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‘Continúa la farsa’, la opinión de Isabelino Ruiz del Valle

Atraídos por el torbellino de la propaganda, sin fuerzas para oponernos al siempre cómodo “dónde va Vicente, donde va la gente”, abandonados a nuestra suerte en el frívolo y mendaz  juego del despiste, hemos adquirido la costumbre de llamar político a cualquier indocumentado en busca de fortuna con la que bien vivir aunque sea a costa de hundir a un país entero.

Dicen los que a ello se dedican, ya legión como puede suponerse dado la nula preparación exigida, que todo en esta vida se arregla con la política cuando es bien sabido que es precisamente con ella cuando todo se enreda y causa nuestra perdición al impedir los partidos la solución lógica a cualquier cuestión suscitada, legislatura tras legislatura. Y lo que es peor, nunca la podrá haber con una política de partidos porque eso significaría su auto destrucción, cosa impensable y nunca vista desde el tontorrón, innecesario y nefasto harakiri de los políticos del oficialmente denostado, aunque cada vez más añorado por el pueblo que compara el antes y el después, franquismo. Ante la evidencia del rechazo político que vivimos, esos “profesionales” dirán muy campanudos y ofendidos lo que Cervantes puso en boca de Sancho, “¡Oh! Pues si no me entienden, no es maravilla que mis sentencias sean tenidas por disparates”.

A pesar de lo anterior hay que reconocer que la Política con mayúsculas, es decir, ejercida por gente honesta, honrada y preparada y un sistema realista, es un arte y una ciencia al mismo tiempo, pues implica a partes iguales preparación y vocación desinteresada, que no dispensan ni de lejos los partidos de la democracia debido a sus carencias de partida y a sus intereses de llegada. Cuestiones que les abocan a ser meramente un artificio antinatural que no responde a las necesidades de los ciudadanos ni a título individual ni colectivo, que en ambos casos necesitan una sociedad fuerte y un Estado eficiente con poca burocracia y sin autonomías que lo debiliten. Justo lo contrario de lo que sucede en la actualidad, donde los partidos no pasan de ser agencias de colocación de buscones que los sustenten una vez convertidos en propagandistas de promesas que no hay intención de cumplir al estar exentos unos y otros de responsabilidades penales por el incumplimiento de las mismas.

Entrar en política a través de los partidos aunque sólo sea como escabel o telonero de otros con mando, lleva en cualquier caso consigo la participación en conflictos en los que se lucha por el poder. Un poder consistente en influir sobre el Estado y por ende sobre la colectividad, lo cual lleva aparejado el precio de quedar sometido a las leyes de la acción, aunque estas sean en un momento determinado contrarias a sus personales convicciones morales y sociales y a la ley de Dios que es precisamente la que ha de juzgar a las leyes, no las leyes que ellos hagan a Dios como ellos creen temerariamente. Enfrentarse a las divinas es de suma gravedad y dice bien poco a favor de quien se presta a traicionar sus principios. También, hay que decirlo todo, los votantes de los partidos contrarios a la ley natural incurren en esa misma responsabilidad.

Está demostrado hasta la saciedad que el pueblo no elige a quien le puede proporcionar trabajo, seguridad, justicia y prosperidad, sino a quien lo droga machaconamente con la propaganda vertida a raudales por los poderosos medios de comunicación pagados para divulgarla convenientemente disfrazada, que utilizan los que tienen licencia para manipular a las masas con total impunidad. A esto que tenemos lo llaman democracia aunque se parezca bien poco a la que inventaron los griegos o rige en otros países El amor al pueblo del que tanto alardean y presumen los políticos al uso que conocemos, es una vocación silenciosa y gratuita de los corazones sensibles a las necesidades de los demás, no de los buscadores de votos en campaña electoral para vivir bien sin más esfuerzo que decir sí al partido o a la ejecutiva de turno que les incluyó en la lista. La diferencia la definió certeramente Esquilo en unos versos refiriéndose a Arístides que decían, “ Él no pretende parecer justo, sino serlo. Y de su ánimo no germinan, como grano de fértil gleba, más que sabiduría y mesura”. Por desgracia este recto y noble proceder que debiera ser la norma obligada de cualquier personaje público, no lo ven ni entienden las masas atiborradas de propaganda repleta de demagogia barata, mentiras y sueños irrealizables prometidos por los bribones de turno. Aunque no se quiera reconocer, esta ceguera es el fruto apetitoso preferido y buscado por esta democracia.

En este año recién terminado se ha conmemorado el 39 aniversario de la promulgación de la Constitución que “nos dimos a nosotros mismos” pero a través de siete padres que por supuesto no elegimos nosotros para que la hicieran. Padres que devinieron con el tiempo en padrastros muchos de ellos, cuyo número lejos de ser mera coincidencia, fue infeliz remedo y copia de los siete sabios de Grecia para deslumbrar al pastueño pueblo español que estaba en palotes, y aunque le animaban hasta con música y canciones a hablar, no acababa de arrancar. Ahora, aunque quiera hablar no lo dejan, no es posible porque la libertad oficial no consiente la libertad individual, hay que pasar por el aro doloroso y humillante de las horcas caudinas, como tuvieron que hacerlo los romanos al haber sido derrotados por los samnitas.

Esta vez el cacareado cumpleaños a sonado a funeral ya que la “obra de ingeniería política del 78” hace aguas por todas partes y todos están en parchear la chapuza como primer paso para empeorarla aún más, si cabe. ¡Pobre monumento político de la transición! Tan joven y ya se lo quieren cargar. Tantos honores y condecoraciones a los leguleyos autores, tantas alabanzas y tanta tinta vertida para entronizarla, tanta propaganda y dineros gastados para que la tragáramos y ya está hecha un trapo. ¿A quién pedir responsabilidades por el desmán? Todos miran para otro lado con aviesa intención y un acusador y cobarde yo no he sido. Si fuera la reforma, en lugar de una taimada operación para despedazar a España, para poner las cosas en su sitio y hacer que las autonomías desaparecieran dejando solamente una descentralización administrativa, posible y barata gracias a la informática, si no hubiera más Policía que la nacional, si la educación fuera igual en lengua y contenidos en todo el territorio nacional, si no hubiera más embajadas que las de todos, si desaparecieran los cupos y privilegios forales, si se reconociera la igualdad ante la ley de todos los españoles y que la Ley de Dios presidiera la nueva constitución, ya estamos tardando en ponernos manos a la obra y aquí paz y luego gloria. Pero, ¡ay! ¿lucharemos para merecerlo?.

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