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esther duque

El horror de la violencia, la inexistencia de vida en sin paz

Cuando oigo hablar de fronteras se me pone la piel de gallina, cuando veo las imágenes de la guerra en Ucrania vuelven los fantasmas del horror a mi memoria.

No entiendo el concepto de violencia. La sensación de placer en ver sufrir a otro, la realidad de apretar un gatillo, accionar una bomba o subirse a un tanque por delirios de tierras, ideas o promesas vanas.
¿Cómo es ese momento en que a una persona le dan por primera vez un arma y la utiliza contra otro ser humano? ¿Qué se sentirá cuando se apreta un gatillo sabiendo que la vida de quién está enfrente queda eliminada?
El sentimiento de venganza, de falta de respeto hacia la vida, de la falta de autosuficiencia que lleva a los ignorantes a creerse superiores…
Negar el holocausto es tan sangriento como apretar un arma y ver como quienes sufrieron en campos de concentración vuelven a recrear el horror es igual de duro.
Nosotros como españoles, civilización superior, nos dedicamos a realizar cruzadas a dominar a los ‘indios’ y destruir culturas como las iberoamericanas. Nos creimos, en la ignorancia, superiores. La misma que llevó a destruir la Biblioteca de Alejandría o personajes como Boko Haram a elegir el destino de sus habitantes.
Cuando veo películas como La lista de Schindler o La zona gris me dan nauseas de ver lo que hemos hecho. Al igual que cuando después veo Vals with Bashir…. El ser humano es degradante cuando pierde el respeto por sí mismo.

Lo malo es que es algo que se repite. Los cadáveres se amontan en barcos por el Mediterráneo y los vemos pasar como si fuesen fotogramas de un filme en blanco y negro, o tecnicolor, y nos sobran recursos.

Se ve en los ojos de los dirigentes el mismo brillo de Amon Goeth cuando apretaba su gatillo cada mañana.

El dinero, el poder y el control …. ¿Donde queda mirar a los ojos y ver que somos iguales? No hay Dios que permita el ojo por ojo, mi Dios perdona y mira a quién tiene al lado, con la dulzura y el cariño de quién sabe que todas las vidas tienen el mismo valor.

Cada cual tiene su valor y su lugar en el mundo, por muy insignificante que este parezca. La luz para los occidentales no sería tal sin la sombra del oriente. Ni luz en el sur sin noche en el norte.
El verdadero poder reside en la paz, en ejercer el poder de perdonar y de luchar. Porque hasta un hombre en ‘pañal’ y con pequeñas gafas mantuvo la idea de justicia hasta sus últimas consecuencias.

No hay nada sin paz.

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