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¿Limites al horizonte?

“ Aristóteles dijo, y es cosa verdadera, / que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera”.  Arcipreste de Hita

¿Cómo lo ves? No te fijes en que lo dijo Aristóteles, el gran filósofo de Grecia y nos lo recordó, subrayándolo, el Arcipreste de Hita, un inmenso poeta español.

He disfrutado enormemente leyendo al Arcipreste, ¿quién no?, pero una cosa es una cosa y la otra estar de acuerdo con él en todo, y menos cuando se reafirma con argumentos de simple autoridad colocándose al lado de uno de los mayores pensadores de la historia de la filosofía, que también al lado del pensamiento más preclaro cometió errores de bulto, propio de los humanos.

Porque ya es rebajar el listón por muy fundamentales y excelsas que sean las dos finalidades que el filósofo y el poeta anotan cuando la lista se haría interminable si pudiéramos captar qué hay detrás de cada trabajador que en el mundo ha sido. Si te tocas la piel y dejas fluir al pensamiento con seguridad encontrarás mil y un motivos por los que durante gran parte de tu vida la has dedicado al trabajo.

Comenzaste a trabajar porque querías hacer algo de provecho en la vida, que así te lo recordaba más de una vez tu padre, cuando comenzaba el curso escolar; porque te estuviste preparando para ello y cuando llegó el momento eras el hombre más feliz del planeta: tenías un trabajo, un sueldo que llevar a casa, te sentías importante y gastabas con todo el derecho del mundo parte del dinero ganado para tus caprichos, aficiones, fines de semana sin que nadie tuviera que darte la propina…; porque día a día fuiste alargando tu estatura, aprendiendo y desaprendiendo, experimentando nuevas relaciones y el aprendizaje de habilidades sociales diferentes; porque aunque llegabas a veces cansado a casa, estabas contento por haber conseguido terminar una tarea que te ilusionaba, os ilusionaba y el triunfo se celebraba en grupo con el equipo que te había tocado en suerte  y saboreabas el triunfo de todos; porque veías cómo en el trabajo y del trabajo salían útiles, artefactos, proyectos, productos… que hacían bien a la gente y hasta les era absolutamente necesario para poder vivir una vida digna de ser vivida; porque tras el trabajo día tras día alguien te esperaba en casa para hacer el amor, si tocaba, como para disfrutar de los momentos más gratos y satisfactorios que imaginarte pudieras con tu pareja y tus hijos; porque con tu sueldo ibas añadiendo un palmo de tierra, a tus pequeñas o grandes propiedades, un adorno para la casa y los enseres y electrodomésticos que os permitían llevar la vida con mayor agrado, desenvoltura y comodidad; porque gracias al trabajo posees una parcela en la que has puesto un jardín que cuidas con esmero y un huerto que, haya cosecha abundante o raquítica, pones en pie año tras año, una estimable biblioteca, algunos instrumentos musicales, algunos cuadros, cerámicas de distintos territorios que te traías de todos los primeros viajes, hasta que llenaste las paredes y los rincones más recónditos…, el dinero suficiente para salir a cenar en pareja con los amigos, ir al cine, al teatro y conciertos que no sólo te ponen al día sino, que te ayuda a aumentar tu cultura y tu sensibilidad, amén de colaborar con alguna ONG de tu predilección, etc. etc. etc., quiero decir que podrías seguir y seguir añadiendo algunos párrafos más y alargando esta ya larga enumeración.

No, no podías estar, esta vez, de acuerdo con el posiblemente mayor de los filósofos y con uno de los más grandes poetas de la literatura española, por trabajar única y exclusivamente para el sustentamiento y por conseguir unión con hembra placentera, a no ser que en ese concepto se pueda entender todo lo anteriormente descrito, que es mucho pedir y entender. Realmente seguir en esto al enorme filósofo y al inmenso poeta se me antoja algo así como poner límites al horizonte. Y no es eso, no es eso.

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