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Época de palo y tentetieso

Época de palo y tentetieso: afortunadamente, en mi casa, jamás se utilizó el castigo físico, ni siquiera el simple y leve cachete o sopla-mocos, pero las correas en las casas de algunos amigos estaban visiblemente colocadas y a la orden del día, como la vara de avellano o de mimbre que usaba el maestro para dar leña a discreción en las tiernas nalgas infantiles.

Nos hallamos en la década de los cuarenta y los cincuenta del siglo pasado, si los viviste podrías pintar el mapa como yo lo estoy intentando y de esa forma podrías rodar tu propia película o escribir tu personal e intransferible biografía, que de eso se trata, porque esta historia personal e intransferible, sólo es una excusa para que tú te atrevas con la tuya, te recrees en ella y disfrutes recorriéndola.

Recientemente se ha vuelto a hablar de la prohibición del cachete y ha habido gente que se ha despendolado y montado camorra, sin haber leído la esencia de la prohibición que nada tiene que ver con el cachete, sino con atentar al equilibrio físico y psíquico muy distinto de una torta a tiempo, aunque a decir verdad, yo la utilicé una sola vez con Inés, mi hija mayor, cuando tenía cinco o seis años y, como jamás la había tocado, cogió un hipo, la pobre, que le duró la tarde entera.

“El artículo 154 del Código Civil permitía que los padres o tutores “corrigieran” moderadamente a los hijos. A partir de ahora dirá, en cambio, que éstos deben “respetar su integridad física y psicológica”.

Ni más ni menos.

Hay dos escenas de crueldad máxima que aún recorren mi piel y la hacen temblar por su violencia. Nos había llevado el maestro de excursión, llamarlo hoy así me produce extrañeza, porque no era más que una salida al campo, algunos jueves del año, cuando las tardes eran propicias. Tocaba ese día la pradera de San Cofán, es decir, los alrededores de la iglesia derruida de San Cucufate, patrono del pueblo, sólo quedaba la torre, hermosa y bien plantada y dos campanas gigantes, pero la pradera formaba una buena pendiente, y en mayo tenía fresca la hierba, lo que  permitía lanzarnos tumbados dando vueltas sobre nosotros mismos, compitiendo en quién aterrizar el primero. Poco antes de llegar, algo así como una familia quincallera, se había asentado con su carro y sus dos mulas al comienzo de la ladera. El hombre tenía atada a la vara del carro, muy corta, a una de las mulas, y le estaba dando tal paliza en la cabeza que echaba tanta sangre como cuando a los cerdos les metían el cuchillo el día de las matanzas, pero a mí aquella sangre me parecía más gratuita, más cruel e infinitamente más violenta. Don Julián debió de decirle algo, pero él se puso más furioso y su mujer le contestó, dolorida, “éste hombre es más bruto que las mulas, y todo ello es porque no le hacen caso”, y nos ordenó que no miráramos la escena y siguiéramos hacia adelante.

La siguiente no es menos cruel, porque en lugar de la cabeza de una mula eran las cabezas de dos compañeros de Seminario y el autor era uno de nuestros superiores, un teólogo, a punto de ordenarse sacerdote, y que formaba equipo docente con la dirección del Seminario. Su fiereza y pérdida de compostura no era menos que la del quincallero, porque se cebó, primero, con un chicarrón de quince años, que parecía que tenía veinte, simplemente porque le había contestado con una actitud no acorde con su sensibilidad de músico y organista, que debía de cogérsela con un papel de fumar y luego, con su propio hermano, un chiquito, que estudiaba primero de latín y humanidades, doce años, y todo su delito consistía en no haber sacado las notas que su hermano mayor y energúmeno, por violento, esperaba de él.

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