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EL LENGUAJE DE LA CASA Y DE LAS COSAS III

Los libros. Están callados, no sé si vigilando mis pasos o esperando más bien una mano amorosa que les saque del polvo del olvido. Muchos mueren abandonados para siempre, muchos, otros tienen más suerte porque con frecuencia los saco a pasear y su silencio, desde la hartura  de su mudez obligada, retumba en mis oídos. Me hablan y me siguen inspirando y alargan mi discurso que se va quedando sin palabras y logran que mis ríos se ensanchen en amplias avenidas-mares de corrientes profundas. Me detengo en el lomo de algunos y dejo que mi memoria repase los mejores momentos, lo que aprendí con ellos y sus buenos aires airean lo mejor de mis adentros que hacen rebrotar con ellos lo más granado de sus páginas. ¿Qué sería sin ellos? ¿Qué hubiera sido sin su compañía, sin sus enseñanzas, sin sus ventanas abiertas para poder viajar, ser, ser más, ser más con los otros? Y éstos sí que hablan, sí que cantan¸ sí que gritan a los cuatro vientos, y con sólo mirarlos, desde su mudez, me siguen aupando y dándome alas. Gracias, amigos fieles.

El cuarto de baño. En mi infancia no tenía lenguaje alguno porque era inexistente. El corral grande y espacioso para los asuntos mayores y menores, y en el dormitorio, al lado de la cocina, la humilde palangana y un espejito colgado en la pared. Ya no nos acordamos. Habría que hacer, también, una oda al papel higiénico, no digo que no lo haga algún día de inspiración, ironía y un toque de nostalgia. Hoy es otra cosa: a todos, o casi todos, nos ha llegado el cuarto de baño y es una bendición: afeitarse todos los días dando al grifo del agua caliente y con luz abundante, me entristecen los baños con poca luz, son diez minutos y quiero ver con precisión por dónde navega la maquinilla; la ducha, todos los días, rápida, que no entiendo cómo mis hijas, tan extraordinarias en casi todo, además de tener los coches hechos un desastre por fuera y por dentro, se eternizan cuando se duchan y me llevan los demonios, aunque no les digo nada, porque no dejo de reconocer que es un  placer de placeres dejar que corra el gel y el agua caliente y cálida recorriendo con la suavidad de la seda todo el cuerpo; la taza del wáter, qué invento más tonto, pero qué cómodo y reconfortante, nada que ver con aquellos rincones del corral o los apriscos abandonados, en cuclillas, y de testigos las gallinas, con su nervioso picoteo y mirada insulsa, ¡qué horror, de dónde venimos!; y las toallas que son la primera caricia, como un largo abrazo,  gracias, al abrir el nuevo día, su silencio es elocuente y nada violento, y la crema tras el afeitado, y la colonia, que canta las mejores melodías mientras refresca la cara y hace penetrar por la nariz un río deleitoso de jardín, ribera, monte y prado, y terminar acariciando con la mano el rostro para salir a la calle con buenos aires a estrenar un nuevo día. Claro que hablan los espacios de la casa, las cosas de hogar, y por eso, precisamente por eso, cuando los miramos ellos nos devuelven su presencia cálida de simple estar que es mucho estar para nosotros.

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