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UN NIÑO Y UN VIEJO JUNTOS

No sé si tienes claro que todos llevamos muy dentro, o a la espalda, o acaso en los bolsillos del alma, un niño que se resiste a morir, yo lo tengo clarísimo, pero sí sé a ciencia cierta que tú y yo nos resistimos a llevar un viejo en el corazón y mucho menos a flor de piel y nos va una buena vida en ello, porque si el niño que fuimos y nos persigue a donde quieras que vamos desfallece, porque hacemos lo imposible para que no siga en pie, vamos de cráneo sin frescura, curiosidad, tener el presente como el mejor y mayor de los juegos posibles, y si nos da tanta vergüenza que el viejo que un día seremos se asome aunque sea levemente y no permitimos que aparezca ni en pintura estamos perdidos en el bosque de la noche más oscura, sin brújula, sin peso específico y saber lo que vale la vida del ayer, al calor de la memoria que nunca se doblega, del hoy que se saborea más que nunca, porque él solo sabe que esto se escapa de las manos como el agua de entre los dedos, y solo cuando se peinan canas se está capacitado para disfrutar de lo que venga, sea un día, ocho meses o diez años.

Siempre la primera idea me ha perseguido desde siempre o casi siempre, y quien me sigue lo sabe, pero la segunda me ha venido hoy mismo escuchando una canción poco conocida de Serrat, sobre llegar a viejo, titulada así precisamente y que termina con esta estrofa: Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina…

O simplemente si todos entendiésemos que todos llevamos un viejo encima. (1) Y viene a decir a lo largo del poema y la canción que todo sería más llevadero, confortable y apacible y así llegar después a viejo tendría un mejor final. Y desde Serrat a la otra punta puedo afirmar uniendo los extremos: si todos entendiésemos que llevamos un niño y un viejo la vida tendría otra dimensión más sutil y mucho más equilibrada y consistente.

Pero hablemos claro, el niño nos molesta desde que perdemos la virginidad en los primeros años de la adolescencia y nos inquietan hasta sus miradas más inocentes, nos agobian sus preguntas inquietas e inquietantes, despreciamos su manera feliz de ir por la vida y ya no dejamos que se acerque más a nuestro mundo de adultos, y como lo único que quisiéramos ser es eternamente jóvenes -la sociedad nos lo ha metido en vena- no permitimos que asome la más ligera arruga y la desechamos como si de una peste letal se tratara.

Y así el viejo se ha convertido en algo inútil, trasto inservible, ser de otro mundo, que nadie quiere ser ni de lejos, y menos para intentar que el viejo que podemos llegar a ser se instale en nosotros conviviendo con el niño y con quien vamos siendo en cada etapa, craso error, como error y delito es arrinconarlos en la historia y convertirlos en fantasmas con memoria como viene a decir Serrat en la canción citada.

Reivindico por todo ello llevar un niño y un viejo juntos, bien avenidos, de la mano, recorriendo caminos al andar, escogiendo lo mejor del uno y lo más sabio del otro, ¿por qué no? y llevados con orgullo en el fondo más hondo de uno mismo.

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