POR M. JESÚS PRIETO VILLARIÑO
«El primer paso que la ciudadanía debe dar, y que precisa de un gran valor, es que cada persona admita la vulnerabilidad humana. Somos receptores del cuidado, todos. Es obvio que esto es cierto en la niñez, la enfermedad o la senectud. Sin embargo, todo el mundo tiene necesidades todo el tiempo.»
La filósofa Joan C. Tronto ha dedicado gran parte de su obra a reflexionar sobre la ética del cuidado. En este completo ensayo defiende algo fundamental para nuestras vidas: la vulnerabilidad no es una excepción, sino la condición común de toda vida humana. Desde el nacimiento hasta la vejez atravesamos momentos en los que necesitamos apoyo. Reconocer esta realidad no es debilidad sino humanidad compartida.
Solemos asociar, erróneamente, vejez con dependencia, olvidando que la necesidad de cuidado es atemporal y universal. Admitirlo libera de vergüenza y culpa, abriéndose un horizonte distinto: si todas las personas necesitamos cuidados, entonces también todas somos capaces de cuidar en alguna medida, con la palabra, la memoria, la escucha o la presencia. La edad no resta valor, sino que amplía la conciencia de lo interdependientes que somos.
Asumir nuestra fragilidad nos devuelve la alegría de practicar gestos sencillos que construyen una vida mejor: aceptar la petición de ayuda, cuando sea necesario, sin sentirlo como una carga; ofrecer a los demás pequeñas formas de cuidado cotidianas –una llamada, un consejo, un abrazo, un favor…- que recuerdan el valor de nuestra presencia y experiencia; cultivar espacios de cuidado mutuo, ya sea con familiares, vecinos, amistades o asociaciones, porque en esa red se sostiene la dignidad común.
Reconocer nuestra vulnerabilidad, fortalece.
