Sin banderas

Hoy mi madre me pidió espacio para escribir sobre el estado de las banderas que ondean en Castilla y León y la vergüenza que siente al ver cómo algunas de ellas están sucias, rotas, mugrosas dando mala imagen de quién somos. No cuestiona nada más. Sólo el hecho de que en lugares como Estados Unidos, o la sede Unión Europea estén brillantes y aquí sean de la comunidad, el ayuntamiento de turno e incluso la del Estado, dan «vergüenza».


Esto me ha llevado a una reflexión. ¿Para qué sirven los trapos con barras y estrellas? La que realmente tendría que estar pulcra está totalmente fragmentada


Soy profundamente pacifista y defensora de la ‘no violencia’. No comprendo que por un símbolo, sea cual sea, por un territorio, alguien sea capaz de matar a una persona inocente. Que a nadie se le remueve por dentro al ver sufrir a personas mayores muertas de hambre con sus nietos en los brazos muertos, o a los propios infantes llorando descalzos y llenos de sangre ante la estampa de sus mayores.


Siento lástima por los individuos que no son capaces de ver esto. Y me enferma que se sigan justificando acciones que consideran ‘daños colaterales’ las vidas de los más insignificantes, que justamente son los más ESENCIALES.


Pero no hace falta que existan guerras para ver la injusticia. Se muestran a cada instante en los informativos. El otro día, en uno de ellos, no se si era La Sexta o La Cuatro, se contaba con heroicidad como un hombre salvaba la vida de un mono gastando más de una botella de agua limpia y potable. Y bajo la misma bandera, y sin ningún comentario al pie, dos noticias más tarde, cientos de personas se lanzaban ante un camión cisterna buscando una gota que poder beber.
Eso es el mundo. Esas son las caras de la moneda. No me den banderas, demen encuentros intergeneracionales, cultura y solidaridad. Porque mi único estandarte es de color blanco y lleva pintado una paloma con una rama de olivo en el pico.

Deja un comentario