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So!

Los que hemos vivido de cerca el acontecer diario del mundo rural, guardamos en nuestra memoria tanto las costumbres como las expresiones que presidían su estilo de vida. De ahí que en estos inciertos vagidos de algo nuevo o estertores del presente que vivimos, me vengan pintiparadas unas voces ahora en desuso para reflexionar por escrito con algunas de ellas. En mi afortunada adolescencia era fácil escuchar de boca de los rústicos labriegos la escueta e imperativa voz de so¡, que se utilizaba con profusión para parar a las caballerías, bien si la empleaban como jinetes a lomo de ellas o como conductores de carros, carretas, carromatos o tartanas, por lo general en estado mejorable, pero que con sus grandes ruedas y la pericia y aguante de los sufridos labradores recorrían diariamente, caminos y calzadas hechos o por hacer  para ir a sus labores y volver,  tal era la fortaleza y osadía de los trabajadores del campo. 

Tanto más me parece la necesidad de oír y sentir la autoritaria y campesina voz, cuanto más necesitada está de ella nuestra hoy desvaída y apocada patria. La insensatez de algunos está contagiando a todos los que tienen por costumbre preocuparse sólo por su situación personal. Sin embargo, a la mayoría de los que tienen los pies en la tierra y se conducen solidariamente con sus conciudadanos, les parece que vamos derechos al precipicio. Es una de las consecuencias de                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    los partidos políticos en la democracia, cuya función es enrolar a los que se dejen y enrollar a los que puedan para que la clase política los maneje según convenga, siempre en interés del gran capital. Partidos que no dudan en enfangarse en luchas fratricidas para conservar el puesto alcanzado a cualquier precio, pero no mueven un dedo para defender la unidad de la patria y aún peor, les da vergüenza decir que son españoles. El escritor Walter Scott se preguntaba en su época “si habría un hombre de alma lo bastante insensible para no haberse dicho alguna vez: este es mi país, la tierra donde nací”. Entonces parece que no los había pero ahora, al menos entre nosotros, abundan por desgracia.

Para desventura de los españoles y por la estupidez de los políticos de la transición que no cumplieron las leyes que juraron y son tenidos para más ignominia, como prohombres a colmar de continuos honores en vez de ser tratados como dice el  inapelable calificativo que todos sabemos que a esa acción da el diccionario de la lengua, se repartieron cobardemente las tierras de España, bajo el señuelo de las Autonomías, como si fueran caramelos de los Alpes entre los caciques burgueses de la periferia, ávidos de riqueza y poder. Por eso hoy proliferan los fanáticos radicales insensibles a la realidad y a la cordura. Por eso escasean, si no han desaparecido, los que sienten con orgullo la necesidad de defender la tierra donde han nacido, sus tradiciones, su lengua y su religión.

Lejos de tener la suerte de contar con alguien a quien llamar héroe aunque se presente como un vulgar buhonero, como el que tan magistralmente noveló Fenimore Cooper en El espía, capaz de dar su vida por la patria; sin la más mínima esperanza en la aparición de un caudillo como siempre tuvo y ha tenido España en las situaciones difíciles, ahí están en la historia antigua por no citar la reciente, Istolacio e Indortes como primeros mártires de la independencia ibérica, a los que siguieron Orisón, Indíbil y Mandonio o el inventor de la guerrilla, el indómito y traicionado Viriato, loado por Pemán con los populares versos que dicen “Viriato, guerrero / pasando de pastor a bandolero, / logró con noble hazaña / vencer a Roma y libertar a España”; lejos como se ve de la epopeya de la Reconquista con el invencible Cid Campeador, ejemplo de virtudes, el que en buena hora nació y ciñó la espada; sin nadie pues a quien recurrir para ser rescatados en esta hora triste, donde imperan los ineptos y pusilánimes, no queda más remedio que gritar a éstos alto y fuerte, ¡SO, deteneos calzonazos inútiles! No pongáis por encima del bien nacional vuestra torpeza, ambición, envidia y, por si fuera poco, vuestros vicios y corrupción. Decid, al menos por dignidad, ¡so! a la decadencia de España.

Aunque ya no existan rudos, pero honrados y viriles carreteros capaces de detener el impulso animal con el simple, rotundo y sonoro ¡so!, es tal la necesidad de detener el desquiciamiento moral, social y nacional, fruto de un sistema impuesto y mal nacido, que el pueblo indefenso y sin contaminar en su mayoría, clama aunque sus gritos no se oigan ahogados como están por la propaganda y el ruido de los farsantes, por la aparición de un caudillo, líder o jefe como ahora se dice, que lo libre de los malandrines interesados que lo tienen oprimido. La verdad, es tanto lo que necesita ser corregido, que sin la Providencia y voluntad divinas no será posible la existencia de alguien capaz de luchar contra el inmenso poder que unos pocos detentan.

Nos enseña la Historia Sagrada que Caifás, siendo pontífice del Sanedrín dijo que convenía que un hombre, refiriéndose a Jesús, muriera por el pueblo para que no pereciese la gente. Comentando este pasaje evangélico, el gran  don Francisco de Quevedo y Villegas, nuestro admirado Quevedo orgullo de la nación española, escribió en Política de Dios y gobierno de Cristo: “en el votar todos no saben lo que se dicen ni lo que se piensan. Y Caifás, que sólo supo lo que se dijo, no supo lo que se decía. Dijo la verdad y condenó a la Verdad”. 

Los políticos que tenemos, tan prosaicos ellos, interpretan a su gusto estas palabras interesadas y ruines del que sólo pensaba en los intereses de su camarilla y halló la forma de defenderlos con seguridad matando a Jesús que era, y es, el Camino, la Verdad y la Vida. Los políticos mediocres, falsos y perversos  consideran que ellos son el único pueblo a defender, les conviene por tanto que el pueblo de verdad sea el que debe morir. Por eso impiden que piense y decida condenándolo al ostracismo, la ignorancia y la manipulación, equivalente a una imposible muerte física del mismo. Un pueblo así castigado debiera seguir el consejo de Demóstenes a sus compatriotas con ocasión de encontrarse oprimida la república por las muchas victorias del rey Filipo: “lo que hallo que en este caso se debe hacer es que determinéis ante todas cosas que no se pelee con Filipo con solos decretos y cartas, sino con la mano y las obras. Para entendernos aquí y ahora, dando la espalda, y algo más, a un sistema corrupto como el nuestro. 

Es la hora también de decir arre, otra palabra en desuso, a los valientes, a los honrados, a los más capaces. En una palabra, a los mejores. Pero también al pueblo dormido, a los que pueden y no quieren o no se atreven, a la España profunda que todos llevamos dentro. Es la hora de rescatar con orgullo a nuestra patria.

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