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Esto es lo que hay

A la vista está que nos ha tocado vivir en una sociedad materialista donde se lleva decir no sólo que es tonto el último, sino también el que tiene menos.

Vivir en una sociedad así significa vivir en la vanidad, en la mentira, en la vaciedad del espíritu y en la desesperación del querer y no poder de los más, por no tener quien les eche una mano dado el egoísmo que genera en la sociedad el afán de tener y la ausencia del propio ser, única propiedad de las personas para que puedan considerarse como tales. Esto es así porque antes de instalarse el materialismo, éste se ha preocupado de desalojar por incompatible a Dios de las conciencias, utilizando la táctica sibilina de pro-meter al hombre una vida mejor sin ataduras morales de ningún tipo y persiguiendo y desprestigiando la fe como propia de la ignorancia de épocas ya supera-das. Es sabido que el materialismo va de la mano de cualquier falsa democracia que pro-clame que no hay ley de Dios ni derecho natural y que no existe más ley ni valores  que los que establezcan las mayo-rías.

Esta sociedad materialista presume de un tiempo a esta parte de ser democrática, pero es una presunción carente de sentido pues se trata sólo de una democracia balbuciente, descreída y engañosa que ya hiede que apesta por la corrupción existente. Para unos es del bienestar, (será de los políticos o del perrito, porque de las familias con los hijos en el paro es imposible) y para otros de consumo. Opiniones relativas y carentes de rigor que no contemplan cosas tan importantes como la libertad, escasa y condicionada dado que no se puede votar en listas abiertas a quien uno quiera, es obligatorio pagar a los partidos y sindicatos aunque no estemos afiliados a ellos, tampoco se puede presentar cualquiera ni a título personal ni colectivo a las elecciones, nunca se ha permitido elegir entre república o monarquía y así unas cuantas cosas más. Hablar del bienestar cuando hay seis millones de parados  o hay que aceptar trabajos mal pagados, bien por horas en horarios abusivos o por contratos basura eventuales y sin ningún derecho, es, francamente, un sarcasmo. En cuanto al consumo, no todos pueden consumir, excepto una minoría que lo hace compulsivamente más allá de sus necesidades, sin darse cuenta que están esquilmando los recursos naturales y con ello poniendo en riesgo el porvenir de las generaciones futuras.

Los tiempos actuales añaden a la cualidad de fugacidad, intrínseca también a todos los habidos antes y a los que vengan, otra especialmente diferente y notoria con respecto a los pasados, la de su constante y vertiginosa mutación. Antes se sucedían generaciones enteras y no cambiaba nada, todo permanecía igual e inalterable. Ni la sociedad ni los hombres mostraban el más mínimo interés por buscar diferencias ni nuevas sensaciones. Se valoraba la tranquilidad aunque pecase de monótona, no se sentía pesadez alguna ni por las jornadas agotadoras de trabajo ni por las privaciones a las que estaba sujeta buena parte de la población. Puede resultar curioso, pero se tiene constancia de que la gente era más feliz que ahora.

En la actualidad los inventos de la ciencia, la investigación permanente, la innovación para satisfacer las exigencias de la economía, no dejan lugar al inmovilismo. Los cambios continuos, obligan a vivir al día y a la hora para no quedar desfasados. La presión de la publicidad que el interés del capitalismo a puesto en marcha, incita a desechar por obsoleta cualquier cosa por nueva y útil que sea  en cuanto aparece un nuevo modelo, una tendencia o moda diferente. A pesar de las innumerables comodidades que proporcionan estos adelantos, del lujo, las diversiones, etc. la gente no es feliz, está estresada, se siente esclavizada porque no hay tiempo para cultivar el espíritu ni para tener vida interior. Es la consecuencia de no tener valores que nos guíen, ni creencias, ni Dios que nos sostenga porque los dueños de la supuesta mayoría así lo han decidido. El paso de la pobreza y austeridad a la abundancia, con todas las limitaciones que de hecho existen, nos ha conducido a la relajación física y moral, al afeminamiento del hombre y a la masculinidad de la mujer y a la búsqueda desesperada de nuevas sensaciones con tal que estas en ningún caso requieran sudar la camiseta. No importa si acaban con la vida, como las viciosas, ni tampoco que nos lleven indefectiblemente a la decadencia en la que ya estamos y, posteriormente, a la desaparición de nuestra civilización como nos enseña la historia, donde todos los imperios y  civilizaciones de la antigüedad que conocemos, fueron desapareciendo bajo el empuje de pueblos vigorosos y austeros que desconocían el vicio y vivían según la ley natural.

Una señal inequívoca de nuestro caminar hacia el precipicio de la mano de esta sociedad, la tenemos en la fijación enfermiza de los dirigentes del gobierno y de la oposición por cambiar todo, no sólo lo que se mueve sino hasta lo que debiera ser inamovible. Usos, costumbres, tradiciones, leyes, reglamentos, las palabras y su significado, la historia, memoria y creencias religiosas. Nada escapa a su afán destructivo de lo heredado de nuestros mayores como si todo fuera malo o inconveniente. Miguel de Unamuno decía que el progreso consiste en el cambio y nuestros políticos siguen al pie de la letra la sentencia sin pararse a pensar que no todos los cambios traen progreso, ni todo es susceptible de ser cambiado y mucho menos si lo nuevo es peor. A través de los medios de comunicación peones del poder, especialmente la televisión, se están cargando la secular cultura popular distintiva de lo español.

Liberar las mentes de la pesada carga de la memoria ha sido fácil, primero la han hecho desaparecer del sistema educativo, ya no se enseña casi nada y no se exige retener nada de lo estudiado. La clásica escuela de la terrateniente que decía aquello de “qué necesidad tienen mis obreros de saber nada si ya estoy yo para ordenar lo que deben hacer”. Después han utilizado el lavado continuo de los cerebros con inventos y mentiras mil veces repetidas y con generosas dosis por doquier de sexo, drogas y alcohol. Este es un tratamiento de probada eficacia que nunca falla y con el que se consigue convertir al hombre en un guiñapo y alcanzar el nirvana permanente e irreversible de la amnesia total. Así que de la Historia no hay que preocuparse, la escriben siempre los vencedores… de salón, copa y puro.

Al tiempo que minan el alma de nuestro ser histórico y se emplean a fondo para extirpar el catolicismo, los políticos hacen como Penélope, tejen y destejen sin venir a cuento y a lo tonto, no un velo sino leyes, no por fidelidad a Ulises como la hija de Ícaro, no para mejorar, sino para intentar justificar la lotería que les tocó cuando el dedo superior los encumbró, por capricho o cuota, a una posición de privilegio inexplicable y escandalosa en su remuneración. A través del lenguaje al que no dejan de manosear y adulterar (es su juguete preferido), los listos confunden al pueblo y le hacen creer lo contrario de lo que realmente están haciendo y que éste no se entere de nada. Cuanto más numeroso sea el famoso pelotón, mejor para ellos. La carrera de estas señorías es la única en España que no requiere la más mínima titulación ni por supuesto someterse a ningún tipo de oposición para demostrar que se tiene una cultura y unos conocimientos para poder ejercer el cargo. Basta que sepan decir a tiempo un, sí, amo. Lo demás corre por cuenta de éste, dueño y señor de la poderosa arma democrática vulgarmente conocida como lista cerrada. Una vez admitidos en el clan, tendrán que hacer de claque y obedecer sin rechistar ni moverse, para seguir saliendo en la foto.

Por todo ello es lógico que se nieguen a cambiar lo más necesario y urgente, la existencia de los datos que a continuación expongo. Son para reflexionar y  corregir si quieren enderezar un país que se hunde también en la miseria material, no sólo en la moral. En España tenemos165.967 médicos, 154.000 policías y 19.854 bomberos. El total de estos hombres que curan, protegen y salvan es de 342.821. Por contra, entre diputados, senadores, parlamentarios autonómicos, asesores, defensores, liberados sindicales, cargos políticos varios en organismos, entidades, cámaras, consejos y fundaciones, la friolera de 445.568 personas improductivas todas ellas, verdadera rémora imposible de arrastrar por más tiempo. Se sabe que superamos en 300.000 a  Alemania, que cuenta con el doble de población. ¡Con cuánta razón se dice que las comparaciones son odiosas! Por otra parte, el paro entre los jóvenes oscila según regiones entre el 40 y el 50%, ni más ni menos que el mayor de toda Europa. Cualquiera de estos jóvenes bien pudiera hacer suyos los versos que, sin atisbar siquiera esta tragedia, escribió el escolapio P. Arola  y transmitir con un halo de tristeza sus buenos deseos a las siguientes generaciones : “mi suerte es dura, mi destino incierto/ sé más feliz que yo”.

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