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La Torre de Babel

Cuenta la Historia Sagrada que después del Diluvio Universal a los tres hijos de Noé les nacieron numerosos vástagos y a estos a su vez, otros. Por aquel entonces la tierra no tenía más que un solo lenguaje y unos mismos vocablos. Los antedichos descendientes fueron en busca de otras tierras y encontraron una feraz vega donde decidieron instalarse y edificar una ciudad y una torre que llegase al cielo para hacerse célebres. Fue tal su soberbia, que Dios decidió castigarlos confundiendo su lengua de modo que no pudieran entenderse, por lo que se vieron  obligados a dejar la obra emprendida y dispersarse para subsistir. Por eso a la torre se la llamó de Babel o de la Confusión. De este episodio, cualquier persona por torpe o iletrada que sea, saca la conclusión de que sólo con la unión y el entendimiento en todas las cuestiones que puedan suscitarse, es posible la convivencia y la prosperidad. Sin embargo, los españoles no lo entendemos así. Veamos, aunque sea someramente, la cuestión.

Hubo un tiempo en España durante el cual a los niños en las escuelas les enseñaban las asignaturas -algunas hoy desaparecidas, otras deformadas o incluso de libre elección- con métodos pedagógicos sencillos, lejos de los sofisticados actuales, donde la claridad expositiva invitaba a la potenciación de la memoria, tan necesaria para la vida de cualquier ser vivo tanto del reino vegetal como animal. Por supuesto, los libros también eran diferentes en todos los niveles educativos. En la elemental, única obligatoria, las distintas materias estaban agrupadas en sus distintos grados en una sola enciclopedia para cada uno. Estas se distinguían por su sobriedad gráfica y amplitud de todos los conocimientos espirituales y materiales necesarios para ser útiles en la sociedad. Estaban impresas prácticamente en blanco y negro y sin más paja que la contenida en la composición del papel de entonces. Ah, y como eran para los españoles, en español para ser entendidos en todo el territorio nacional.

La autoridad del maestro no se cuestionaba, todo el sistema educativo descansaba en una proverbial disciplina, más o menos severa según el criterio de cada profesor, pues éste era el dueño y señor incontestado del aula. En tales circunstancias, a los alumnos no les quedaba otra alternativa que la de prestar atención, aguzar el ingenio y ejercitar la memoria si no querían formar parte del siempre temido y deshonroso pelotón de los torpes. Ni que decir tiene que la motivación era muy alta y, todavía mayor, si se aspiraba a cursar los niveles superiores, donde los aprobados no se regalaban, como ahora, por aburrimiento del profesor, presiones institucionales, sindicales o amenazas de ningún tipo.

Aunque parezca mentira, a pesar de la extraordinaria calidad de aquella educación, aún no se conocía en España a los verdaderos, a los providenciales hombres de estado –léase políticos-  y a los grandes hombres de negocios. Tendría que ser esta democracia la que nos trajese a esos seres clarividentes y superiores que estaba pidiendo a gritos, aunque sin ira, la sociedad española. Esos genios que ya desde la temprana edad del destete saben lo que conviene a todos pero, como es natural, a ellos más que a nadie. Ellos son los que supieron descubrir, más bien desempolvar, la vieja máxima oxidada por el paso del tiempo que decía, dice y dirá mientras el mundo sea mundo, eso tan evidente como certero de divide y vencerás.

La conjunción de intereses de la pléyade de los primeros y del selecto círculo de los segundos, movidos por la sabiduría inmanente en todos ellos, pronto dio jaque mate a  los principios que habían jurado, perjurándolos alevosamente para poder ser beneficiarios hogaño de los nuevos, en la misma medida al menos que lo fueron antaño de aquellos. Así que ni cortos ni perezosos, auto legitimados por sus propios actos, se dedicaron a lo suyo, esto es, a dividir para crecer. Los unos, haciendo de hunos, a destrozar la unidad de España al tiempo que se aseguraban un porvenir inmerecido, bastante más que llevadero, con la creación de las diez y siete Autonomías con las que satisfacer a familiares, amigos y demás acólitos necesarios para la permanencia en el tiempo del status conseguido. Con ellas, han hundido y troceado miserablemente a la nación, multiplicando el número de lapas inoportunas y pesadas que brotan por generación espontánea con vitola de políticos y burócratas ensoberbecidos. Esta plaga amenaza la misma existencia de la  sociedad creada, especialmente de la sufrida población trabajadora y, lejos de ser combatida como sería lo lógico para que no vaya a más, la han rodeado de setos formados con necios palmeros que la hacen intocable, inmune, y altamente peligrosa.

Los otros, siempre atentos a la ganancia, si es posible fácil tanto mejor, vieron pronto el melonar que los hunos plantaron y, como buenos descendientes de los fenicios, se dedicaron a correr melones con una fórmula moderna infalible: I+D+I. Con ella el beneficio se hace permanente, por algo ese enunciado es la fórmula magistral y base del sistema capitalista imperante. La función benefactora de estos filántropos, no la más común y rentable ciertamente, pero por seguir con la educación aludida anteriormente, se hizo patente desde el principio con el cambio de Planes de Educación cada dos por tres,  con la atomización y desguace continuo,  académico claro está, de las respectivas enciclopedias. En su lugar, al mismo tiempo que desaparecían contenidos, fueron apareciendo un libro por cada asignatura con su correspondiente cuaderno de ejercicios, – en el presente curso la media a los tres años es de ocho referencias o ejemplares, once a los cinco y diecisiete en 1º de Primaria -; lenguas y dialectos de todo pelaje como panacea cultural, pero en realidad disgregadores de la unidad de los españoles con menoscabo evidente de la lengua común; la profusión de fotografías en color; métodos pedagógicos pomposos para enseñar lo obvio, que dos y dos son cuatro; las dobles y triples versiones de lo mismo; el bloc de apuntes y, la respuesta del millón: la caducidad y obsolescencia por arte de birli – birloque, de un año para otro, de los conocimientos existentes o impuestos hasta ese momento para ser cambiados por los mismos con distinta apariencia y numeración.

No es lo peor el desprecio a la salud mental y física de los pequeños con la confusión docente y el aumento constante de peso que han de llevar a sus espaldas. Tampoco lo es el aumento del precio, abusivo a todas luces de los libros que los padres han de pagar para que los que no deben se enriquezcan. Lo peor está en los resultados. Recordando la fábula de Samaniego de Micifuz y Zapirón y la pregunta que estos se hicieron después de haberse comido el capón que había en un asador, de si sería prudente comerse también el asador, asimismo el pueblo llano y pagano puede preguntar ¿hicieron de España un país más respetado, más fuerte, más unido? ¿mejoraron la educación de los españoles?. La respuesta invariablemente es la misma: No señor, ¡era un cargo de conciencia! El objetivo estaba en el beneficio escandaloso para los de siempre y en las decisiones políticas contrarias al bien común y a la unidad nacional y la imposición con engaños de la ley del más fuerte. Por eso la corrupción, el latrocinio, la inmoralidad, la inseguridad ciudadana, el separatismo… se han multiplicado tanto. Tanto que han degradado a España, ¡luz de Trento y martillo de herejes!, a ser una nación insignificante en el concierto de las naciones, forzando a los españoles a estar quieras que no, sumidos en el ateísmo y la indiferencia religiosa, a ser esclavos sin fe ni criterio bailando al son de charlatanes poseídos de hedonismo. Deleznable imitación, parodia triste y  grotesca de la Torre de Babel, y si cabe, aún peor, de la maligna Torre de Luzbel.

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