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Viaje a mi infancia pasando por la tuya 8.- LA VISERA DE MI PADRE

Me la regalaron hace unos meses, la coloqué en la percha del dormitorio y ahí sigue. Me la pondré cuando sea mayor, como si no lo fuera ya, uno que es vanidoso, o no se cree mayor-mayor. Si bien, debería usarla, aunque solo fuera como homenaje a mi padre.

Mi padre siempre usaba visera, ni boina ni sombrero, visera, y cuando se la ponía, parecía un dios, mi dios, mi héroe, amante de las cosas, enamorado de la tierra,  creador de cosechas, escasas en tiempo de sequía, abundantes cuando el tiempo venía a pedir de boca del labrador que él era, trabajador como nadie y entusiasta, gustador del vino y una mesa austera, nunca comilón, apasionado de la vida en el más pleno sentido de la palabra vida. Para mí era como Dios, con algunos defectos, naturalmente, por ejemplo, que la autoestima, y él ignoraba esa palabra, se le subía hasta la punta de la visera y no había nadie que comparársele pudiera en la labores del campo. Y ahí se pasaba, claro está. Pero por encima de todo era un hombre que escuchaba el latido de sus tierras y sus majuelos y estaba atento a cuanto acontecía con los ojos bien abiertos, que le hacían transmutarse en el hombre más feliz del mundo, cuando los trigos y las cebadas granaban a su gusto y los racimos presagiaban una cosecha abundante y un buen vino capaz de alegrar su vida.

Su mirada a la tierra y el mimo y el respeto con los que trataba a los animales se quedarían para siempre en mi subconsciente y por eso permanecen en la memoria recienoliendo a pan como el que cada semana sacaba del horno mi madre.

Nada me gustaba más como limpiarme los mocos con su pañuelo, yo no usé pañuelo hasta que estuve cerca de los años de la adolescencia, los niños no usábamos pañuelo, y el de mi padre, suave como de algodón, olía bien, acaso a sudor y a tabaco, pero siempre estaba limpio, mi padre nunca se limpiaba los mocos porque nunca los tenía. Cuando he leído el extraordinario libro de Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, me he acordado de la visera y del  pañuelo de mi padre. Tras la visera yo veía a mi héroe, como veía el escritor Héctor a su padre y el pañuelo concentraba su olor todavía vivo en el recuerdo. Esto mismo podría decir yo y no importa que mi padre fuera labrador de Tierra de Campos y el papá de Héctor médico en tierras americanas:

“Yo amaba a  papá con un  amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor, sobre la cama, cuando se iba de viaje, y yo les rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de la almohada. Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo… yo olía a mi papá, le ponía un brazo encima, me metía el dedo pulgar en la boca, y me dormía profundo hasta que el ruido de los cascos de los caballos y las campanadas del carro de la leche anunciaban el amanecer”.

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