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Escuela y despensa

“Entre ese grupo selecto de españoles preocupados por la situación, estaban Unamuno, Maeztu, Benavente, Baroja, Azorín y Costa”, Escuela y despensa

Como consecuencia de los males que asolaron a España a finales del siglo XIX tanto en lo político como en lo social, la nación quedó totalmente a la deriva, la autoestima de los españoles humillada y por los suelos el prestigio español en el concierto de las naciones. 1898 quedó para la historia como el año del desastre donde se produjo la pérdida  de Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Marianas, Carolinas y Palaos a través del deshonroso Tratado de París firmado por España en el infausto 10 de Diciembre. La pérdida de los restos que nos quedaban del otrora mayor imperio nunca antes conocido en el mundo, imperio donde nunca se ponía el sol, despertó en el pueblo la conciencia hispánica y el orgullo de sentirse español en contraste con el deseo de regeneración de una parte de la llamada generación del 98, imbuida de un pesimismo absurdo y devastador, ya que confiaba salir del marasmo renegando de la historia de España, como si la  grandeza antes alcanzada fuera la culpable de la bajeza a la que se había llegado. Con frecuencia se decían frases como, abajo el Quijote y hay que echar siete llaves al sepulcro del Cid, aderezadas con un afán de venganza y revancha sin tener en cuenta ni valorar algunos, aunque tímidos, logros económicos y propósitos sociales del régimen de la Restauración imperante. Precisamente por esos años ese régimen estableció el Ministerio de Instrucción Pública y más tarde, en 1903, un Instituto de Reformas Sociales con las primeras leyes de protección obrera y más tarde, el Instituto Nacional de Previsión en 1908, de donde nacería en 1957con el Régimen de Franco la mejor Seguridad Social del mundo, como todos los extranjeros que vienen a España saben muy bien.

Entre ese grupo selecto de españoles preocupados por la situación, estaban Unamuno, Maeztu, Benavente, Baroja, Azorín y Costa. A este último pertenece la famosa frase de escuela y despensa, pues los españoles, decía, tenían hambre de justicia y hambre de instrucción. Diagnóstico certero ya que el analfabetismo alcanzaba a más de la mitad de la población y la riqueza estaba tan mal repartida como ahora, y aún peor, por la negligencia de unos políticos instalados en la inopia del buen vivir de espaldas a la justicia, al progreso y al bien común. No es descabellado preguntarse si la situación actual no se parece a la de hace más de un siglo o incluso si no es un calco de la misma, salvando tiempos, formas y personajes. Si nos fijamos en el fondo de la cuestión, hay que reconocer que estamos ante otro desastre de mayor gravedad y de imprevisibles consecuencias donde tanto políticos como intelectuales no piensan en España como entonces, sino en ellos mismos. En su taifa los primeros, y en el pesebre los últimos.

Ahora nadie da la cara para evitar la destrucción de la nación, nadie piensa en unir sino en dividir, nadie busca el bien común sino el propio. El bien común obliga a las leyes humanas a buscar el bien de todos, no de unos pocos ni el personal, para que las leyes no se conviertan en privilegios como decía San Isidoro, en cuyo caso, la única defensa es la objeción de conciencia. Ahora sólo se piensa en el pueblo para utilizarlo con fines partidistas, jamás a pintado menos ni se le a engañado tanto a pesar de que antes era prácticamente analfabeto como lo demuestra que a finales del siglo XIX lo era un 54% de los hombres y un 74.4% de las mujeres. Claro que antes el pueblo en su mayoría era culto en el sentido de que poseía una cultura popular de grupo que era la herencia social transmitida generación tras generación de padres a hijos. Ahora sin embargo está perdida porque el egoísmo y la soberbia nos hacen creer que poseemos una cultura individual superior, no de grupo que despreciamos, ni la intelectual, sino esa cultura que queda cuando se olvida lo que se aprendió, pues desgraciadamente nunca la aprendimos. En general, el español de hoy no es analfabeto pero no sabe nada, no entiende nada, no siente nada, ni siquiera siente correr por sus venas el ardor patrio. En cuarenta años nuestros alabados y bien pagados políticos sólo se han preocupado en nombre de la democracia eso sí, de cavar una fosa lo más grande posible para enterrar a la nación más antigua y gloriosa del mundo al tiempo que, gajes del oficio, algunos se enriquecían dejando al descubierto su indignidad.

Una profunda tristeza invade el ánimo de los españoles que quieren serlo ante la actitud de un gobierno incapaz de atajar la abierta rebelión de una minoría separatista en Cataluña. Igualmente es penoso ver a tirios y troyanos, políticos y periodistas en general, cómo hablan sin empacho de que ante eso no cabe otra cosa que negociar. ¡Negociar con los que se han saltado las leyes a la torera y se ríen de las sentencias de los más altos tribunales! Negociar qué, ¿más privilegios de los que ya tienen? ¿la independencia? A estos sesudos ignorantes, además de la caridad de aconsejarles el cambio de pañales que hieden a lo suyo, hay que jubilarles lo antes posible o enviarles a la escuela a ver si son capaces de enterarse de algo y de que las leyes están para ser respetadas y cumplidas. Propiciar el conocimiento de la verdad histórica es educar además de ser una de las cosas más urgentes que hay que hacer en las regiones donde surgen los separatismos sin fundamento, sólo posibles al amparo de la ignorancia y la dejación del Estado en manos de quien no debe y tan mal uso hace de ella, de algo tan importante como la educación. Hay que evitar a toda costa que prosperen las fantasías  inventadas por una casta gobernante engreída, inmoral y despótica.

En esa región como en cualquier otra con pretensiones separatistas hay que ir con la verdad por delante. En el caso de Cataluña, todos deben saber que forman parte de una región más de España, una región que permaneció voluntariamente alejada, tanto en la Reconquista como en el Descubrimiento y colonización de América, al margen del riesgo, de la aventura, de la sangría humana y de la gloria que la magna empresa traía consigo, pero no, gracias a la generosidad de Castilla alma mater de España, de los beneficios que ambas empresas proporcionaron. Claro está que la alteza de miras de Castilla que no buscó el huevo sino el fuero, encontró a cambio de siglos de pobreza y sufrimiento, la gloria de sus hombres, la expansión de su lengua y un lugar de honor en el sitial de la Historia, que es lo que en definitiva ahora se codicia y quiere conseguir con malas artes por estos tiranos de vía estrecha. Los cuales, en su desfachatez odian por la envidia que les corroe a cuantos han hecho grande, a costa de trabajo y sacrificio, la región que ellos mal gobiernan llevándola a la quiebra, la opresión, el fanatismo y la falta de libertad.

Nunca han sido ellos, ni son mejores ahora, que los señoritos del sur a los que desprecian, al contrario, son infinitamente más despreciables y perversos. Antes, cuando la pérdida de Cuba, porque sus antepasados catalanes propiciaron, apoyaron y exigieron la política errónea de mano dura del gobierno español con la colonia, para seguir manteniendo en la esclavitud a los nativos que explotaban en las industrias y negocios que tenían en la Isla. Ahora, persiguiendo las costumbres y la lengua de más de la mitad de los habitantes de la región catalana.

 A estos separatistas sin causa y a los fanáticos que se han creído sus mentiras hay que decirles y repetirles las veces que hagan falta, que lo que tienen se debe a la totalidad de España. Que el mayor desarrollo que han alcanzado lo hemos pagado y conseguido todos los españoles. Para que la industria de esa región se desarrollara, España implantó en 1892 unos altísimos aranceles para impedir la competencia extranjera y fueron consolidados por ley de 14 de Febrero de 1907 estableciendo que en los contratos del Estado sólo se admitían artículos de producción nacional. Mas tarde se establecieron todo tipo de ayudas en los años 1909, 1917 y 1918. No contentos con eso, el llamado Arancel Cambó de 1922 consagró para siempre el trato de favor con esa región. Esas barreras aduaneras, las multimillonarias inversiones del Estado en infraestructuras aéreas, terrestres y marítimas realizadas siempre en esa región y las decisiones políticas para establecer allí industrias como por ejemplo la SEAT, hicieron posible a costa del bolsillo de todos los españoles que en Cataluña haya una pujante industria que de ningún modo es de ellos, sino de España.

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