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El pueblo

Por encima y más allá de las acepciones que de la palabra pueblo da el diccionario de la Academia de la Lengua, el citado vocablo viene a representar uno de los símbolos más importantes que tienen los hombres de cualquier raza o condición, porque de él trasciende un halo telúrico que inevitablemente así lo conforma por su pertenencia al planeta tierra. Tanta es su importancia que al conjuro de esa palabra se han cometido las más feroces atrocidades y se han realizado también las gestas más heroicas que ha conocido la humanidad. Parece contradictorio pero no lo es, los hombres por suerte o por desgracia no son iguales ni piensan de la misma manera. En las grandes ocasiones a unos les mueve los bajos instintos y a otros los nobles ideales. A poetas como Miguel Hernández, por ejemplo, los vientos del pueblo le esparcían el corazón y aventaban la garganta, mientras a políticos como Alfonso Guerra esos mismos vientos le impulsaron a conculcar la ley bajo el santo y seña populista de “ to pal pueblo”, expropiando los bienes ajenos, nunca los propios, claro.

Es aleccionador lo que nos cuenta Baltasar Gracián en el Criticón. Según él, estaba la Fortuna bajo su soberano dosel asistida de sus cortesanos cuando llegaron dos pretendientes a solicitar sus favores. Suplicó el primero que le hiciese dichoso entre los sabios y prudentes a lo cual accedió la dueña del azar con cierta tristeza. El segundo en cambio, solicitó ser venturoso con los ignorantes y necios, lo cual también le fue concedido entre las risas del cortejo. Después de lo cual, la dispensadora de venturas preguntó: -¿Cuál de estos dos pensáis vosotros, oh cortesanos míos, que ha sido el entendido? ¿Creéis que el primero? Mirad, los sabios son muy pocos, los ignorantes muchos y los necios infinitos. Por eso, el que los tuviere a los últimos de su parte será señor del mundo entero, pues aunque todos los males tienen remedio, hasta la locura, la necedad no, ni ha habido jamás hombre que curase de tonto-. Sabia lección la que nos da nuestro clásico, aunque por desgracia por casi todos desaprovechada. Menos por los políticos. Estos tienen grabada a sangre y fuego como divisa en su frontispicio, la frase atribuida al cardenal Caraffa dicha allá por el siglo XVI: “El pueblo desea ser engañado, luego sea engañado”.

El término pueblo viene del vocablo latino populus y su mejor significado es el de conjunto de habitantes que pueblan un país. Hubo épocas en que esa palabra se pronunciaba con desprecio por la aristocracia cuando se hacía referencia a los trabajadores manuales. Asimismo, siempre en términos peyorativos eran empleados los sinónimos de plebe, vulgo, masa, populacho, chusma, gentuza, tribu. Puede afirmarse con rotundidad que el pueblo es la presa preferida de todos los demagogos del universo, actúen estos a título individual o grupal, partidario, de clan o de etnia. Con la astucia que caracteriza a los desaprensivos, manipulan ideas y conceptos hasta confundir al personal y hacer con el lo que verdaderamente pretenden: un instrumento sumiso y poderoso de dominio para conquistar el objetivo propuesto. Por desgracia, estos cuentistas profesionales abundan con profusión en España. Su labor de zapa y adoctrinamiento ha conseguido buena parte del objetivo que se proponían de enfrentar y dividir a los españoles, con ello han propiciado una peligrosa crisis de Estado y de paso una económica considerable y otra, aún mayor, de valores morales nunca antes conocida.

Está demostrado que el pueblo ha sido y es el soñado objeto de deseo tanto para los dictadores como para los que mandan al amparo de cualquier otro régimen más o menos democrático habido o por haber. Sin el pueblo, ningún grupo de poder puede sobrevivir y bajo el dominio de estos grupos se puede decir que casi, o malamente, tampoco el pueblo. Según la historia, el descubrimiento de un nuevo mundo por los españoles supuso una transformación profunda al dejar al descubierto tantas riquezas y tantos bienes y alimentos hasta entonces desconocidos. Transformación que se dejaría sentir a un lado y otro del Atlántico, hasta entonces barrera infranqueable para todos. En consecuencia, a la vista de lo bien que le iba a España siendo el primer estado moderno, fueron surgiendo de la división y la nada los demás. Sin embargo, la ambición y envidia que movía a los dirigentes de las nuevas naciones, condujo en el siglo XVIII a que hubiese dos revoluciones de gran importancia para la humanidad, la revolución francesa y la revolución industrial. Ambas se cobijaron tras el paraguas de la libertad, el progreso y el hombre como su gran invento, pero por desgracia para todos, esos principios no eran nada más  que una falsa careta. Las tres cosas ya estaban inventadas desde el principio de la creación y, desde el nacimiento de Cristo, revalorizadas y divinizadas. Pero la soberbia de esos hombres las ignoró por completo.

Si hasta antes de producirse esos acontecimientos, fueron en parte secuestradas por determinados reyes y señores feudales que limitaron las mismas a su antojo, a partir de esas revoluciones, la primera burguesa, insolidaria y atea y la segunda, mera y lógica  evolución del ingenio y esfuerzo de tantas generaciones anteriores de los que se adueñó ladinamente el afán de lucro capitalista, tanto el hombre como su libertad, la obra cumbre de Dios, pasaron a ser mero instrumento en manos de sistemas cerrados, materialistas y deshumanizados. Como consecuencia de ello nace el liberalismo, el cual con el pretexto de la libertad, impone el dejar hacer, dejar pasar. ¿A quién? Naturalmente al poderoso, pues al pobre, al obrero, al pueblo, la libertad era la de morirse de hambre en cualquier esquina. Perdido el respeto al valor divino de lo humano y ante la evidente injusticia que sufrían los pueblos, era cuestión de tiempo que apareciesen nuevos sistemas basados en ideologías materialistas exacerbadas por tanto atropello.

Primero vino el socialismo utópico con la Sociedad del Panteón y la Conspiración de los Iguales promovidas por François Babeuf. Luego, el socialismo científico que alcanza su máxima expresión con el marxismo. Siguieron el anarquismo individualista, socialista, sindicalista, y más tarde el comunismo, el sindicalismo, el nazismo y el fascismo. El rastro dejado por todos ellos y por el que debemos juzgar su bondad ha sido el sufrimiento, el hambre, la desolación, el atropello, la masificación y la muerte en el plano personal. En el colectivo, pueblos masificados, sojuzgados, explotados, empobrecidos, esclavizados, llevados a la guerra como corderillos, sin personalidad ni tradiciones, sujetos cíclicamente a brutales crisis económicas, despojados de sus creencias religiosas, sometidos al capricho de dirigentes corruptos y mediocres.

Ahora, como un híbrido orgulloso de su nada está la democracia, carente también de gracia y justicia, plagada de señoritos incapaces, orgullosos de ser simples y onerosos parásitos que medran en la corrupción imperante y viven instalados en privilegios de todo tipo. Mientras el pueblo sufre el expolio de sus bienes y derechos, los saltimbanquis de la política encima lo desprecian utilizándolo como escabel de sus afortunados e intocables aunque sucios pies, blandiendo el espantajo de las urnas. ¡Qué razón tenía el Papa Juan XXIII cuando escribía en la Mater et Magistra, que el aspecto más siniestro y típico de la era moderna es querer reconstruir un orden temporal sólido y fecundo prescindiendo de Dios, único fundamento en el que puede sostenerse! Ya lo cantaba Salomón en el Salmo 122: Si Dios no construye la casa, en vano se afanan los constructores; si Dios no guarda la ciudad, en vano vigila la guardia…

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