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Foto de Esther Duque realizada en Villaumbrales

9. – El delantal de la abuela

No podía fallarle a una amiga, quien al leer La visera de mi padre me retó a que, sin tardar, dedicara otro retrato similar a mi madre, y que en este caso pasaría a llamarse: El delantal de mi madre. Entre balbuceos pergeño lo siguiente y lo hago ayudándome de un vídeo muy curioso basado en un interesante texto sobre el delantal de la abuela que yo aprovecho para hablar del delantal de mi madre. Espero que el plagio haya terminado en asesinato lo que hace que ya no sea plagio.

De las 14 funciones -14-, destaco aquellas que le vi lucir de niño:

Le protegía el vestido, durante muchos años de la Virgen del Carmen, por no recuerdo qué promesa que hiciera de muy  joven; le servía de agarradera para retirar las sartenes, cazuelas, pucheros… de la lumbre; para limpiarnos la cara porque cuando se trataba de los mocos a quienes no usábamos pañuelo, yo acudía a mi padre, como dejé dicho en su día; para transportar los huevos del gallinero, y que cuando eran abundantes lucía una sonrisa de felicidad como reina de la casa, la hacienda y la familia en tiempos de escasez y sequías alargadas, ¡cómo agradecía toda la familia los huevos fritos para cenar!; para aventar la ceniza y las ascuas  cuando alertaban síntomas de apagón y muerte;  sacar el polvo de los muebles, recoger la verdura, la fruta y los mejores racimos de  nuestro majuelos; colocar en la ventana la torta recién sacada del horno; trasladar los panes calientes de la pala larga, que utilizaba con el mejor aire de un maestro de esgrima, a la cesta de la hornada quincenal, reservada para estos y otros menesteres; y sobre todo, porque es la imagen que con mayor intensidad recuerdo: llevarse el delantal a la cara para taparse la boca y la nariz al salir del calor del infierno  del horno a los durísimos hielos de los corrales de Castilla.

… Y lavar la colada en  verano y no digamos en invierno cuando la ropa se quedaba como un pandero bajo la helada y lavar las tripas de la matanza en pleno enero ¡qué duras eran aquellas mujeres! y meter las manos en la masa de la carne, la sal, la pimienta y el pimentón y luego hacer los chorizos y atarlos con fuerza para que el aire no hiciera de las suyas y planchar con aquellas planchas antediluvianas y coser y coser y coser  y remendar y de tanto hacerlo tenía los dedos agujereados y parir siete hijos y comprarles la ropa de diario y todos los años para ir guapos el día de la fiesta, lo mismo que hacían todas las vecinas y no se podía ser menos, aunque tampoco más, lo suyo no era destacar por encima de nadie, y más que nada los arranques de bondad y afecto sin aspavientos de una mujer callada, religiosa, lo normal en la época, y buena en el mejor sentido de la palabra buena.

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