M.J. PRIETO VILLARINO/ FILÓSOFA
«Así, hemos de preguntarnos en esta hora crítica mundial para la dignidad del hombre […] que siente rebajados sus derechos: ¿qué es la libertad? ¿Qué significado puede tener en la vida social de hoy?»
María Zambrano formuló esta pregunta en los años treinta, cuando el fascismo avanzaba por Europa. Esta filósofa española, exiliada durante décadas, escribió desde la experiencia de quien conoce el dolor de perder la libertad. Mucho más siendo mujer. Su pregunta, lejos de envejecer, nos interpela hoy con la misma urgencia. La libertad para ella es una práctica cotidiana.
Anna Freixas, psicóloga referente del envejecimiento activo, recoge el testigo desde otro lugar: la vejez es el primer momento en que podemos ser verdaderamente libres, porque ya no hay que cumplir los mandatos ajenos, los del trabajo, los de la familia, los del qué dirán. Esa libertad, sin embargo, no llega sola. Hay que construirla, como decía Zambrano, sobre valores elegidos con conciencia: qué queremos seguir aprendiendo, a quién queremos acompañar y cuidar, qué causas merecen nuestro tiempo. Quienes tenemos años vividos sabemos, además, que la libertad no es solo personal: se sostiene en el tejido común, en los derechos compartidos, en la dignidad de todas las personas.
Las personas mayores somos ciudadanas y ciudadanos con experiencia, memoria y derecho a ocupar espacio en el debate público. Por eso, debemos animarnos a identificar lo que nos afecta en nuestro entorno, (pueblo, barrio o comunidad) y hacernos escuchar. ¿Cómo? En una conversación, una carta al ayuntamiento, una pregunta en voz alta en la asociación. Es un pequeño gesto, pero un paso grande hacia la libertad real.
