Un estudio del CSIC permite detectar un efecto de la monovisión que altera la percepción y abre la vía a corregir la presbicia de forma personalizada

Un estudio internacional confirma que la imagen borrosa puede procesarse antes que la nítida y alterar la distancia percibida de los objetos en movimiento. El equipo ha comprobado que la ilusión alcanza una intensidad perceptible en el 30% de la población y ha validado un dispositivo portátil capaz de medirla para adaptar la corrección visual a cada persona

Un equipo internacional con participación del Instituto de Óptica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IO-CSIC) y la Universidad de Pensilvania ha avanzado en 2026 hacia una corrección más personalizada de la vista cansada o presbicia al demostrar que el desfase con el que el cerebro procesa las imágenes de ambos ojos puede medirse de manera rápida e individual. El nuevo estudio, publicado en Investigative Ophthalmology & Visual Science, amplía una investigación iniciada en 2019 sobre los efectos de la monovisión y abre la posibilidad de identificar a las personas en las que esa diferencia temporal puede alterar de forma apreciable la distancia percibida de los objetos en movimiento.

La investigación ha analizado a más de medio centenar de participantes, tanto con presbicia como sin ella, y ha confirmado que la imagen desenfocada tiende a procesarse más rápido que la nítida en prácticamente todos los individuos estudiados. La diferencia se mide en milisegundos, aunque puede bastar para generar una ilusión de profundidad cuando un objeto se desplaza lateralmente. El nuevo trabajo ha establecido, además, que en alrededor del 30% de la población el fenómeno alcanza una intensidad suficiente para resultar perceptible.

La principal novedad reside ahora en la capacidad para determinar quién puede experimentar ese efecto con mayor intensidad. Los investigadores han desarrollado un índice que cuantifica la visibilidad de la ilusión y han validado un dispositivo portátil con el que pueden medir el desfase entre ambos ojos y calcular una posible compensación óptica adaptada a cada usuario.

Infografia explicativa del defecto

La monovisión puede desajustar el tiempo de procesamiento entre ambos ojos

La presbicia comienza habitualmente entre los 40 y los 50 años, cuando el cristalino pierde progresivamente capacidad para modificar su forma y enfocar los objetos próximos. Leer un texto, consultar la pantalla del teléfono o realizar tareas de precisión a corta distancia exige entonces alejar el objeto para recuperar nitidez.

Entre las diferentes soluciones ópticas disponibles figura la monovisión, empleada por millones de personas y basada en proporcionar funciones diferentes a cada ojo. Uno queda corregido prioritariamente para la visión lejana y el otro para las distancias cortas. El cerebro integra después ambas señales y permite desarrollar las actividades habituales sin recurrir necesariamente a una única focalización idéntica en los dos ojos.

El problema identificado por los investigadores se encuentra en un nivel menos evidente que la propia nitidez. En 2019, el equipo dirigido por Johannes Burge, del Departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania, junto con Carlos Dorronsoro y Víctor Rodríguez-López, del Instituto de Óptica del CSIC, comprobó que las imágenes proporcionadas por ambos ojos podían llegar al procesamiento cerebral con una pequeña diferencia temporal.

El resultado contradecía además una expectativa intuitiva. La imagen borrosa, lejos de requerir más tiempo de procesamiento, era interpretada antes que la imagen enfocada. Esa diferencia, aunque apenas alcance unos milisegundos, puede modificar la reconstrucción espacial que realiza el sistema visual cuando ambos ojos observan un objeto en movimiento.

Un efecto conocido desde hace un siglo adquiere otra dimensión

El fenómeno constituye una variante del denominado efecto Pulfrich, una ilusión óptica y neurológica estudiada desde hace aproximadamente un siglo. Cuando las señales de los dos ojos llegan al procesamiento visual con diferente latencia, un movimiento horizontal puede adquirir una profundidad que físicamente no existe.

Aplicado a la monovisión, el mecanismo significa que un objeto que se desplaza lateralmente puede parecer más próximo o más alejado de su posición real. La alteración no procede de que uno de los ojos deje de participar en la visión, sino de que cada señal contribuye a construir la escena en un momento ligeramente distinto.

La investigación publicada en 2019 consiguió cuantificar ese efecto y mostró que, bajo determinadas condiciones, el error aparente en la posición de un objeto móvil podía alcanzar varios metros. El hallazgo planteó entonces la necesidad de estudiar su posible repercusión en situaciones en las que calcular correctamente distancias y trayectorias resulta especialmente importante.

La conducción concentra una de las posibles implicaciones

La conducción constituye uno de los escenarios analizados por los investigadores. Un vehículo, un ciclista o un peatón que atraviesa el campo visual combina movimiento lateral, profundidad y necesidad de estimar rápidamente su posición. Un desfase entre ambos ojos podría modificar esa estimación cuando la ilusión alcanza suficiente intensidad.

Los trabajos disponibles describen una implicación potencial para la seguridad vial, aunque sus resultados no permiten trasladar automáticamente la existencia de esta ilusión a un incremento concreto del riesgo de accidente. La relevancia depende de la magnitud del desfase, de las características visuales de cada persona y de las condiciones en las que se produce la observación.

La cuestión adquiere interés clínico precisamente porque la monovisión es una corrección ampliamente utilizada y porque el fenómeno puede permanecer inadvertido durante la vida cotidiana. Una persona puede desenvolverse con normalidad y, al mismo tiempo, presentar una diferencia temporal entre ambos ojos que solo se haga evidente ante determinados estímulos en movimiento.

El nuevo estudio permite identificar quién percibe la ilusión

Siete años después del primer trabajo, el equipo ha avanzado desde la descripción del fenómeno hacia su posible detección individual. La investigación publicada en 2026 ha incluido personas présbitas y participantes sin vista cansada y ha encontrado nuevamente un procesamiento más rápido de la imagen borrosa en prácticamente todos los casos estudiados.

El resultado indica que el mecanismo visual aparece de manera muy extendida y no constituye por sí mismo una anomalía exclusiva de quienes utilizan una corrección para la presbicia. La diferencia relevante surge al medir cuánto se traduce ese desfase temporal en una alteración perceptible de la profundidad.

Los investigadores han calculado que alrededor del 30% de la población experimenta la ilusión con intensidad suficiente para percibirla. También han identificado un grupo más reducido cuyas respuestas se sitúan muy por encima del umbral perceptivo y en el que el efecto puede adquirir mayor importancia.

Esta distinción modifica el planteamiento de una posible corrección. La cuestión deja de limitarse a determinar si el fenómeno existe, puesto que los experimentos muestran una presencia prácticamente generalizada, y pasa a establecer cuánto afecta a cada persona y en qué casos merece una intervención específica.

Un índice mide la visibilidad del desfase visual

Para avanzar en esa dirección, el estudio ha introducido el denominado índice de visibilidad de la ilusión, concebido para estimar si la diferencia temporal entre los ojos permanecerá por debajo del umbral perceptivo o llegará a modificar de forma apreciable la posición observada de un objeto.

La herramienta aporta una medida individual a un fenómeno cuya intensidad varía considerablemente entre personas. Esa variabilidad explica que usuarios sometidos a condiciones visuales aparentemente similares puedan responder de forma distinta ante una corrección basada en monovisión.

El equipo ha validado también un dispositivo portátil destinado a medir la ilusión con rapidez y precisión y a estimar la compensación necesaria para cada individuo. Este avance acerca una investigación inicialmente centrada en los mecanismos de la percepción binocular a posibles aplicaciones dentro de la evaluación visual.

La tecnología permite plantear una secuencia diferente para determinados usuarios. En lugar de aplicar una compensación idéntica a todas las personas que presentan el desfase, sería posible medir primero su respuesta perceptiva y calcular posteriormente la corrección que requiere cada caso.

La corrección personalizada recupera una solución propuesta en 2019

El primer estudio había planteado una forma de compensar el desequilibrio mediante un filtro oscuro colocado en la lente correspondiente al ojo que recibe la imagen borrosa. Reducir su luminosidad ralentiza el procesamiento visual y puede acercar temporalmente las señales procedentes de ambos ojos.

La investigación de 2026 mantiene la validez de ese principio, pero introduce una diferencia sustancial. La intensidad de la intervención podría determinarse individualmente a partir de las mediciones realizadas a cada usuario, ya que el desfase y la visibilidad de la ilusión presentan variaciones entre personas.

La posibilidad de personalizar la corrección resulta especialmente relevante en los individuos cuya respuesta supera ampliamente el umbral perceptivo. Para otros usuarios, la diferencia puede existir desde el punto de vista neurológico y permanecer, al mismo tiempo, por debajo del nivel necesario para que modifique de manera apreciable su experiencia visual.

El trabajo abre además una línea todavía conceptual hacia sistemas capaces de modificar dinámicamente las condiciones de la imagen recibida por cada ojo según factores como la distancia del objeto o la iluminación. Estas soluciones exigirán nuevos desarrollos antes de trasladarse a la práctica habitual, aunque parten de la misma idea de adaptar la corrección al funcionamiento temporal del sistema binocular.

La presbicia entra en una fase de correcciones más individualizadas

La investigación desarrollada desde 2019 muestra que la calidad de una corrección visual depende de factores que van más allá de conseguir una imagen nítida para cada distancia. El cerebro debe integrar simultáneamente la información procedente de los dos ojos, y pequeñas diferencias temporales pueden influir en la posición espacial que finalmente percibe.

El avance de 2026 aporta precisamente una forma de medir esa variable. Al distinguir entre la existencia fisiológica del desfase y su capacidad real para generar una ilusión visible, el nuevo método permite seleccionar a las personas en las que una compensación puede resultar especialmente pertinente.

La línea de investigación ha avanzado también hacia la transferencia tecnológica. La tecnología desarrollada dispone de una patente que protege tanto la nueva corrección óptica como la herramienta concebida para estimarla. Víctor Rodríguez-López ha recibido por estos avances el Premio Transferencia y Emprendimiento del CSIC, en su tercera edición, dentro de la categoría novel de la modalidad de Transferencia de Tecnología.

El reconocimiento llega después de que una observación experimental sobre unos pocos milisegundos de diferencia entre ambos ojos haya evolucionado hacia un sistema destinado a medir esa respuesta en cada persona. El siguiente ámbito de desarrollo se sitúa en la capacidad para convertir esa medición en correcciones de la presbicia ajustadas a la percepción binocular individual.

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