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Remedios mortales

Cuenta la historia, no la de memoria sectaria disfrazada de histórica por obra y gracia de un dictado leguleyo, caprichoso, poco fiable y lleno de rencor, sino la que los siglos hace imperecedera y por eso mismo verdadera, que hubo una ciudad de cuatro mil guerreros en la primitiva Iberia de espíritu indomable, que antes de caer en la esclavitud de su conquistador, cercada como estaba por cuarenta mil de las legiones del imperio más poderoso hasta entonces conocido, sometida a toda clase de penurias, enfermedades y el hambre implacable y atroz, prefirió entregarse en su totalidad a la muerte.

Esta gesta fue cantada por nuestro sin igual Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes, del que se cumple en este mes y año el cuarto centenario de su muerte. Lo hizo en el drama El cerco de Numancia, obra maestra de la primera época del teatro cervantino, considerada como una auténtica epopeya histórica y dramática. En ella nos narra cómo los numantinos, tras once años derrotando a todos y cada uno de los generales que enviaba Roma para conquistar la ciudad, privados al fin de la más mínima libertad de movimientos para seguir luchando y defenderse por el insalvable y férreo cerco impuesto por el último en llegar, y mejor general romano de su tiempo llamado Publio Cornelio Escipión Emiliano el Africano, encontraron el único remedio honroso a su alcance, aunque fuera mortal, para acabar con sus males sin rendirse: “ en medio de mil lanzas se arrojaron, y con tal furia y rabia arremetieron, que libre paso al campo les dejaron”. Dicen que durante la guerra de la Independencia, su representación impulsó a los defensores de Zaragoza al mayor de los heroísmos, cosa que pienso sucederá siempre a todos los españoles que no estén drogados o les cambien la sangre por horchata.

Han pasado siglos y milenios, pues al tiempo no hay quien lo detenga, y ahora nos volvemos a encontrar de nuevo en un trance similar en lo esencial, que exige aplicar sin tardanza algún remedio a la situación de caos, corrupción, anarquía, inmoralidad y desvarío político, para asegurar nuestra permanencia como nación. Todo empezó, no en el Thyssen como en el libro de Miguel Ángel Ortega donde un encuentro fortuito da lugar a una historia inesperada, sino en la famosa, magnificada y “gloriosa” transición llevada a cabo con premeditación por lo más granado de los timoratos, arribistas, zainos y despistados que pululaban y bien vivían, muchos de ellos mejor aún que el Fumi de Morata, alrededor del “peligroso y detestable” Régimen, del para ellos odiado dictador. Estos esforzados varones, con el pretexto de traer la democracia de partidos como si ésta fuera la única o la mejor de las de tal nombre, se apresuraron a tirar a suertes el reparto de las vestiduras existentes, es decir, de la enorme herencia acumulada a base del sacrificio de varias generaciones y la inteligente gestión de Franco. La generosa tómbola repartió Autonomías y competencias a voleo, ya que todo era poco para los hijos pródigos, hambrientos y harapientos los pobres por su mala cabeza. A la vez, cambiaron las Leyes Fundamentales por una constitución que el tiempo ha demostrado ser una chapuza sin precedentes y lo que es peor, sin soluciones de emergencia como ha quedado patente tras las elecciones de Diciembre último.

Después de unos años de aparente tranquilidad pero de continua degradación de los valores fundamentales del pueblo español, promovida y consentida por la relajación de los encargados de defenderlos, el destino quiso poner al frente del Gobierno a una persona de reconocida incompetencia que en lugar de haberse dedicado a sus zapatos quiso ser, ¡y le dejaron!, inspector de nubes. En el ejercicio de sus funciones cometió tantos errores que dejó a España en los estertores previos a cualquier acabamiento. La coyuntura actual de la antes gloriosa y ahora famélica nación, además de encontrarse cautiva y desarmada, a envalentonado a los que creen llegado el momento de rematarla. Los remedios que se están proponiendo a los españoles para sacarla del marasmo, hasta el momento se antojan ya, en cualquier caso, letales. La pugna repugnante de los partidos por hacerse con todo o parte del Poder mediante pactos de espaldas a los españoles –    ¿dónde quedó el habla pueblo, habla? – estarán a la orden del día pero no a su luz. Como de todos es sabido que si hay trato, pueden ser amigos el perro y el gato, alguien, o todos, conocidas las mutuas aversiones existentes, nos está engañando miserablemente. No es de extrañar por tanto que todos acaben pasando por encima de promesas electorales y principios, se supone que inmutables, que irán al cubo de la basura, en aras exclusivamente de intereses personales o partidistas, pues los superiores de la patria no les importan lo más mínimo.

Hasta ahora, las enmiendas que proponen “los auto intérpretes oficiales” de la voluntad popular, si no son mortales, desde luego que rabian por serlo. Ya se sabe que en las campañas electorales todo es posible si se presta para conseguir el ansiado quítate tú, que me toca a mí. En esta ocasión, a una parte le conviene entender que los resultados electorales piden desterrar la religión católica de España, federar a la nación que está unida desde que nació, eliminar las diputaciones y arrojar a la odiada otra parte al foso de los leones, además de otras pequeñas menudencias y lugares comunes entre los que destacan las promesas de regeneración como invitadas de honor y eje central de todas ellas. Lo que sorprende es que no figura ninguna de las que la sociedad demanda, de las que realmente regenerarían tanto el derecho como la justicia y por ende, los usos y costumbres de esta España nuestra. La única regeneración admisible y urgente pasa por cortar la corrupción generalizada, eliminar las autonomías o, como mínimo, recuperar todas las competencias delegadas en Sanidad, Educación, Seguridad Interior, Asuntos Exteriores, Fueros y cambiar la Ley Electoral. O sea, devolver la Igualdad a todos los españoles. En cualquier caso es indispensable establecer una educación que merezca ese nombre, donde los valores nacionales, sociales, morales y religiosos respondan a la tradición española y se impartan permanentemente con cualquier gobierno, sea del color que sea.

Si Dios no lo remedia, España se habrá destruido a sí misma inútilmente y el oprobio, no la gloria, caerá tanto sobre los promotores del cambio hacia el precipicio y la nada, como tras los que lo acepten sin oponerse. Para estos últimos, el genio de Cervantes adelantó el juicio que merecerían cuando puso en boca de Don Quijote esta acertadísima sentencia. “bien se parece Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen viva quien vence”. Claro que antes de llegar a eso, debe imponerse la cordura de nuestros dirigentes que evite el suicidio de la civilización y tradición católicas de la nación española. En última instancia, la confianza está en que se repita el aserto del filósofo Oswald Spengler: “siempre fue un pelotón de soldados quienes tuvieron que salvar la civilización cuando esta estuvo en peligro”.

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