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La necedad avanza

En la época gloriosa del fútbol español –no había jugadores extranjeros- donde el juego no era un negocio sino simplemente un deporte que al tiempo hacía disfrutar a partes iguales a jugadores y espectadores, destacaba un irrepetible locutor llamado Matías Prats que convertía la radio en el medio mágico que a través de las ondas herzianas, transportaba a los oyentes a los campos de juego con expresiones como, “avanza Gaínza, centra, remata Zarra y … ¡gol!. Ahora ya no hay ese vocabulario vivo, popular y a la vez rico y señorial del maestro y quedan pocos jugadores españoles de alta gama futbolística, pero abundan y crecen sin parar los necios, como sin ir más lejos los necios capaces de pagar fortunas que no tienen por ver corretear, o hacer algún gol o filigrana a los llamados pomposamente craks. Por esa nimiedad se enriquecen al tiempo que pregonan defender unos colores que, al cabo, olvidan, se largan con la pasta y si te he visto no me acuerdo. Si la necedad se quedara en eso, la cosa no sería alarmante. Lo malo es que se extiende a todas las capas y actividades de esta sociedad en parte pobre y desvalida y en parte viciosa, poco solidaria y demasiado egoísta.

Dicen que las imbecilidades se propagan a la velocidad de la luz y esto no es una exageración como lo prueba lo que nos es dado ver y vivir a diario. Es evidente que cuando impera la confusión, los más perjudicados son los menos dotados intelectualmente. En un mundo justo, equilibrado y culto, el peligro de la necedad es mínimo y superable. Pero es grande en una sociedad degradada, enferma por la nefasta y continuada gestión de gobiernos casi siempre dominados por la incompetencia de políticos arribistas ebrios de poder, fruto que crece y prolifera a la sombra de las falsas democracias, esas que cacarean serlo pero no lo son, como la nuestra. De gestores, –perdonen la flor inmerecida- que imponen los partidos políticos, siempre ocupados en repartirse sueldos y prebendas que muy pocos merecen, que no dejan de ser simples marionetas de poderes ocultos que dictan las políticas que conviene a sus intereses, casi nunca a los de la nación que representan. Lógicamente, la continuidad en el poder exige asegurar su dominio, por eso lo tienen secuestrado y a buen recaudo. Para lograr ese objetivo aquí y en toda tierra de garbanzos, cuanto más necios haya mejor. La necedad no es nueva ni invento de los partidos, pero estos la fomentan. Desde hace varios miles de años es conocida, como muestra léase la Vulgata (Eclesiastés 1-15) “Stultorum infinitus est numerus”. La progresión de los tarugos desde que el homo faber con su sabiduría aprendió a evitar la de los nacidos por consanguinidad en las tribus y caseríos, ha pasado a ser geométrica ante la necesidad de fabricarlos en serie para manipular a las masas, objeto de deseo preferido del nuevo orden mundial que nos está aniquilando.

El tiempo que pone las cosas en el sitio que las corresponde ha dejado en evidencia la falsedad de los postulados revolucionarios que inventaron el infundio  contra la religión al asegurar que era el opio de los pueblos. Ahora que aumenta el número de ateos y agnósticos y hay menos creyentes, se demuestran a la vez la falacia de la acusación y la indefensión en que queda el hombre, pues sin religión no hay nadie que defienda su dignidad. Es penoso que no se haga nada por devolver al pueblo lo que Dios le ha concedido desde su concepción. Se habla y habla del calentamiento global pero se silencia el calentamiento neuronal vulgarmente conocido como comedura de coco al que está sometido el ser humano y que le rompe la armonía vital que ha de acompañarle a lo largo de su existencia. Expuesto a toda clase de experimentos sociales, psicológicos, laborales, comerciales, espirituales y a la explotación más ignominiosa, vaga sin rumbo a merced de mangantes, explotadores y políticos sin escrúpulos cuyo único saber es el que dejó escrito Maquiavelo en El príncipe. En él se considera a los hombres como ingratos, inconstantes, falsos y fingidores, cobardes ante el peligro y ávidos de riquezas, que mientras se les beneficia puede contarse con ellos y cuando la necesidad se acerca, dan la espalda. Por eso aconseja al poder que sea duro pues conviene ser temido antes que amado.

Si ante esta avalancha de atropellos, los ciudadanos de cualquier lugar y nación sólo alcanzan a reaccionar como lo hicieron los animales que George Orwell describió en Rebelión en la granja, todo seguirá igual. “¿No llevéis a vuestro propio hermano a la muerte!” gritaban desesperados. Pero las estúpidas bestias, demasiado ignorantes para darse cuenta de lo que pasaba, ( como los necios de hoy) no hicieron más que agachar las orejas. Mientras sigamos haciendo lo que ellos,  es que la necedad avanza inexorable hasta que al final nos pase lo mismo a la inmensa mayoría. Miraremos a un cerdo y después a un hombre, a un hombre y luego a un cerdo y así otra y otra vez, hasta que no sepamos saber ni cual es cual, ni quien es quien.

Una prueba palpable del avance de la necedad que acabará esclavizando a la humanidad en general y a los españoles en particular, es que se ha instalado en la política y, al parecer, a perpetuidad. En España todos los políticos y la correspondiente cohorte de pregoneros a sueldo se están rasgando las vestiduras ante la falta de un gobierno estable y la parálisis del Congreso y del Senado prácticamente desde hace un año. Los muy farsantes son tan necios que su discurso les deja en un callejón sin salida y en evidencia. El pueblo tiene razones para decirles hastiado, ¡y qué!.

Si en este año sin manosear las leyes para dejarlas cada vez peor y con más lagunas legales que nos dejen en la más completa indefensión. Ni sin que en este tiempo hayan podido crear las que acostumbran, tendentes a cercenar cualquier parcela de nuestra libertad que aún resista sus continuas podas, a la vez que someten al saqueo nuestros maltrechos bolsillos hasta dejarnos en la triste condición de pelaos, preguntarse digo, si estamos mejor o peor y si los políticos son necesarios o no, porque la vida sigue igual y la economía su curso como si tal cosa. La diferencia estriba en que nadie ha podido meter la mano donde no debe, no han podido hacer como que hacen y ha quedado de manifiesto que la inmensa mayoría de ellos sobran por ser una lacra insostenible económicamente y para más daño, peligrosa, causante por su ambición desatada de todos los males que padecen los españoles La lástima es, y muy injusto también, que cobren por no trabajar. Si no lo hicieran, que siga la farsa y nos dejen en paz de una vez.

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