Un gesto de amor

Escuchar a las personas mayores no es un gesto de amor, sino un ejercicio de equidad y justicia. En una sociedad que envejece y que se define a sí misma por la velocidad, el reconocimiento de quienes construyeron el presente se convierte en un indicador de madurez democrática. No se trata de compasión, sino de respeto. Y de una comprensión profunda: sin memoria no hay futuro.

En España, más de 9,8 millones de personas tienen más de 65 años, lo que representa el 20,5 % de la población, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística. Castilla y León encabeza el envejecimiento del país: el 26,7 % de sus habitantes supera esa edad. En provincias como Zamora, Ávila o Soria, el porcentaje se aproxima al 30 %. Estas cifras no son solo un reto demográfico; son un retrato moral de la sociedad. En ellas se refleja el deber colectivo de garantizar la igualdad social a todas las edades, no como un privilegio del presente, sino como un derecho adquirido con décadas de esfuerzo silencioso.

Las personas mayores de Castilla y León no piden compasión: reclaman reconocimiento. Durante generaciones sostuvieron la economía agraria, industrial y doméstica del país. Contribuyeron al crecimiento de la España rural y urbana, levantaron hogares con escasos recursos y trabajaron en condiciones que hoy serían inadmisibles. Su aportación al bienestar actual es incuestionable, aunque a menudo permanezca invisibilizada. “Nosotros ya lo vivimos todo: la guerra, el hambre y la reconstrucción. Lo único que pedimos es respeto”, decía hace unos meses una mujer de 88 años en un encuentro vecinal en Aguilar de Campoo.

El respeto no se mide en palabras, sino en hechos. La soledad no deseada afecta al 28 % de las personas mayores que viven solas en España, y en Castilla y León la cifra asciende hasta el 30 %, según los datos del Observatorio Estatal de la Soledad. Este fenómeno no distingue entre clases sociales: atraviesa la desigualdad. La pobreza energética, las pensiones mínimas y la exclusión digital agravan una brecha que no es solo económica, sino también cultural. Cuando una persona mayor se siente invisible, toda la sociedad se empobrece.

La igualdad social, tantas veces asociada a la juventud y a la productividad, debe incluir la edad como eje de justicia. La equidad intergeneracional no consiste en repartir recursos, sino en distribuir respeto. Y el respeto empieza por escuchar. Escuchar no significa entretener ni distraer: significa reconocer autoridad moral en quien ha vivido más y callado mucho. Cada historia personal encierra una lección sobre la dignidad, la resistencia y el valor de lo humano frente a la adversidad.

Castilla y León conserva una riqueza intangible que no figura en los presupuestos: la memoria viva de su población envejecida. En los pueblos vacíos, donde el silencio parece definitivo, las personas mayores representan la continuidad de una cultura que se resiste a desaparecer. Son guardianes del lenguaje, del paisaje y de la ética del trabajo. Pero su papel social se debilita en la medida en que se las aparta del relato colectivo. “Los jóvenes no saben lo que costó tener derechos, ni lo que significa perderlos”, afirmaba un jubilado de Béjar en un acto intergeneracional. Su frase resume una advertencia que trasciende lo local: sin memoria histórica, la democracia se vuelve frágil. La humanidad ha necesitado siempre de la experiencia para evitar el colapso moral. Sin embargo, en este siglo XXI, marcado por la inmediatez tecnológica y la precariedad de la atención, la voz de las personas mayores se diluye. Lo que antes se transmitía oralmente —la historia familiar, el esfuerzo compartido, la conciencia de la guerra— se sustituye hoy por relatos fugaces en redes sociales. Ese vacío de escucha no es neutro: tiene consecuencias políticas. Cuando se desatiende la experiencia, se repiten los errores.

El mundo se aproxima a un punto de tensión que las generaciones más veteranas reconocen con inquietante familiaridad. Las guerras en Europa y Oriente Medio, los discursos de odio, la desigualdad creciente y la desinformación son señales que recuerdan los años previos a los grandes conflictos del siglo XX.  Decía el filósofo Emmanuel Lévinas que la ética comienza en el rostro del otro. En ese rostro, envejecido y sereno, reside la pregunta que toda sociedad debe responderse: ¿qué lugar otorgamos a quienes nos precedieron? Si la respuesta es el respeto, la escucha y la igualdad, habrá esperanza. Si es el olvido, solo quedará la repetición de los errores.

Escuchar a las personas mayores no es un gesto de amor. Es un acto de responsabilidad, una forma de justicia social y una apuesta por la paz. Es reconocer que sin ellas —sin su memoria, sin su esfuerzo, sin su palabra— ninguna sociedad puede considerarse completa.

Porque cada gesto hacia ellas, por mínimo que parezca, sostiene la dignidad de todos.

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