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Tiempos modernos

“Es cierto que esos intereses sin nombre que nos tentaron y nos hicieron caer nos fueron presentados a bombo y platillo como la panacea a nuestros males y carencias, haciendo difícil la resistencia a sus pregonadas bondades”, fragmento de Tiempos modernos 

Todas las sociedades del mundo desarrollado tienen un denominador común que las caracteriza y diferencia del llamado tercer mundo a causa del progreso y de los adelantos que este trae consigo. Este denominador no es otro que el olvido de casi la totalidad del acervo acumulado, generación tras generación, recibido por los pueblos gratuitamente en herencia y que éstos debieran considerar vitales para su pervivencia y seguridad. Lejos de agradecer el tesoro de la experiencia vivida por nues-tros ancestros lo olvidamos, cuando no despreciamos bajo el fútil pretexto de que son antiguallas que no sirven para el presente. Tan temerario comportamiento nos impide no sólo aprender la sabiduría inigualable de la praxis mul-tisecular de nuestros prede-cesores, sino que nos  obliga tarde o temprano a incurrir en los mismos errores en que ellos cayeron.

Sin embargo, aún hay algo, seguramente por ser intangible y telúrico, que el hombre orgulloso y altivo no puede hacer suyo para plegarlo a sus deseos, ni tampoco olvidar. Esa incapacidad para ejercer el dominio caprichoso sobre la cuestión se ha convertido en reverencia, y en culto su recuerdo. Lo comprobamos todos los años al llegar Noviembre a pesar de los esfuerzos de los que quieren imponer y banalizar a toda costa estas fechas con actos extravagantes y paganos. Los enemigos de nuestras tradiciones cristianas no pueden evitar que en España se siga viendo a ricos y pobres, jóvenes y mayores, tímidos y extrovertidos, creyentes o no, ir con humildad y respeto al cementerio a depositar unas flores y elevar una oración por sus difuntos. El hombre actual, transgresor por mimetismo con el entorno de la sociedad avanzada en que vive, o por el permisivismo nacido de la pérdida de los valores que deben presidir su vida, aún mantiene respeto a algo aunque sea una vez al año.

Ello nos da pie para afirmar que no todo se ha perdido y la regeneración es posible. ¿Cómo? Reflexionando aunque sólo sea un poco sobre nuestro destino, frenando en seco la vida alocada en que espurios intereses nos tiene instalados y  dando marcha atrás para recuperar el camino de la felicidad. El camino que nunca debimos abandonar, el de las buenas costumbres, el de la moderación, la sencillez y el de nuestra fe católica. Es cierto que esos intereses sin nombre que nos tentaron y nos hicieron caer nos fueron presentados a bombo y platillo como la panacea a nuestros males y carencias, haciendo difícil la resistencia a sus pregonadas bondades. El consumismo desatado que tanto les convenía, se ha convertido en una pitón que nos asfixia y la libertad sólo la pueden ejercer los poderosos, los políticos y los rufianes. A estas alturas, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que todas las promesas eran pura falacia y embeleco, la mayor estafa que se ha hecho al pueblo español en toda la historia. De la noche a la mañana caímos, siguiendo a guías ciegos pero arteros, en toda suerte de desviaciones cívicas y morales dejando aparcados tanto los respetos humanos como los divinos que hasta entonces habían regido nuestro vivir y nuestra convivencia en sociedad.

El más conocido de los muchos ídolos que el hombre ha ido adorando a lo largo de la historia es el becerro de oro, dios que los israelitas pidieron a Aarón que les hiciera para que les guiase hacia la tierra prometida, ante la tardanza de Moisés en volver del Sinaí, lugar en el que recibió las Tablas de la Ley. Con ello demostraron ser un pueblo de dura cerviz y provocaron la ira de Yahveh. Aquella idolatría fue preludio de todas las idolatrías y desvaríos que se han ido sucediendo a lo largo de la historia en el mundo. Hoy, nuestro becerro de oro es otro, no tiene esa figura sino muchas otras según la ocasión y, además, se diferencia del primitivo en que nos lo impusieron sin haberlo pedido, los más obligados a impedirlo. Como el de la Biblia, es diabólico en todas y cada una de sus representaciones, pues se valió y sigue valiéndose del engaño para ser aceptado sin apenas resistencia previo  abandono de nuestras creencias anteriores.

El principal disfraz con el que nos esclaviza y se presenta es el del dinero, al que supeditamos todo e idolatramos venga de donde venga o esté más negro que el carbón. Es verdad que es necesario para vivir aunque la tentación es tenerlo para el lujo, vicios y dominar. Pero el becerro por antonomasia por ser el padre, mejor dicho la madre de los demás, se hace llamar democracia. En España particularmente, cualquier parecido con la verdadera es pura coincidencia y sin embargo, en su nombre se cometen todos los atropellos La que mereció ese nombre nació en Atenas y alcanzó su máximo esplendor en el llamado siglo de Pericles. Desde entonces se ha ido degradando tanto, se han hecho tantas copias de ella, se la han puesto tantos corsés de conveniencia, que la pobre no pasa de ser un guiñapo manoseado y un espantajo para navegantes. Se deja acompañar, como la nuestra, de la correspondiente Constitución ad hoc, marchamo imprescindible e incontestable. En ella y con ella, todo es posible al mismo tiempo y ¡ay! del que al oír su nombre no cae de rodillas mirando a las estrellas, pues el sambenito de fascista y anti demócrata le acompañarán toda su vida. Esa llamada Constitución, dentro de sí tiene y lleva con desparpajo la ley y la trampa; una cosa y la contraria; una nación Estado y diecisiete taifas disgregadoras; la libertad y la persecución; el derecho y su burla; la vida que no se defiende y la muerte que se practica; la igualdad desigual, pues unos son más iguales que otros; las castas intocables y el populacho  que paga; la unión y la división; por lo mismo, el permisivismo para unos y la estaca para otros; no hay principios ni verdades inmutables, sólo mayorías iletradas, volubles, viscerales, fáciles de manipular y confundir; impera lo políticamente correcto, estando mal visto llamar a las cosas por su nombre y decir la verdad. Si se escapa decirla hay que pedir perdón antes de que cante el gallo por si acaso, de ahí vienen las mentiras de los políticos, la falsedad de la política y consecuentemente, la desconfianza del pueblo.  Todo, todo, tiene cabida en ella, menos Dios, la Patria y lo español. Así nos va con ella.

Mientras se multiplica, gracias a la “bondad” del sistema, en parecida proporción el número de pobres, necesitados y ladrones, nacen situaciones de esperpento. Como la de ese señor que víctima de la educación ambiental se le a ocurrido escribir a su perro, sacrificado en aras de la seguridad y sanidad públicas, una carta asegurándole justicia. Se ve que el hombre a olfateado en ello pingües beneficios dinerarios que le han trastornado la razón. Al ser considerado esto “noticia” en la sociedad del perrito en que estamos instalados, no es de extrañar que un sabueso “perrodista” haya seguido el rastro del chucho descubriendo que el tal había vivido antes en Zamora –hasta ahí llega la buena y justificada fama de esta tierra-, andaba perdido y fue recogido a orillas del Duero, en Villaseca del Pan. Vivir para ver. O de cinismo, como la de un antaño furibundo y notorio censor en la dictadura, cuando afirma que la mejor forma de defender la Constitución es reformarla. La memoria nos dice que eso mismo dijeron en su día los apuestos y leales Juan Carlos y Adolfo, cuando presentaron la Ley para la Reforma Política que nos trajo lo que tenemos. Esa ley iba a ser el escudo protector de las Leyes Fundamentales de la democracia orgánica de Franco que ellos juraron una y otra vez defender… y se quedaron tan tranquilos y ufanos viéndolas desaparecer, pues es lo que querían. Ahora, no satisfechos con el estropicio, ¿hacia qué extremo o precipicio nos quieren llevar los reformistas?

Si no reaccionamos, no sería de extrañar que muy pronto caigamos en la misma esclavitud en la que por cuatro veces cayó el pueblo judío. Como a ellos, los opresores nos harán cantar y bailar, no un cantar de Sión, sino jotas y pasodobles para divertirlos. Quizá entonces, demasiado tarde sin duda, la nostalgia nos haga decir con harto dolor aunque se nos pegue la lengua al paladar, lo que en la Opera Nabuco de Verdi se pone en boca de los hebreos con una música sublime, “ay mi patria, tan bella y abandonada”. Y añado yo, por todos traicionada.

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