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Del progresismo a la tribu

Parece ser que como consecuencia de la imparable carrera que  a través de la ciencia el hombre sostiene contra el tiempo, este último se ha vuelto loco y contra toda lógica se ha rebelado. Lejos de seguir la dirección y ritmo mantenido hasta ahora que hizo decir asombrado a don Sebastián, en su diálogo con don Hilarión en la famosa zarzuela de la Verbena de la Paloma, aquello de “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, al presente, algunos partidos con sus políticos nos quieren llevar en sentido contrario hasta la tribu. Intenciones jocosas si no fuera porque los hechos cotidianos que se producen cada día y vez con más profusión a nuestro alrededor, nos alertan de que la cosa va en serio y dejando tras de sí al descubierto la razón fundamental de este giro aberrante: destruir la familia. Cualquier persona por modesta que sea su condición e inteligencia no sujeta a espurios intereses políticos o de otra índole, ve escandalizada la intención de minar la familia y retrotraernos a la tribu y su correspondiente chozo o caverna.

En relación con el descabellado interés expuesto anteriormente, el que más y el que menos sabe de los esfuerzos del hombre a lo largo del tiempo por ir dejando atrás las penurias, la esclavitud, la inseguridad y el atraso, no sólo para vivir mejor, sino sobre todo para ser cada día más libre e independiente. La historia es unánime en todas partes al definir lo que era una tribu en sus diferentes variantes según lugar y evolución y la describe en general como el conjunto de un determinado número de individuos –normalmente alrededor de treinta- unidos o agrupados en pequeñas hordas por el interés primario de sobrevivir o de parentesco, donde la jefatura estaba apoyada por clanes familiares. En la era geológica llamada Cenozoico es cuando aparecen los primeros vestigios seguros de la existencia de homínidos sobre la Tierra. En España, los hallazgos más antiguos de Atapuerca datan del Periodo Cuaternario, en la época del Pleistoceno, hace más de un millón de años. Se sabe que no siempre se consideraba humanos a los individuos ajenos a la propia tribu que se les veía como animales o plantas, siendo susceptibles de acabar como víctimas del canibalismo de los más fuertes.

Con el transcurso de los años, las tribus fueron evolucionando y las más sedentarias alcanzaron niveles notables de cultura y civilización, que fueron respetadas y adoptadas generalmente por las belicosas e invasoras en sus conquistas. En la antigüedad fueron famosas las doce tribus de Israel, -diez descendientes de Jacob y dos de José-, cuya enumeración recitábamos de memoria en la escuela los niños, antes claro está, de la aparición de esa pléyade de pedagogos que Ricardo Moreno en su libro “La conjura de los ignorantes”, dice han provocado el caos actual y destrozado la enseñanza. También hubo en los principios cuatro organizaciones tribales destacadas en Atenas y tres en Roma. Después de siglos y milenios de lento pero constante progreso y sufrimiento, los humanos en general y los españoles en particular, hemos alcanzado bajo el paraguas de una civilización cristiana, un nivel de vida más que satisfactorio para, todo hay que decirlo, el disfrute y abuso de las generaciones actuales que son las que menos han hecho para merecerlo. Quizá por eso hay gente que piensa que todo el monte es orégano y tiene todo el derecho del mundo a racionar, destruir o disponer del monte como suyo propio sin saber, sin contar ni tener en cuenta a semejantes de otro parecer, ni el sufrimiento de los antepasados para llegar hasta aquí.

No es de extrañar por tanto que de pronto, arte diabólico debe ser, el progreso, previo paso por la comuna de todos los vicios del siglo pasado y del presente, se convierta en progresismo. Y ya no va hacia adelante ni al futuro, sino al pasado. Su nueva condición de aspecto grave y superlativo, le abre de par en par los secretos del tiempo y del espacio. Con ellos y su contrastada bondad progresista, prepara nuestro ingreso forzoso en la tribu. Cuenta con la ayuda desinteresada de los politiquillos que propicia esta democracia para dejarnos en ella a perpetuidad. La salida hacia lo más primitivo del hombre la ha dado una chica de barrio de Barcelona, no se sabe si del de Pedralbes o del barrio chino. La susodicha cuenta con cierto predicamento en algún sector de la sociedad catalana donde, como es bien sabido, todo es posible. Desde ser sede y asiento de la corrupción y un signo de distinción tener una amiguita al margen de la esposa, hasta desobedecer leyes y sentencias, pasando por el fanatismo de tragarse sus propias mentiras, el odio más irracional, desagradecido y cafre hacia todo lo español y creerse seres superiores, todo, todo, es verosímil en esa más que sociedad, selva. Lo cierto es que la interfecta de barrio ha proclamado sin rubor a los cuatro vientos, que como la familia tradicional nuclear es muy pobre, la gustaría tener a sus hijos en grupo, en colectivo, es decir en la tribu. Su incontinencia verbal nos indica claramente dónde la aprieta el zapato. Las personas que así piensan, nostálgicas sin haberla vivido, de la comuna de París, está demostrado que no soportan limitaciones a sus instintos y sólo aspiran a gozar a su albedrío. Como eso tiene sus consecuencias, dejan la crianza y educación de lo que venga en manos de la tribu, da igual que sea floja, espartana o bárbara, el caso es que no inculque principios ni valores y permita tener siempre a punto el manos libres.

En el fondo de la cuestión está el ataque una vez más a la institución primaria y fundamental de cualquier Estado que se precie de serlo, en este caso España, que no es otra que la preciosa joya de la Familia. Pilar donde descansa segura la convivencia humana que al mismo tiempo sirve de sostén permanente para todos sus miembros. La fortaleza de la familia está en el matrimonio natural entre un hombre y una mujer, que no sólo es un contrato bilateral sino también, y sobre todo, un sacramento que agrada a Dios. Por eso la familia, además de una institución biológica donde se propicia la perpetuación de la especie, es la mejor portadora de valores conocida. El fin principal de los padres consiste en ser los primeros y principales educadores de los hijos con los que Dios les bendiga. El Estado existe para colaborar en esa tarea con los padres y proteger a todas las familias de un determinado territorio, no para que las familias tengan la condición de siervos de ese Estado. Educar, escribió yendo más allá el pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila, “no consiste en colaborar al libre desarrollo del individuo, sino en apelar a lo que todos tienen de decente contra lo que todos tienen de perverso”. Si sólo se quieren siervos a medida, sin duda todos estaremos sometidos a un Estado totalitario y dictatorial, que utilizará de forma demagógica la razón, el progreso y la justicia como si fueran virtudes teologales o perritos calientes para el consumo del pueblo simple e ingenuo. La propina que éste recibiría por su sumisión, sería el libertinaje a raudales y la promiscuidad sexual con la que ese tipo de sociedad aquieta en todas partes a sus esclavos. Porque el progreso se reduce para muchos progresistas en robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder venderle barato lo que le envilece.

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