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STEFAN ZWEIG NO SE HA IDO

Qué bueno es volver a los grandes maestros, constatar que siguen siéndolo y sentirse gozosamente a su sombra y bajo su luz. Me ha pasado con el escritor vienés, Stefan Zweig, quien como el Guadiana, aparece y desaparece para volver de nuevo. Es la ley de los clásicos. En mi juventud leí lo que entonces más se recomendaba de este autor, “Momentos estelares de la humanidad”, y recientemente, cuando lo tenía olvidado, apareció en casa casi al azar, “El mundo de ayer – Memorias de un europeo”, que me deslumbró. Se ha dicho de él que es un libro capital y referencia inexcusable para entender los desvaríos del siglo XX, un siglo devastador, y es cierto. Cuánto se agradece su vasta cultura, el profundo conocimiento de los más importantes intelectuales, escritores, músicos y artistas en general y el retrato que hace de ellos, su humanismo y su enorme sensibilidad hacia todo cuanto tocaba. Ahora estoy con una de sus novelas,  “Clarisa”, porque este hombre además de gran ensayista, fue biógrafo y novelista capaz de seducir en cada línea. Esta es una deliciosa novela en donde aparece la sombra del autor en cada página, sus ideales  humanísticos y su compromiso vital. En medio de la sinrazón y la barbarie de los inicios de la Primera Guerra Mundial es reconfortante dar con la gente buena que cruza por la novela.

En un espléndido artículo, como todos los suyos, titulado “El que no se va”, Antonio Muñoz Molina reivindicaba recientemente, de esta manera, su nombre: “Cada año que pasa está más presente Stefan Zweig, con una fuerza simbólica muy anclada en la calidad de su literatura, pero que irradia más allá de ella, porque tiene que ver con la ruina de sus ideales y su destino de exilio: unos ideales que ahora se nos han vuelto mucho más cercanos; un destino al que cada vez más gente se va volviendo vulnerable”.

Defensor de una Europa unida y un internacionalismo civilizado, impotente, aturdido y desesperanzado, expulsado hacía tiempo de una Alemania que lo había estigmatizado como antialemán, a causa de su raza y su modo de pensar, vio cómo de un plumazo el sentido de toda una vida se había convertido en contrasentido, y el que fuera uno de los europeos más libres, nobles y lúcidos, antinacionalista y antibelicista,  terminó suicidándose abrazado a su esposa lejos de su tierra, llevado por la desesperanza ante el aparente triunfo del nazismo en la Segunda Guerra Mundial.

Dos días después, un criado encontró los cadáveres del matrimonio tendidos sobre su cama. Sobre la mesilla unas monedas, una caja de cerillas y un vaso vacío. “Saludo a todos mis amigos”, escribió en su carta de despedida. “Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí”.

Pocos días antes había escrito el párrafo final de su libro “El mundo de ayer – Memorias de un europeo”: “El sol brillaba con plenitud y fuerza. Mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se apartó de mí, se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro. Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo este ha vivido de verdad”.  

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