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13.- LA CARRETERA NACIONAL

En toda novela hay paisajes, a veces, tan importantes, que roban casi todo el protagonismo humano. Sucede en la famosa y espléndida novela  La carretera de Cormac McCarthy:

“A lo lejos largas hileras de coches carbonizados y herrumbrosos. Las llantas desnudas de las ruedas asentadas en un cieno gris de escombros derretidos, en negros círculos de alambre. Los cadáveres incinerados reducidos al tamaño de un niño y apoyados en los muelles vistos de los asientos. Diez mil sueños encerrados en el sepulcro de sus recocidos corazones. Siguieron adelante… Más allá un largo paso elevado de hormigón. Un pantano muerto. Árboles muertos surgiendo del agua gris con colgajos de un turba gris y residual”.

Éste es el paisaje, personaje central de esta novela que, después de leída no se olvidará fácilmente, porque es de las que dejan huella. Padre e hijo, recorren ese paisaje gris implacable, sin vida, sin más horizonte que la pura nada, con la presencia, muy de vez en cuando, de algunos vivientes más que recorren esa misma carretera a la búsqueda de algo que comer para poder sobrevivir. No hay nombres, porque hasta el nombre se ha borrado tras la catástrofe, posible guerra nuclear, que se ha llevado todo por delante, únicamente se ha salvado la relación entrañable de padre e hijo, que supone el pequeño milagro de esperanza y ternura en medio de tanta desolación y sobre todo la piedad y compasión de éste hacia los pocos personajes que pueblan el paisaje, mitad fantasmas, mitad mendigos, mitad ladrones, mitad alimañas. Y el seguir andando y andando siempre, por una carretera interminable, en busca del sur y de otra vida mejor.

 Sucede en mi infancia y en la vida de mi pueblo (Villardefrades, para más señas) en las que la carretera general Coruña-Madrid adquiere un protagonismo capital. Lo llenaba todo y recorría el pueblo como columna vertebral. Recuerdo de siempre cuando me han preguntado por mi pueblo, indefectiblemente, digo que por él pasa dicha carretera, que le da personalidad y cierta esencia en sus señas de identidad. Como había poco tráfico, era el paseo preferido de los chicos y chicas, las parejas de novios en las tardes domingueras y los notables del pueblo: médico, maestro y sacerdote.

Era mi calle, además. En el verano salíamos con los vecinos a la puerta para la charla y los juegos: la charla para los mayores, los juegos para mí, con mi vecina y primera amiga, y ver pasar los camiones  con el pescado que venían de La Coruña, dirección Madrid. Era el camino para ir con la bici al río a bañarnos en el Sequillo, que dista tres kilómetros o a pescar hermosos cangrejos en un arroyo paralelo. Mi padre siempre decía que, más adelante, cerca ya de San Pedro de Latarce, era la mejor zona, que él de joven frecuentaba.

Franqueada por los únicos árboles que había a muchos kilómetros a la redonda y ceca ya del río Sequillo, el Árbol Solitario, más sólo que la una, hasta que la autopista se lo cargó. La carretera. Larga y derecha como una vela, desde la bajada de Almaraz de la Mota hasta Villalpando, atravesando el pueblo.

Ayer, estuve en la Residencia Cardenal Marcelo, para retransmitir el programa de televisión interna, Ventana Abierta, que coordino con Xoan y, recordando la personalidad de mi pueblo, les puse como tarea, para la semana próxima, las cuatro o cinco características más significativas e importantes del pueblo de cada uno de los asistentes al humilde plató desde donde emitimos. Para ponérselo fácil les dije las de mi pueblo: la carretera nacional  de Coruña-Madrid y la comarcal de Toro-Medina de Rioseco, La Obra (una iglesia inacabada en el centro del pueblo), el Árbol Solitario, el río Sequillo y sus gentes.

Harán las tareas como alumnos -dos veces niños- aventajados.

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