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isabelino ruiz del valle

Cosas veredes, o cosas tenedes

A veces ante algo que cuesta creer suele decirse eso de, “cosas veredes Sancho, que farán fablar las piedras”, frase que se atribuye erróneamente en su literalidad a D. Quijote.

Una parecida sí se puede leer en el Romancero del Cid: “ cosas tenedes Cid que farán fablar las piedras” palabras que el juglar pone en boca del rey Alfonso VI como contestación a la admonición que le hace el Cid, “muchos males han venido por los reyes que se ausentan”, al recibir la propuesta real de tomar Cuenca. Antes, el comportamiento de las personas, y aún de la propia naturaleza, siempre eran hasta cierto punto predecibles, como podemos ver en lo escrito por Salomón en el Eclesiastés al afirmar que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, en los tiempos actuales, donde todo está maleado por la política y los políticos de toda laya y condición, los poderes públicos están empeñados en cambiar lo inveterado.  La razón es obvia, para manejar mejor al pueblo necesitan someter a todo bicho viviente a una masificación teledirigida que acabe con la espontaneidad y libertad individual.

A pesar de ello todavía hay grupos y personas resistentes a la contaminación intelectual y al aborregamiento colectivo, con capacidad para sorprenderse ante ciertas imposiciones y oponerse a las mismas. Esto es así porque el hombre como criatura de Dios fue dotado de inteligencia y de memoria mal que pese a la progresía dominante, empeñada en erradicar la última desde la más tierna edad en el sistema educativo. La memoria es la que recuerda las promesas incumplidas, las mentiras, los atropellos y actos de mal gobierno, así como cualquier otra desviación, por eso hacen todo lo que pueden para que no la tengan las nuevas generaciones. La realidad evidencia que se hace difícil digerir tanta mentira y tanta hipocresía como la que exhiben sin pudor muchos políticos, intelectuales de salón y boquilla, y pueblo en general. Veamos algunos casos donde nuestro asombro se atempera con el “cosas veredes”.

El más representativo o llamativo si se quiere, de esa hipocresía lo hemos vivido recientemente tras el fallecimiento de D. Adolfo Suárez. Morir y asistir al triste espectáculo de las alabanzas y lamentaciones entra dentro de lo normal si no se exagera. Pero resucitar a estas alturas a las plañideras profesionales, una de las actividades funerarias del antiguo Egipto, es demasiado. El alegre cambio de nombre a calles, pabellones y aeropuertos como si no originase problemas de todo tipo, incluido el económico a tener muy en cuenta en tiempos de crisis, es una acusación no pedida de la mala conciencia de sus promotores. Como lo es el bombardeo de manifestaciones laudatorias efectuadas por políticos de todas las tendencias, que ha dejado a muchos con sus vergüenzas al aire y a la vista el plumero con el que se nos ha querido distraer, para que no veamos el daño que están haciendo a España. Pero los que vivimos el auge y la caída de Suárez recordamos perfectamente que, al alimón su propio partido y la oposición, lo echaron a patadas bajo el impulso soberano de quien lo utilizó para sonarse y luego tiró a la papelera, como se hace en estos casos. Inolvidable la flor que el ahora compungido Guerra le regaló cuando le calificó de tahúr del Misisipi. Ya sabemos, ya, que para ellos sólo cuentan los votos y hacer creer lo que no son. Pero, ¿y el pueblo que ha hecho ostentación de lo mucho que le quería?. Si era tan bueno, ¿porqué dejó drásticamente de votarle? En verdad que sus lágrimas son de cocodrilo.

Lo prudente es dejar que sea la historia la encargada de valorar su labor como político, pues como persona, el único que puede hacerlo es nuestro Señor Jesucristo según nos enseña San Juan en su Evangelio. En el recuerdo, sin posibilidad de maquillaje queda la militancia política que conocimos de Suárez y que fue cambiando, según conveniencias y circunstancias, tras haberse quitado la camisa azul con la que llegó a lo más alto de la política.  Olvidados los sucesivos juramentos que para conseguirlo hizo voluntariamente, fue democristiano, luego socialdemócrata, más tarde con el CDS de la Internacional Liberal, para acabar finalmente en la derecha. En su currículum está su participación en la transición a la nada política, moral y social en la que estamos y la elaboración y aprobación de la Constitución del 78 actualmente en vigor. Una Constitución que trajo una democracia tutelada, donde se asegura una cosa y la contraria, confusa en las cuestiones fundamentales y donde toda interpretación tiene su asiento. No hay separación de poderes -los políticos nombran a los jueces – y más que libertad hay libertinaje, no se cumplen las sentencias importantes y cada uno hace lo que quiere, excepto el pueblo llano. Gracias a esa Constitución, España dejó de ser oficialmente católica, se  legalizó el aborto, el divorcio, y la inmoralidad se exhibe con orgullo y sin pudor, siendo la norma infalible para triunfar. Una Constitución que dividió España en 17 Autonomías con sus cientos de miles de funcionarios, diputados, consejeros y organismos, generando un sistema económico ruinoso y una corrupción desbocada como no se conoce otra igual en Europa que nos ha llevado al desprestigio internacional. Esta ley de leyes es la que ha entregado la Educación, la Sanidad, la Policía, las televisiones autonómicas y un larguísimo etcétera a los separatistas. Con ella, los españoles no somos iguales ante la ley, ni nuestro voto vale igual en toda España, ni podemos estudiar en todo el territorio nacional en la lengua oficial, caso único en el mundo civilizado.

Otro caso chocante es el de la muerte del escritor colombiano Gabriel García Márquez, al que la progresía ha encumbrado al Olimpo de los dioses, más que por la calidad de sus libros que tanto lucen en las estanterías aunque no hayan sido leídos, por sus ideas políticas y amistades con algunos dictadores, naturalmente de izquierdas. Su ideal era que el mundo fuera socialista y, sin embargo, con su muerte lo que ha nacido es una nueva religión llamada Gabismo. Su fundador, quién sino Gabo. Seguramente sin él quererlo, cuando todavía estaba su cuerpo caliente, su agente literaria, catalana y avispada ella, no ha tardado en pedirle “una cosa” –una cosa que yo te diré, como en la canción- y ha comentado que si hay fe, sale. Seguro que sus fieles seguidores se lo concederán comprando sus libros, que es de lo que se trata. De momento, éstos ya le han comparado a Cervantes, no está mal para empezar.

De nota es el caso del ex presidente Zapatero. Resulta que el hombre sesteaba feliz, y bien remunerado como consejero, en el Consejo de Estado cuando, hete aquí que a alguien se le ha ocurrido sacarle a pasear para que salga del pesado  sopor del olvido. La Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales le ha concedido el Premio Pluma y, claro está, nuestro personaje ha echado a volar con ella su imaginación y se ha puesto como el abuelo Cebolleta a contar batallitas de su etapa presidencial. Unas batallitas que más le hubiera valido siguieran en el armario, pues le han dejado ante la opinión pública como lo que es, no como lo que parecía. Gracias a la publicación de alguno de sus secretos  hasta ahora tan celosamente guardados, nos enteramos que el día que se aprobó la ley del matrimonio homosexual tenía que haberse puesto la bandera multicolor en la Moncloa, lástima que con la emoción se le olvidara hacerlo. Ha dicho que fue un momento histórico porque antes de la ley la sociedad era indecente y ahora por fin es decente, lo que ha conseguido a costa de algún disgusto. Estoy abochornado y apenado por lo que me toca y de pensar que, desde que el mundo es mundo, la humanidad entera ha vivido en la indecencia, incapaz de darse cuenta de su desatino por seguir ciegamente el mandato divino de creced y multiplicaos según el orden natural –hombre y mujer los creó- para que la especie se perpetuase. Qué atraso, ¿verdad? Al parecer hodierno, hay que retozar y folgar al envés aunque se acabe la especie. Cosas veredes, Sancho.

Pero aún hay más, también presume de que cada vez que se reunía con el Papa, trataba de convencerle de que quien proclamó la igualdad fue Jesucristo. Laudable propósito habida cuenta de la ignorancia del Papa en la materia. Para rematar, ha confesado que pasó toda una noche con la Sra. Merkel explicándola con detalle la ley del citado matrimonio. Lo malo es que mientras pasaban las horas en esa clase magistral, no defendió los intereses políticos, sociales y económicos de España, que era su obligación. Es lo que quería, y consiguió, la lagarta de Merkel  dejándole hablar y pavonearse. Con esta tropa política amoral,ignara y vanidosa, señoritinga, hortera y bien pagada, a todas luces inepta, está claro, muy claro, que nos faltan las cosas que tenía el Cid. Desgraciadamente, ya no nos sorprende nada. Así nos luce el pelo a los españoles.

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