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6.- HUBO QUE DESAPRENDER

Hubo que desaprender. El término lo he aprendido con los años. Entonces sólo se aprendía, y se aprendía lo que te dictaban, sin ningún derecho a la duda,  porque tu deber era callar y obedecer las certezas, mandatos y seguridades de los mayores en edad, sabiduría y gobierno. Pero hoy por fortuna has descubierto que muchas de aquellas lecciones que nos dieron como sagradas e intocables, se te antojan con el tiempo lamentables e insostenibles, desde las teorías suficientemente contrastadas por la ciencia y la razón (cuánto le debemos a la Ilustración que nos abrió los ojos y la mente y cómo nos robaron los principios más revolucionarios del pensamiento moderno, en las clases de filosofía más aburridas que jamás he experimentado, sobre el pobre Kant, al que descuartizaban de la manera más siniestra y a quien nos secuestraron, porque jamás oí decir eso tan sencillo y genial del imperativo categórico (1), o si lo oí, lo oí rematadamente mal, o se le refutaba tan vilmente que lo único que te quedaba era eso: la refutación vil por encima de las enseñanzas del sabio filósofo y padre de la filosofía moderna) o principios incrustados en la piel a golpe de pellizco en las tiernas nalgas o retorcimiento de orejas, sólo fruto de la ignorancia adobada de sabiduría y la obediencia ciega y entontecida, y algunas costumbres que nos encandilaban, ahora te dan vergüenza por lo cursi,  lo cutre y el tufo que desprenden, o aquellos valores, intocables en su día, hoy se tambalean y te apetece renovar el armario de tu mente y tu voluntad, porque son otros los valores más acordes con tu mundo más personal y tu entorno más apetecible… ¡Y qué alegría y liberación, sentirte vivo, mutante, curioso, iconoclasta y crítico!

Mil y una historias sagradas, no tan sagradas, de unas y otras religiones, o las lecciones sobre sexualidad que más que lecciones eran anti-lecciones dominadas por los mitos, los tabúes y las mentiras, canciones ratoneras y de mal gusto que has tarareado doscientas mil veces y no te las echabas de en medio, el respeto a los mayores que sólo era miedo y terror, pero nunca obsequio, veneración, consideración, mirar al otro con especial atención, como viene a decir el diccionario de la real Academia, lo que obliga a los menores de igual forma que a los mayores, o la autoridad que siempre iba vestida de poder absoluto sin ninguna puerta abierta al error y a la  duda, o darle la vuelta a montones de dichos necios, gamberros y machistas, como el maldito e ignorante refrán que dice que la letra con sangre entra o el otro de no menor calado, la mujer casada con la pata quebrada  y en casa.… y así hasta el infinito.

Hubo que desaprender.

Vuelvo de nuevo sobre la famosa novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, y me vuelve a impresionar el relato que el escritor hace de la domesticación siniestra a la que se llega con el fogonero, un muchacho negro, que alimentaba la caldera del barco. Sólo bastaron unos meses de instrucción, le habían sacado de su medio natural, la selva, y le habían adiestrado de forma que se había convertido en el esclavo de un extraño hechizo: si el agua de la caldera desaparecía, el espíritu del mal, que residía con todo su poder en aquella caldera, sufriría de sed, se enfadaría como lo hacen los espíritus malignos y desencadenaría una terrible venganza. Aquel pobre esclavo negro no veía más allá de sus narices y de los conocimientos que le habían transmitido y metido en la  sesera y cumplía con la perfección de un robot, a pesar del sudor, el hambre y la fatiga. Era el espíritu y los modos de una colonización pura y dura, que poco tiene que envidiar al espíritu y modos de todas las colonizaciones mentales que en el mundo han sido, porque nació bajo su cobijo.

Por ello urge, en todo tiempo y lugar desaprender, para enderezar el rumbo que cada cual debe dar a su vida, libre de ataduras y esclavitudes, libre de toda domesticación.

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