El toque de campanas se resiste a      desaparecer en Campos y Torozos

C.B. ATIENZA
VALDENEBRO (VALLADOLID)

Cuando Pablo, Isidoro y Quini entran en la iglesia de San Vicente Mártir en Valdenebro de los Valles lo hacen siempre con una especial emoción. Tocar las campanas es siempre un acontecimiento único para ellos, pero ese día era muy especial. Son las doce del mediodía cuando los tres vecinos agarran con fuerza las cuerdas de las campanas para ejecutar una danza ancestral, atávica, dichosa y feliz en esta ocasión: comenzaron a voltear las campanas con espíritu festivo y alegre. Algo que hacen incluso con más alegría desde hace dos años. Momento en el que el toque manual fue reconocido por la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Y no son los únicos que lo festejan. Lo hacen también Villamayor de Campos, Palazuelo de Vedija, Cabreros del Monte, Santa Eufemia del Arroyo, San Pelayo, Morales de Campos y Barcial de la Loma. Los otros pueblos de la zona que mantienen vivo y sin mecanizar este toque. 

Y es que Valdenebro de los Valles se ha convertido en la localidad abanderada del territorio de este arte. No en vano, «cuando las campanas de San Vicente tocaban y gracias a la resonancia de los Montes Torozos, el resto callaban, incluso las de Medina de Rioseco», subraya Pablo Ortega. Además, el pueblo cuenta con un protocolo de tañido, un poema a las campanas e incluso una oda a los campaneros y este arte.

Sin duda, la cultura de los campaneros está íntimamente ligada al medio rural, por eso con la despoblación, corre peligro de desaparecer. Algo que estos tres vecinos se han propuesto que no ocurra en su pueblo. Van por el buen camino, porque sus cuatro campanas: ‘Troya’, ‘Esquilón’, ‘Tam’ y ‘Tem’, junto al ‘Esquilín’, resuenan en sus distintos tañidos y repique con fuerza gracias a su amor por este arte.

Y sí, cuando las campanas de la torre de la iglesia de Valdenebro doblan parece que hablan, pero hasta hace unos pocos años no era así.  En el año 2015 «solo sonaban ‘Tam’ y ‘Tem’ y una de ellas con dificultades, al tener el badajo roto». Fue entonces cuando Pablo Ortega y Quini Rodríguez se pusieron manos a la obra para recuperar las cinco campanas y en un alarde de imaginación y tesón bajar las cuerdas 35 metros para que todas ellas pudieran tocarse desde la planta baja del templo.

Además, Pablo tenía la enorme ilusión de tocar al unísono junto a su suegro y campanero de Valdenebro desde monaguillo, Zacarías Blanco, el día de Navidad. Las tareas arrancaron en marzo de 2015 con la idea de que resonaran con fuerza en las Pascuas de ese mismo año. Quini fue el ingeniero de unas obras que no estuvieron exentas de trabas y que dieron más de un quebradero de cabeza a ambos. «Había que llevar las cuerdas desde arriba hasta abajo pero al ser tantos metros tuvimos que buscar los ángulos de caída más adecuados y crear un sistema de poleas grandes y pequeñas, todo ello a base de imaginación», recuerda Quini. Además, «hubo que perforar las paredes de piedra bajo la bóveda, para lo que hubo que taladrar muy duro».

Un esfuerzo que tuvo su recompensa cuando en la misa de Navidad Pablo y Zacarías hicieron repicar las campanas con alegría en un día tan especial. «Fue algo muy sentimental; de hecho la función de las campanas en muchas ocasiones es transmitir emociones». Con un amplio repertorio de formas y técnicas, tanto en el ámbito religioso como en el civil, los toques de campana han regulado multitud de aspectos de la vida festiva, ritual, laboral y cotidiana en todo el territorio. Y es que hubo un tiempo en la que las campanas eran el WhatsApp de la época. El sistema más rápido y fiable para hacer llegar la información importante a todos los vecinos. Las misas, las fiestas, las muertes o los incendios se anunciaban con distintos tipos de tañidos. «Las campanas siempre se relacionan con los eventos que suceden en los pueblos, como pueden ser las procesiones, ya que cuando el santo sale su sonido es alegre».

La campana es el enlace entre los religioso y la unión de las personas, y aunque pueda parecer contradictorio, «su toque no rompe el silencio; al revés, hace que las personas se callen». No hace falta remontarse mucho en el tiempo para recordar a la gente que trabajaba en el campo, que «detenía sus tareas para mirar al campanario de su pueblo cuando doblaban las campanas».

«Antaño a lo largo del día se podían tocar muchas veces», señala Isidoro Toral, campanero dominical desde hace unos años. «Antes era pastor, una profesión que deja poco tiempo libre, así que no podía encargarme de tocar». Existen toques de campana para llamar a misa, al Angelus o para anunciar un fallecimiento. Respecto a este último no todos eran iguales. «Cuando moría un varón las campanas sonaban de una manera, si era una mujer la fallecida el tañido era otro, pero si había muerto una persona acaudalada tocaban todas las campanas». En cambio, «el ‘Esquilín’ sonaba cuando había perdido la vida un niño o una niña, por eso nunca dejo tocar a la infancia del pueblo esta campana», comenta Pablo. Y en la noche de Todos los Santos «los pastores de Valdenebro de los Valles subían al campanario para tocar toda la noche».

También, existe el repertorio de sonidos civiles, como el que tocaba el alguacil del pueblo para avisar de la visita del recaudador. Pero había muchos más, como el toque ‘a becera’, para llamar a sacar el ganado, ‘a fuego’, para avisar a los vecinos de un incendio y que colaboren en apagarlo, o el ‘tentenube’, que trata de abrir un claro en el cielo nublado para evitar que una cosecha destroce los cultivos.

El Ministerio de Cultura explicaba que la protección de este lenguaje por la Unesco supone poner en valor y asegurar la continuidad de esta tradición común, compartida entre los diversos pueblos. «Todos nos sentimos orgullosos del toque manual de las campanas y del propio patrimonio, pero en muchas ocasiones lo tenemos abandonado». Con el paso del tiempo «las campanas se agrietan por los golpes de los bajados así que es importante que nos preocupemos por su estado». Pero no solo la ciudanía local; «es fundamental que las instituciones y la Iglesia cuiden esta cultura». 

Caridad Ramos es hermana de Aurora, que durante 30 años estuvo al frente del Museo de Campanas de Urueña, y que se encargaba de divulgar, explicar el origen, formas, tipos, nombres, artífices, composición o toques. Su empeño por mantener viva la tradición, su habilidad natural y su carisma no pasaba desapercibido para nadie. Y es que «la energía y calor que desprende el toque manual es singular, va de la mano de un experto, de un vecino, de alguien que traslada un sonido característico, tradicional, una emoción o un sentimiento». Por ello, cada vez que una localidad deja de tocar a mano «se pierde parte de la historia y además en la actualidad se limita el toque a la liturgia». No fácil recuperarlo, porque «la despoblación y la tecnología lo han desbancado,  pero ahora que han ‘echado las campanas al vuelo’ se puede luchar por mantenerlo vivo». Sin embargo, «desconozco cómo se puede lograr».

Aunque las nuevas generaciones serán clave para la supervivencia de este toque que forma parte de la cultura y que «enriquece nuestras vidas», subraya Caridad. «Mi hermana trató de imbuir a niños el significado e historia de las campanas, salían emocionados y sorprendidos, les hacía partícipes y a ellos les corresponde continuar con ese legado».

Durante décadas José Rabanillo mantuvo vivo el toque de campanas en Villamayor de Campos, hasta su fallecimiento a los 81 años el pasado mes de enero. Sin embargo, se encargó de asegurar este legado poniendo en manos de su nieto José Ángel, de 18 años, esta tradición.  «Mi abuelo me enseñó los diferentes toques, que los sentía como si fueran suyos», explica el joven.

Radiantes, los pueblos campaneros de Campos y Torozos seguirán haciendo lo que mejor saben: tocando. Porque las campanas seguirán tañendo por ellas mismas, por su importancia, por su belleza, por su sentido, por la memoria de una tierra que se niega a que sus costumbres caigan en el olvido. 

Tres décadas de pasión y amor por las campanas en Urueña

Una pedacito de que el toque manual de campanas sea Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad pertenece a Aurora Ramos, que durante 30 años estuvo al frente del Museo de Campanas de Urueña, hasta su triste adiós en octubre de 2021.

Su hermana Caridad recuerda que Aurora «amaba su museo y sentía verdadero entusiasmo por su profesión, creía en lo que hacía y eso llegaba de forma especial a los visitantes: supo hacer de su trabajo su pasión». Estar al frente de uno de los pocos museos de campanas de España «significaba un privilegio y su empeño por mantener viva la tradición, su habilidad natural y su carisma no pasaba desapercibido para nadie».

Las personas que conocieron este museo «salían con un concepto distinto al que tenían antes de entrar y conseguían ver con otros ojos un instrumento que marcaba la vida de cada comunidad y como una  obra de arte con personalidad propia». Y es que «cada detalle tenía para ella la misma importancia, mimaba las explicaciones». Asimismo, revindicaba la supervivencia de las campanas y que no se perdiera su historia y valor. «El toque manual es muy rico, amplio en sonidos y repertorio; ella lo simulaba en directo tocando en la campana y recitaba el texto asociado a cada toque, decía que tenían alma».

Por todo ello esta declaración «habría emocionado e ilusionado a Aurora». «Me quedo con que ella contribuyó muy activamente para llegar a este punto».

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