POR M. JESÚS PRIETO VILLARIÑO
«Aprender, y aprender de quienes saben”, decía Kavafis. Pero esto requiere humildad. Una humildad que comienza por reconocer que somos una tierra sembrada de muy diversas semillas. Albergamos las de las malas hierbas, pero también la de las flores. Crecerá aquella que más reguemos.»
La autora nos recuerda que el aprendizaje no surge del orgullo sino de la humildad que acepta que estamos hechos de luces y sobras, de límites y posibilidades y, por tanto, con espacio suficiente para mejorar. No es algo nuevo: sin retroceder demasiado en el tiempo Montaigne mantenía que la sabiduría comienza cuando admitimos que no lo sabemos todo y esta honestidad intelectual abre muchas puertas.
Con la acumulación de años, esta honestidad se vuelve estratégicamente fértil. Hemos atesorado experiencia, pero también prejuicios, o certezas rígidas que imposibilitan o secan la curiosidad. Practicar la humildad significa dejar espacio a lo inesperado: escuchar otras voces, reconocer que la vida puede enseñarnos todavía. Arendt escribía que el mundo común se sostiene gracias a la pluralidad, porque no vivimos solos ni tenemos la verdad completa. Y Martha Nussbaum insiste en que aceptar nuestra vulnerabilidad nos hace personas más compasivas y justas. Es decir, la humildad es un puente hacia los demás y hacia lo desconocido.
¿Cómo traducir saber en gestos cotidianos? Existen infinitas posibilidades, pero sin duda el primer paso es comenzar por dar valor a la escucha. Después, atrevernos a aprender algo nuevo sin miedo: ¿Tango, techno? ¿Inteligencia artificial? ¡Por qué no! Aceptar nuestra pequeñez ensancha nuestro horizonte, nos une a las demás personas y mantiene vivo el deseo de vivir creciendo.
