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12.- DE BODAS Y COMEDIAS

I.- Antes de cumplir los diez años se fueron casando las primas de San Pedro de Latarce, de donde era mi padre. Íbamos todos a las bodas y a las primas les daba por bailar con el primo más pequeño que era yo. Me gustaba bailar y me gustaban mis primas, más que sus novios y sus nuevos maridos. Quizá fueran los primeros bailes en donde la carne infantil experimentaba el dulce estremecimiento de la carne.

Aquellas bodas tenían un duende especial con sabor a fiesta alargada, dos o tres días, y el rico folklore de la provincia de Zamora con quien limita San Pedro, adquiría protagonismo en las canciones de boda que todos cantábamos. La más famosa y que logré aprender era la de los pajaritos:

Cantaban los pajaritos / a la sombra de una noria  /  y en su lenguaje decían  /  que cante la señora novia. /  Viva la novia y el novio,  /  el cura que los casó, /  el padrino y la madrina, /  los convidados y yo. / Esa sí que se lleva la gala, /  esa sí que se lleva la flor; /  esa sí que se lleva la gala, /  esa sí que las otras no.

Sigue y sigue y existen muchas versiones en Zamora, Valladolid, Segovia y otros lugares.

A lo largo de la comida y la cena se cantaba, sin cesar. Y al anochecer se hacía un recorrido detrás de los novios por todo el pueblo bailando y cantando.

Como dicen los antropólogos, la boda era un acontecimiento en el cual las canciones jugaban un papel importantísimo. Había canciones para la salida de la novia de su casa, la llegada a la puerta de la iglesia, la salida del templo y, por supuesto, durante el banquete. Pero era a los postres cuando se entonaban las famosas galas. Una de ellas, Cantaban los pajaritos.

II.- Eran frecuentes las actuaciones de algunos grupos de teatro de pueblos cercanos y no tanto. El grupo de Venialbo, de la provincia de Zamora, nos visitaba anualmente. Mi padre se ganaba unas perrillas transportando con el carro sus bártulos.

En la escuela se hacían o hacíamos nuestros pinitos. El más sonado fue un teatrillo preparado por el cura y el maestro en torno al 18 de marzo, día del seminario, y forzosamente el tema era obligado: la excelsitud de la figura del sacerdote por encima de bomberos, médicos, abogados, herreros, soldados, reyes… y toda la corte terrenal.  En eso consistía la actuación teatral: ir pasando por el escenario contando cada cual su cometido en la vida para dejar paso al final, destacando sobremanera por encima de todos el sacerdote. ¡Qué tiempos! Y de ahí venimos. A mí que era de los más pequeños, no tendría los 8 años, me tocó en suerte ser soldado y tuve que recitar un poema chiquitito del que sólo recuerdo estos versos tan pedestres: Soy émulo de los grandes conquistadores / Pizarro, Almagro, Hernán Cortés / ¿puede decirse más? Claro que podía decirse más, porque en cuanto salió a escena el curilla, que hacía de cura, nos dejó a todos a la altura del betún.

No había duda, la religión llenaba tanto todos los espacios y daba sentido a todos los momentos de la vida: los dolores, la sequía, el racionamiento, el hambre, el más allá, el más acá, la cruzada, la victoria de los buenos, la derrota de los malos, así que ser profeta, mensajero, sacerdote y ministro  de Dios y de aquella religión era lo mejor que se podía ser, envidia de cielos, tierra, mar y aire. Acaso, por eso mismo, yo, poco más tarde sentí esa vocación de ser su profeta, mensajero, sacerdote y ministro… sin cartera, naturalmente.

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