y otorga, siendo además el que mejor trata a los emigrantes llegando hasta el extremo de concederles, sean legales o ilegales, de alta alcurnia o de bajísima estofa, como en general es el caso, la prioridad sobre los nacionales a la hora de acceder a los servicios sociales y a toda clase de ayudas económicas. Si hablamos de justicia no podemos ocultar lo blandita que es especialmente con los peores delincuentes, asesinos, terroristas y violadores y lo bien que los alojamos y alimentamos a la carta en cárceles de lujo, pagándoles el paro a la salida por sus “buenos servicios”. Con todo, al pueblo español lo que más le ha dolido en este caso no es un dictamen previsible por venir de donde viene en un caso que no han sabido, ni querido, defender nuestras autoridades en ningún momento, sino el comportamiento timorato del gobierno, de la oposición y de nuestros tribunales. ¡Qué espectáculo más vergonzoso nos han ofrecido! Les ha faltado tiempo a todos para aplaudir y soltar a todo bicho viviente pisoteando indignamente nuestras leyes y sentencias. Aquí han pasado cobardemente por encima de la soberanía nacional, del honor, de la alarma social, de la verdad y de cualquier otra consideración. Han mentido hasta la saciedad generalizando un caso muy concreto para intentar justificar lo injustificable, porque es lo que a ellos les convenía. Todos los involucrados  en este asunto han demostrado que, huérfanos de principios, no creen en nada y no les importa nada. ¡Vaya ejemplo para la ciudadanía! Últimamente, los hechos nos estaban haciendo ver que muchos de ellos estaban con las manos manchadas por el pringue. Ahora constatamos, lo que es infinitamente peor, que sus conciencias, suponiendo que las tengan, están más negras que el carbón. Peor no hemos podido terminar el año.

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