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Castilla la gentil

La palabra gentil empleada como adjetivo significa idólatra o pagano, como  podemos comprobar leyendo a los evangelistas San Lucas, San Mateo y San Juan, y también a San Pablo en su carta a los romanos.desconocido.gif

Sin embargo, utilizada como sustantivo tiene un significado muy diferente y puede significar brioso, notable y noble. Este último es el que empleaba el juglar cuando en el Poema del Mío Cid, estando el Campeador desterrado y tras vencer a los moros, pone en boca de éste al tiempo de enviar parte del botín obtenido al rey estas palabras “ Id, Minaya, con estos regalos hasta Castilla la gentil, hasta la hermosa Castilla…”. Es con este significado con el que empleo aquí la palabra por ser el que corresponde siempre a esta tierra y, ahora, para dar título a estas reflexiones que surgen cada 23 de Abril en la conmemoración de la fiesta oficial de Castilla y León desde el año 1986.

Una fiesta por demás luctuosa y un baldón más a añadir a la lista de agravios que viene padeciendo Castilla desde que se vació en cuerpo y alma por España quedando como consecuencia de su entrega, yerma y exhausta, cuestión que Cervantes deja ya entrever en algunos capítulos del Quijote. Imponernos después de ciertos, aunque muy débiles, titubeos, una fecha para olvidar como fue la vergonzosa derrota de Villalar, es desconocer la verdadera causa de la guerra de las Comunidades, harto confusa según reconocen todos los historiadores y muy parca en su pretendido romanticismo Si en principio el malestar del pueblo estuvo en la base del levantamiento popular de una parte de Castilla por la entrega a los flamencos de la política exterior seguida por el emperador, muy pronto los intereses y privilegios en juego de algunos nobles, hidalgos y caballeros, se apoderaron del levantamiento comunero al darse cuenta que desaparecían las ciudades taifa y comenzaba a declinar su poder, lo cual dio lugar a numerosos abandonos populares. Por otra parte, imponiendo ese acontecimiento insulso, y sin fundamento suficiente para tal honor que no dice nada a la inmensa mayoría, como lo prueba que se haya tenido que crear una Fundación para recordar al pueblo la “fiesta” a través de anuncios en los medios de comunicación, han ofendido el alma castellana. La Historia gloriosa de una tierra de héroes y santos que hicieron hazañas y hechos a cual más memorables, de trascendencia universal muchos de ellos, que  no se merecía esta puñalada trapera. Cualquiera de ellos bien pudiera haber sido elegido con muchísimo más merecimiento para representar los valores de esta tierra y, uno en especial hubiese representado a todos: el del rey Fernando III el Santo, que unió definitivamente los reinos de Castilla y León.

Sin duda, el despropósito político actual tuvo su origen en el desconocimiento y el ruido al que nos tiene acostumbrados una oposición que no supo ver, después de varios siglos, lo que había detrás del levantamiento comunero, esto es, la diferencia abismal existente entre el verdadero progreso de un Estado moderno que nacía y la continuidad de un régimen obsoleto de la Edad Media que moría. En palabras de Menéndez Pelayo, la última protesta de la Edad Media frente al principio de la unidad y de la centralización que establecieron los Reyes Católicos. Una oposición cegada por la creencia de que “comunero” era lo mismo que la condición que presume tener parte de ella, impuso a tontas y a locas su voluntad gracias a la falta de determinación y la lamentable ausencia de principios de una Junta pusilánime y asustadiza que con su claudicación afrentó y sigue afrentando a la mayoría de castellano leoneses. Este proceder nos deja ver que para ese viaje no hacía falta alforjas, o sea, que antes como ahora, da igual votar o no votar, con mayoría o sin ella, pues nunca se hará lo que quiere el pueblo, porque nadie garantiza ni responde a lo que se espera de sus promesas y menos cuando las hacen unos partidos que se han apoderado con propagandas engañosas de la voluntad de un pueblo del que viven, al que estrujan sin piedad con impuestos y tienen amordazado con el bonito cuento de la democracia.

Castilla y León es la región más maltratada por el olvido y menosprecio en que se la tiene en esta cosa inventada, con tan poco cerebro como maldad y supino desconocimiento de la historia de España, de las autonomías. Unas autonomías derrochadoras, corruptas y disgregadoras de lo que siempre a estado unido geográficamente y, al menos desde el III Concilio de Toledo en el año 589, es una unidad jurídica y política independiente además de espiritualmente fraterna por su catolicismo. La idea, feliz para unos pocos pues para el todo es una desgracia, de desunir lo unido, no pasa de historia ficción y fantasía de una clase política torpe, aldeana y dictatorial que necesitó satisfacer su ambición de poder y por ende, destruir a Castilla para garantizar el objetivo separatista. No contentos con las distintas amputaciones hechas a lo largo de los últimos siglos de lo que era el mapa de Castilla en los comienzos del siglo XVI, donde exceptuando Aragón y Baleares, todo era Castilla, los listos que pergeñaron las autonomías nos quitaron La Rioja y Cantabria con su salida  al mar. De propina, nos han impuesto un dogal económico mediante el cual los fondos que nos dan no cubren ni de lejos nuestras necesidades básicas, al mismo tiempo que nos ningunean en todos los asuntos importantes. Sin embargo, pese a todo ello, lo mismo que acabada la Reconquista Castilla hizo a España y descubrió América, simplemente porque su destino fue, es y será, ser raíz indestructible de las cosas nobles e importantes. Como la grama que cala en lo profundo, así es Castilla, raíz que caló primero en España y después en el nuevo mundo.

Son de un fanatismo desfasado y peligroso, propio de unas clases dirigentes  racistas, crecidas ante la impunidad de sus actos desleales y contrarios a todas las leyes, los argumentos que actualmente esgrimen para reclamar una independencia que nunca han tenido. Tamaño desafuero consentido inexplicablemente por los distintos gobiernos de la democracia, cae por el peso de sus mentiras. Un ejemplo muy gráfico es el de los apellidos de los habitantes de esas regiones y provincias. Los más comunes de España no son contra lo que quisieran esos iluminados separatistas los propios de esas zonas, sino los típicos de Castilla y León. Hasta los ocho principales, todos. Pero para no cansar a los lectores, sólo voy a citar el primero. En Lugo y Almería, López; En Pontevedra, Orense, Huelva, Gran Canaria y Fuerteventura, Rodríguez; En Asturias, León, Zamora y Cantabria, Fernández; En Badajoz y Salamanca, Sánchez; En Toledo, Martín; En Murcia, Cuenca y Logroño, Martínez; En Teruel, Pérez; En Tenerife, La Palma, Gomera y Hierro, González; En el resto de provincias españolas, con Navarra, Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Barcelona, Tarragona, Lérida, Gerona, con todo merecimiento incluidas, el castellanísimo de García. Ahí, orgullosa, resplandeciente e incontestable, está la verdad de la unidad española. Ahí y en la religión y en la lengua castellana, que al ser de todos, llamamos española.

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