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La soledad

“No hemos venido a este mundo ni millonarios, ni con el sustento asegurado, ni con la felicidad garantizada”. La Soledad de Isabelino.

En el variado y riquísimo idioma español hay palabras que destacan del resto por expresar, con rotunda claridad, conceptos básicos de nuestra existencia. Una de esas palabras es soledad, cuyo significado de carencia voluntaria o involuntaria de compañía choca, en cualquier caso, con esa condición del hombre de animal social por excelencia, como lo definió magistralmente Aristóteles, filósofo griego preceptor de Alejandro Magno. Según el libro del Génesis, Dios creó al hombre en el quinto día de la Creación y lo hizo a su imagen y semejanza, con la facultad de dominio sobre los demás seres del mar y de la tierra. Para hacer efectiva esa misión, el hombre necesita la compañía y el concurso de otros. El solo no puede, por tanto no es un ser huraño y solitario, sino eminentemente sociable.

La cuestión de la soledad ha sido tratada por doctores, místicos, poetas, escritores y pensadores, preocupados por las consecuencias que la misma produce en la salud de los seres humanos. Ahí están los Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, obra surrealista, fantasiosa, repetitiva y por ello un tanto pesada; Lope de Vega, que escribió en La Dorotea la archiconocida frase de “a mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan los pensamientos”; las Soledades, de Luis de Góngora, poeta del Cultismo excesivo, tan difícil de entender por el lector normal, donde se busca simbolizar las, para él, cuatro edades del hombre: adolescencia, juventud, virilidad y senectud; Antonio Machado tituló Las Soledades a su primer libro de poemas, donde sólo encontramos tristeza y melancolía; asimismo, Juan Ramón Jiménez abordó el mismo tema con La soledad sonora, de estilo modernista donde predomina la tristeza pastoril; también José María Pemán y Gertrudis Gómez de Avellaneda escribieron sendos poemas sobre el tema, y tantos otros que harían interminable la reseña.

Sin embargo, la mayor soledad es la de los ancianos. Nadie puede afirmar que exageran cuando se quejan de sentirse solos, porque la triste realidad que está a la vista, es que están solos. Ahora nadie quiere a los viejos ni a nadie interesan sus “batallitas”. Son una carga muy pesada para el Estado, un estorbo para la frívola y egoísta sociedad que ha creado y que, sin muchos motivos para ello, denomina del bienestar. En el colmo de su impudicia política, llega al extremo de omitir que su única razón de ser y existir como Estado es conseguir el bien común para todos, no el personal o el de unos pocos como sucede en la actualidad. La soledad de tantos ancianos, es una realidad que ya ni siquiera se intenta ocultar, pues todos, sin excepción, la justificamos con el supremo argumento de la necesidad, ¿inevitable? pregunto yo, impuesta por el trabajo de todos los miembros de la familia. ¿No será que hemos vendido, en la mayoría de los casos, nuestra primogenitura por un plato de lentejas como hizo Esaú?

¡Oh tiempos! ¡Oh costumbres!, donde se veneraba a los ancianos y se les dejaba morir en sus casas, sin ajetrearles y marearles llevándolos de un lado para otro como se hace con las cosas que estorban antes de decidirnos a deshacernos de ellas. Sea como fuere, lo cierto es que la segunda causa de muerte entre las poblaciones de riesgo en Geriatría, es la soledad y aislamiento social de los ancianos. Es evidente que no es lo mismo buscar la soledad que sufrirla. Tan malo es padecerla como la falta de su búsqueda de vez en cuando, pues si se hace para reflexionar sobre el rumbo tanto espiritual como material de nuestra vida y cerciorarnos si seguimos por el buen camino o nos hemos extraviado, el aislamiento reflexivo es altamente beneficioso y conveniente. Lo decía Fray Luis de León en, Vida retirada:“¡qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido! Otra cosa es caer en el hoyo depresivo de estar o sentirnos solos sin quererlo, víctimas, las más de las veces, de las ideologías en boga que utilizan a las personas como si fueran muñecos al servicio exclusivamente de sus ambiciones, siempre vinculadas al poder y al dinero.

En el Eclesiastés, uno de los libros llamados sapienciales de la Biblia, podemos leer una de las sentencias más atinadas que se han escrito como lo es la de ¡ay del solo que cae! que no tiene quien lo levante. Ese solo al que alude, puede ser el hombre orgulloso y egoísta, incapaz de ver a su prójimo como un igual a los ojos de Dios y la justicia, o el del pobre harapiento y desgraciado que se ve en esa situación sin merecerlo ni quererlo. ¿Nos hemos preguntado alguna vez cuando decimos, abatidos por la impotencia, qué clase de soledad es la nuestra? Si lo hiciéramos en todas y cada una de las ocasiones en que los avatares de la vida nos hacen sentirnos así, encontraríamos a nuestro alrededor infinidad de oportunidades para evitarlo. Dios no nos quiere deprimidos, sino alegres y dispuestos a cualquier sacrificio por Él.

Solamente desde la humildad nos es dado ver la realidad que nos rodea y esquivar el peligro. De nuestra vida, aunque no queramos, forman parte tantas personas que están en el paro sin querer, o trabajando esporádicamente mal pagadas; ancianos desvalidos, niños callejeros, mujerzuelas obligadas a ofrecerse; así como buena parte de la juventud caída a punto de perderse para siempre por culpa de la droga; y, cómo no, tantos seres humanos que al cabo del día vemos pasar vagando de un lado a otro, con la mirada triste y perdida.

Es verdad que para verlos se precisa abrir los ojos del corazón, pues los de la cara se deslumbran fácilmente con la fatua apariencia, propensos como son a la liviandad de su mirada. Más lo cierto es que están ahí, como nosotros lo estamos, aunque todos seamos al final de la jornada, polvo y nada. Ellos esperan una mano amiga, quizá nuestra mano misma… pues todos nos necesitamos. Por eso, ya va siendo hora de abandonar la soledad y de ser solidarios, ¡hay tantas formas de serlo! Para empezar, sírvanos de punto de partida la historia que cuenta Calderón de la Barca en La vida es sueño, y hagamos como el sabio al que alude, el cual sólo se sustentaba de las hierbas que cogía y, lamentándose, preguntaba si habría otro más pobre y triste que él. Cuando volvió el rostro, halló la respuesta viendo que otro sabio iba cogiendo las hojas que él desechaba. No nos quejemos de nuestra suerte aunque nos parezca mala, ni de nuestra soledad por más que así la sintamos. No hemos venido a este mundo ni millonarios, ni con el sustento asegurado, ni con la felicidad garantizada.

Estamos solamente de paso y de cómo lo hagamos dependerá nuestra salvación eterna. Que no nos confundan el buen vivir, el dinero, los viajes, las vacaciones, las fiestas, los juegos y, en fin, la apostasía que ha traído el laicismo a España. El único que está sólo, siempre sólo en el Sagrario, es Jesús, nuestro Señor. Quiera Dios que en esta Cuaresma tan propicia a la reflexión y a la penitencia, recuperemos la fe perdida y nos congraciemos con Él. Tenemos la seguridad de su perdón porque nos ama y su misericordia es infinita, ¿a qué esperamos?

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