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El ayer y el hoy

Ayer, hace cincuenta años, las personas mayores estaban en sus casas o con sus hijos, entonces pocas mujeres trabajaban fuera de casa, solamente algunas ayudaban al marido en las tareas del campo, eran felices.
Por Carmen Adán Lerma

Pero, a medida que va pasando el tiempo, la vida ha dado un giro de 90 grados, ahora, las mujeres están muy preparadas, tienen sus carreras y trabajan casi todas.

Unas en oficinas, con cargos muy responsables, como por ejemplo: médicos, enfermeras, arquitectas, albañiles, conductoras de todo tipo de vehículos, empleadas de hogar, y no nos olvidemos de las educadoras, gente que se dedica a cuidar a las personas mayores y enfermos.

Las mujeres de hoy día son maravillosas, saben moverse por la vida, sin ningún complejo, es más, si quieren tener un hijo ya no necesitan a un hombre, incluso recurren a la inseminación artificial y pueden ser madres. Tienen muchas facilidades a su favor y responsabilidades. Son estupendas.

Soy una persona mayor, en muchas las admiro. En mi juventud no había liberad ni medios para estudiar y ser un poco más culta. Teníamos que hacer lo que se llevaba entintes, que era aprender a cocinar, a coser y sobre todo a ser madre, cuidar a los hijos. No me quejo, pues fui feliz en los tiempos que me tocó vivir. Ahora que tengo tiempo para escribir alguna cosita y poder pensar un poco, ¡digo!: trabajo y un gran esfuerzo llevar una casa y trabajar fuera de ella, ¿compensará? (o a la larga dirán: ¡qué vida tan agitada siempre trabajando!), es muy duro, pero es lo que hay, la vida moderna hay que sudarlas, y estar al pie del cañón.

Así que un día me dijo mi hija: mamá, no puedo cuidarte, ya eres mayor y necesites unos cuidados que aunque yo quieres, no puedo dártelos, tengo, ya lo ves, mucho trabajo; así que hemos decidido, Carlos y yo, que mejor que te llevemos a una residencia porque estarás muy bien atendida. Me quedé sin saber qué decir, no me lo esperaba, pero reaccioné y les dije: muy bien hijos, lo que vosotros digáis. A la mañana siguiente, me prepararon la maletita y me llevaron. Estaba bien, dentro de lo que cabe, pero echaba de menos mi casa y el calor de mis hijos y nietos.

¡Qué triste es el final de una persona mayor! Pero estoy contenta porque me viene a ver, me traen caramelos y bombones, pero lo que más me gusta de ellos es el beso y el abrazo que me dan. Y aunque en esa residencia se está muy bien, pero estoy falta de carió.

Cuando me quedo sola en mi habitación, mis hijos no saben que por mis mejillas resbalan unas lágrimas, al acordarme mucho de ellos, más no quiero que lo sepan, ni quiero hacerles sufrir, pues ellos tienen que vivir su vida, yo ya viví la mía. Comprendo que hoy es así.

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