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Hoy que con los hombres voy

Se preguntaba Gabriel y Galán al final de uno de los poemas más bellos y entrañables que se han escrito, titulado “La pedrada”, que a tanta gente ha conmovido en cualquier tiempo anterior a estos deshumanizados y descristianizados que vivimos aquello de, “hoy que con los hombres voy / viendo a Jesús padecer / interrogándome estoy / ¿somos los hombres de hoy / aquellos niños de ayer? Esta pregunta es la que nos invita a hacer desde su comienzo la Cuaresma. Este tiempo de la liturgia nos recuerda que somos polvo y en polvo nos hemos de convertir, nos mueve a la oración y a la penitencia al tiempo que a  reflexionar sobre todo lo concerniente a nuestra vida espiritual principalmente, pero también a la física que la acompaña inevitablemente. De ahí que varias generaciones de es-pañoles nos podamos preguntar también lo mismo que el poeta, pues no es posible sus-traerse a la obligada convivencia con la ciudadanía que nos rodea y que tan acertadamente resumió con una simple frase el clásico Terencio al decir “nada humano me es ajeno”.

Ante la miseria y el hambre que afecta a tantos millones de personas no ya en el ancho, inhóspito y lejano mundo, sino en el no tan distante nuestro que nos rodea y acosa con sus necesidades cada vez más perentorias, creo que es obligado preguntarse a qué se debe este aumento de pobres y parados, teniendo al parecer de los que manejan la propaganda, el mejor sistema de gobierno y tras tantos adelantos que ha traído el progreso. En buena lógica cabe pensar que una de dos, o no es tan buena la democracia y los adelantos no llegan a los más necesitados, o la respuesta está clara: los niños de ayer hemos devenido en los hombres de hoy, malos, egoístas e insolidarios por haber dejado de serlo en el espíritu, aún a sabiendas de las palabras de Jesús: “de los que son como niños es el reino de los cielos”.

Respecto al primer supuesto se puede afirmar que esta democracia no sólo no es auténtica, sino que puede decirse sin temor a error en el diagnóstico, no llega siquiera a la condición de símil. Por otra parte, los adelantos del progreso han sido secuestrados por el capital, con la colaboración necesaria  de los gobiernos por él nombrados y por lo tanto serviles a sus conveniencias, no a las del bien común. Si hechos son amores y no buenas razones, que alguien explique a los españoles cómo fue posible que un régimen denostado hasta la saciedad, aislado de Europa, boicoteado por las grandes potencias, con una nación asolada por la guerra, sin ninguna ayuda extranjera y con su sólo esfuerzo como el que tuvo España con Franco, éste fuese capaz de promover y realizar de la nada existente, además de la construcción de infinidad de viviendas sociales, mejora del campo, creación de industrias, construcción de pantanos y eliminación del paro, fundación de universidades laborales para la formación gratuita y de altísimo nivel de los trabajadores, no para que sindicatos y patronales hagan su agosto como hasta la fecha con cursos inexistentes o de escasa calidad, las siguientes medidas sociales:

En 1939, Ley del Subsidio Familiar y la Ley del Subsidio de Vejez; en 1940 Ley de Descanso Dominical y días festivos; en 1942 Ley de Patrimonios familiares y creación  del Seguro Obligatorio de Enfermedad; en 1944 Ley de Contrato de Trabajo, vacaciones retribuidas, maternidad para las mujeres trabajadoras y garantías sindicales. Paga extraordinaria de Navidad; en 1947 Paga extraordinaria del 18 de Julio; en 1950 Reforma del Instituto Nacional de Previsión para una mejor cobertura en la acción protectora; en 1956 Ley de Accidentes de Trabajo; en 1958 Ley de Convenios Colectivos; en 1959 se crea la Mutualidad Agraria; en 1961 el Seguro de Desempleo; en 1962 la Ayuda a la Ancianidad; y en 1963, por no citar más, la Ley de Bases de la Seguridad Social. En los siguientes cuarenta años ya con la “libertad sin ira” instalada en la sociedad, además de destruir, neutralizar y descafeinar las anteriores medidas sociales, ¿qué mejoras se han creado o mejorado?

En el segundo supuesto, efectivamente, los hombres no somos como antes, sufridos, trabajadores y austeros. Hemos cedido a través de una educación orientada al consumismo y carente de valores nacionales y morales a la tentación del mínimo esfuerzo. Es lógico que la natural evolución de las cosas y modos de vida produzca cambios, como lo es asimismo que el paso de los años nos vaya deteriorando físicamente, qué no erosiona el corrosivo día como afirmaba Horacio, pero que en la forma de ser y de pensar seamos diferentes ya no se comprende tanto, pues hay enseñanzas, razonamientos y convicciones que debieran ser inmutables por fundamentales. Sin embargo la vida, poco a poco, sin darnos cuenta va endureciendo nuestros corazones. Vivencias, sueños y afanes nos llevan a otras realidades al tiempo que nos hacen perder la inocencia infantil de la adolescencia. En el trueque por tan gran bien perdido, sólo recibimos desconfianza y miedo. No nos vendría mal seguir el ejemplo que nos dio S. Rafael Arnaiz Barón, monje trapense que fue del monasterio que hay en Venta de Baños, para el que toda la ciencia de los hombres, decía, estriba en saber esperar y no renunciar a nuestros principios por seguir la atractiva senda de lo que al fin puede ser nuestra perdición.

La desconfianza está basada en la experiencia, es hacia todo lo que venga de los que gobiernan imponiendo autoritariamente o con engaños su voluntad, sea por ignorancia manifiesta o por soberbia y maldad sin importarles el bien común. El miedo por las consecuencias que acarrean tanto despotismo y frivolidad. A base de almacenar frustraciones con tantas palabras incumplidas o de ilusiones y promesas que se lleva el viento de los políticos de turno, nos damos cuenta que hemos perdido la fe en los que bajo la vitola de servidores del pueblo no hacen sino lo contrario, servirse de él. Como consecuencia, al pueblo lo han llevado a un estado de postración y abatimiento como no se recuerda en los anales patrios. Si comparamos la realidad que hemos vivido los mayores con la que maliciosamente nos cuentan y quieren que creamos, un sentimiento de tristeza invade nuestro corazón. ¿Qué fue de tanto ideal, qué de tanto sacrificio para levantar a España?

La ineptitud y la irresponsabilidad de los que estaban obligados a seguir el camino de nuestra regeneración han hecho posible la locura que ahora estamos viviendo que pone en peligro hasta la propia existencia de la nación.

Esa es posiblemente, junto a la desvergüenza y escándalo de tanto ladrón de postín como anda suelto e impune, una de las causas por las que nos hemos hecho egoístas y descreídos, pero no la única y me atrevo a decir que principal, al menos en lo tocante al motor que mueve la voluntad de las personas, que no es otro que el interior de nuestro corazón, al alma que llevamos dentro. Es ahí, en el alma, donde debemos mirarnos. ¿Es todavía nuestra, la hemos malvendido al Maligno enemigo, o la tenemos hipotecada para siempre a cambio de una vida muelle, sin cortapisas pero también sin sentido y lo que es peor, sin esperanza alguna de salvación porque carece de fe?

Reflexionemos ahora que es tiempo propicio para ello, como lo es también para evitar la desintegración nacional a la que estamos abocados si no reaccionamos pronto. Santa Teresa de Jesús, nuestra santa andariega, gran escritora y doctora de la Iglesia Católica comenzaba con estos versos una de sus poesías: “Alma, buscarte has en Mí, /y a Mí buscarme has en ti”. En solo dos estrofas está el compendio de lo que debe ser la vida que merece ser vivida. Hemos de buscarnos en Dios y a Dios buscarlo en nosotros porque, como dice en otra de sus poesías, “ quien a Dios tiene / nada le falta: / sólo Dios basta.

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