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Más allá del paraíso perdido

Si queremos volver al territorio de nuestra infancia, ante la incertidumbre de seguir creciendo por la senda social tan baldía, la inevitable decepción que supone la ausencia del paraíso perdido en nuestro mundo, seguro que el sentido común nos llevará a la feliz conclusión de que los paraísos no están fuera, sino más bien dentro de uno mismo.

Por lo que intuyo tendríamos que cambiar el pesimismo por el optimismo, ahora en estos tiempos de crisis, mejor dicho de profundos cambios; para buscar entre nuestras neuronas una belleza interna de verdaderos edenes, de paz y sosiego: el paraíso. Si no fuera por el entorno tan contaminado y, el interés por tantos apegos que nos esclavizan, tendríamos que pensar más en la frontera que nos permite distinguir entre nuestra naturaleza de ser simples animales por la materia, y la potencialidad del espíritu, viendo mejor nuestra parte espiritual, que hoy en día parece algo mermada por tanta tecnología y por el exceso de materialismo que nos envuelve. Esta parcela individual creo que la tenemos poco cultivada y, merece la pena elevar el punto de mira para ver mejor lo que ocurre en lo más profundo del ser. Como si poéticamente imaginásemos que fuera un frondoso bosque, a pesar de que lo estén quemando intencionadamente. Si hace ya un tiempo se puso de moda lo del turismo ecológico, es decir, buscar los lugares más recónditos del planeta entre los paraísos soñados -como si los lugares nos brindaran algo más que paz y sosiego-, quizá sólo nos ofrece un trocito de la tarta de la soñada felicidad. Es curioso, apenas se habla hoy en día de nuestra intangible alma. Si nos fijamos bien, para muchas personas parece que se le hubiera escapado definitivamente, de tanto tiempo en desuso. Quizá es que nunca se les ha pasado por la imaginación que el alma no es otra cosa que una mariposa espiritual que perdió sus alas y, se quedó en la materia en un cuerpo al que intenta purificar y dignificar a lo largo de su vida. Es posible que si se cultiva pueda hacerse de ella una crisálida, a la que todavía la pueden salir las alas para volar imaginativamente por encima del mundo material en la que está encerrada. Esta ninfa que bulle en cada uno de nosotros, en el fondo no es más que una luciérnaga digna de atención para recordarnos que no sólo somos materia. Quizá sin ella sólo seríamos cadáveres ambulantes. Yo no sé si el alma transmigra o no, en sucesivas vidas y reencarnaciones. Me da igual. Yo sólo sé que mientras la tengamos para sacarle el gran provecho de que nos eleve el espíritu, sabramos que pueden existir inexorablemente paraísos maravillosos en nuestro interior. Posiblemente haya una doble lectura en esta vida, cuando nos dejamos resbalar con sutileza por los profundos paisajes del alma, quizá exista un puzzle que haya que completar para conocernos aún mejor. Si uno desea conectar con un plano superior o lo que se llama consciencia. Las cosas materiales en el fondo sólo tienen valor relativo, algo mucho más banal de lo que creemos. Los sentimientos de posesión egoísta a veces no nos dejan ver bien la clave de la verdadera belleza interna. Para mí es el único camino que nos puede llevar más allá del paraíso perdido.

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