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Lo que nos quieran decir

A medida que nos hacemos mayores a fuerza de cumplir años, vamos acumulando experiencias que si no las olvidamos, o deliberada y torpemente ignoramos, por fuerza nos hacen más sabios pues todas ellas llevan en si, al descubierto o escondidas, enseñanzas muy útiles para evitar caer en el engaño o la manipulación perseguida con tanto afán por los intereses de los poderes fácticos. Debemos por tanto estar muy atentos y bien informados para no caer en la trampa de creernos todo lo que se publica porque no todo es cierto ni todo va cargado de buena intención. Si fuera verdad lo que pregonan no sería necesario tanta insistencia, tanta tabarra como tenemos que soportar, pues el boca a boca de su bondad supliría con creces la supuesta veracidad de la propaganda. El interés que se esconde tras esas campañas, aunque se esconda bajo la capa de noticia, descubrimiento o hecho filantrópico, es patente y las más de las veces lleva gato encerrado.

Las contradicciones que se aprecian cuando tan pronto nos dicen que determinado producto o proceder es excelente y al cabo de un tiempo se comprueba que no lo es tanto o incluso contraproducente como sucede con determinadas medicinas o tratamientos, dejan al descubierto en el mejor de los casos la alegría y falta de rigor con que se dicen cosas tan importantes como las que atañen a la salud. Si la fiabilidad de los mensajes es tan baja por no decir nula en estas cuestiones, se supone que científicas y de constatación irrefutable de su praxis, cual no será en otras lanzadas a través de los medios de comunicación, como las políticas por citar alguna. En estas, los intereses creados o por crear son en todos los casos de tal magnitud y nuestra libertad tan sometida a la dictadura de los partidos políticos, que haríamos bien en ejercer una resistencia pasiva a la misma a la espera de tiempos mejores que sin duda llegarán, porque no hay mal ni bien que cien años dure. Caerán en la trampa los ingenuos y olvidadizos, pero la mayoría está de vuelta de todo, y no la sorprende nada. SI un personaje del Don Juan, de Zorrilla, exclamó en situación comprometida aquello de, yo me fundo en que conozco del mundo su insensata juventud, la mayoría de ciudadanos puede además asegurar que,  como a León Felipe, la han dormido con todos los cuentos y sabe todos los cuentos. 

Uno de esos cuentos fantásticos que están de actualidad es el que sirve de disputa a las dos grandes ideologías que hasta ahora venían disputándose la hegemonía mundial de dominación sobre los individuos y los pueblos. Tanto el capitalismo como el comunismo están utilizando con tanta hipocresía como cinismo el ataque del hombre al medio ambiente, que el segundo de ellos a través de su marca blanca, aunque verde, achaca al primero olvidando el suyo propio que es aún mayor y más devastador. Ambas ideologías, mientras se forran a costa de los países pobres, condenados por la fuerza a serlo siempre al impedirles contaminar mientras ellas lo hacen impunemente, comparten el gran cuento con destino a mantener indefinidamente el tinglado económico del que obtienen tantos beneficios. Atemorizan a los pueblos con el cambio climático y demás zarandajas, pero las economías mundiales  que han creado se basan en el abuso consumista, causante principal del alarmante deterioro del medio ambiente. Estamos por tanto ante la hipocresía y cinismo de una política que no dice lo que hace y no hace lo que pregona. Propaga la necesidad de reciclar, pero incita a consumir creando necesidades ficticias con su propaganda y con cambios externos innecesarios y dudosas mejoras. Para ello fabrica productos de difícil, por no decir imposible reciclaje, al tiempo que retira del mercado otros con el sambenito de obsoletos que sí son fácilmente recuperables. Una pequeña muestra la tenemos en la retirada casi total del papel como soporte físico en todo tipo de documentos de las empresas y de la Administración y su sustitución por ordenadores, aparatos, discos compactos,  “pinchos”, baterías, etc. materiales contaminantes en alto grado que conllevan más gasto de energía contaminante para su transformación. Un cambio que expone al colapso de la actividad o la pérdida de datos, como ya ha sucedido en Sanidad y sus ambulatorios. Así, burla, burlando, nuestra vida depende cada vez más de una economía perniciosa que morirá matando a todo bicho viviente después de haber exterminado al género humano.

Sería lamentable que lo que nos quieran decir significase un conformismo bobalicón y no una exclamación incrédula, resistente, preludio de nuestra posterior rebeldía, obligados como estamos a buscar siempre la verdad. Está demostrado que cualquier tipo de gregarismo es la antesala de la esclavitud, inadmisible en una sociedad civilizada por ser intrínsecamente perverso y contrario a la libertad de la persona. Cierto que la sumisión nos evita problemas al presente, pero a la larga se traduce en la pérdida total de nuestra capacidad de obrar y de nuestra autoestima por falta de criterio. En el polo opuesto a la cómoda inacción están los peligrosos movimientos de masas. Si reflexionamos un poco, nos daremos cuenta que, contra lo que pretenden hacernos creer, estos no surgen por generación espontánea fruto del clamor popular. Antes al contrario, son actos de destrucción, casi nunca de reforma, de lo establecido. Actos pensados, manipulados y teledirigidos por los sempiternos beneficiarios de cualquier algarada. Una persona sensata, dueña de si misma, ha de huir tanto de la inacción como de la acción a la que terceros quieran llevarla. Sólo vale y valdrá bien, la propia siempre que sea solidaria y acorde con el bien común.

El hombre de hoy, científico pero soberbio y arrogante, pasa de creencias e incluso de realidades. Para él no hay más verdad que la suya. En sus delirios de grandeza ha dejado de tener los pies en la tierra y ya se ve pisando los de Marte o los de cualquier otro planeta o punto del cosmos. Le ha sido fácil buscar la connivencia interesada de los que sólo pueden presumir de poderío económico pues carecen de valores y no ven misiones más importantes para la humanidad que la de ir a otros mundos para mayor gloria, negocio o dominio suyos. No piensan en acabar con el hambre, el atraso, la explotación y las guerras, no. Tampoco en mejorar la calidad de vida ni en explorar la inmensidad de los océanosy conocer lo que encierran en sus profundidades, las cuales aguardan, como Lázaro, que una voz diga levántate y anda y una mano sabia sepa aprovecharlas. Qué va, eso está muy cerca y carece de interés. Ellos necesitan ir más lejos, ¡pobres e ignorantes diablos!. No  saben ni quieren reconocer que Dios hizo un mundo, este mundo, hermoso y abundante en bienes para que el hombre lo habitara, cuidara y se sustentara. Sin embargo, lejos de darle gracias por ello, no sólo no lo cuidan por el bien de todos sino que en aras de su interés tampoco dejan cuidarlo. En ese desprecio y maltrato de lo común, en ese reiterado delito contra lesa humanidad, tendremos a no tardar la penitencia.

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