El 42% de las personas mayores desconoce los servicios para prevenir la soledad no deseada, según un informe de Fundación Santa María la Real

ESTHER DUQUE

El 42% de las personas mayores en España no conoce ningún servicio orientado a prevenir o acompañar situaciones de soledad no deseada, según el informe diagnóstico elaborado por la Fundación Santa María la Real en el marco del proyecto europeo Red Salvia. El estudio, basado en una encuesta a 329 personas de 65 años o más, junto a entrevistas a expertos y grupos focales, evidencia desigualdades en el acceso a recursos y plantea la necesidad de reforzar las estrategias de intervención desde una perspectiva comunitaria y preventiva.

La investigación señala que solo el 58,1% de las personas mayores encuestadas afirma conocer algún servicio de acompañamiento, lo que revela una brecha informativa que condiciona su utilización. Este déficit de conocimiento es desigual según el tipo de recurso: los servicios de acompañamiento telefónico o por videollamada son los más reconocidos (42,2%), seguidos del acompañamiento presencial (38,3%) y las actividades grupales (30,4%), mientras que las redes vecinales, los grupos virtuales o los programas de detección apenas superan el 10%.

Soledad no deseada

El informe sitúa la soledad no deseada como un problema social y de salud pública en expansión. En España, más de 2,1 millones de personas mayores viven solas y cerca de una de cada cinco experimenta sentimientos persistentes de soledad, con mayor incidencia a partir de los 75 años. Esta experiencia, definida como la discrepancia entre las relaciones deseadas y las reales, puede darse incluso en contextos de convivencia y presenta una naturaleza multidimensional.

El estudio distingue tres formas principales de soledad: social, vinculada a la falta de integración en redes; emocional, asociada a la ausencia de vínculos significativos; y existencial, relacionada con la pérdida de sentido vital. Estas dimensiones, que pueden solaparse, permiten orientar intervenciones diferenciadas según el tipo de necesidad detectada.

Entre sus efectos, la investigación identifica impactos relevantes en la salud mental y física. La soledad prolongada se asocia a un mayor riesgo de depresión, ansiedad, insomnio y deterioro cognitivo, así como a un empeoramiento del bienestar subjetivo y de la calidad de vida. También influye en hábitos de salud, con menor adherencia a tratamientos, peor alimentación y mayor riesgo de caídas.

La persistencia del fenómeno agrava sus consecuencias. Mantener situaciones de soledad durante periodos prolongados incrementa el deterioro funcional y eleva el riesgo de institucionalización, al dificultar la permanencia en el domicilio por falta de redes de apoyo.

El análisis identifica una combinación de factores determinantes. Entre los sociodemográficos, destacan el género y la edad: las mujeres, con una esperanza de vida superior (86,2 años frente a 80,6 en hombres), afrontan con mayor frecuencia situaciones de viudedad —que afecta a más del 40%— y dependencia, lo que incrementa su vulnerabilidad. Por su parte, los hombres presentan mayores niveles de aislamiento social severo, aunque expresan menos sus emociones.

Otros factores relevantes son el estado de salud, la capacidad funcional, el nivel educativo y la situación económica. Las enfermedades crónicas, la discapacidad o la falta de recursos limitan la participación social y reducen las redes de apoyo. A ello se suma la brecha digital, que dificulta el acceso a servicios cada vez más automatizados, y la escasa accesibilidad a recursos en determinados territorios.

El entorno también condiciona la experiencia de soledad. En áreas urbanas, factores como el anonimato, la rotación residencial o la baja cohesión vecinal pueden incrementar la soledad subjetiva, mientras que en el medio rural la falta de servicios y transporte genera aislamiento estructural, aunque la proximidad comunitaria puede actuar como elemento protector.

El informe subraya además el deterioro del tejido comunitario como elemento clave. La reducción del tamaño familiar, la migración, la despoblación y la pérdida de asociacionismo han debilitado los vínculos de proximidad. Actualmente, solo el 27% de las personas mayores participa en asociaciones o espacios comunitarios, lo que limita las oportunidades de relación y apoyo mutuo. En cuanto a la cobertura de servicios, el estudio describe un sistema heterogéneo en el que más del 40% de las personas mayores utiliza algún recurso de proximidad, aunque la participación regular en actividades organizadas se reduce al 26% y una mayoría considera que la oferta no se ajusta a sus intereses.

A partir de estos datos, el informe plantea tres prioridades: mejorar la difusión de los servicios, ampliar las actividades en el ámbito comunitario y desarrollar intervenciones más personalizadas. Asimismo, propone reforzar los vínculos sociales, avanzar hacia modelos de cuidados integrados y garantizar la accesibilidad territorial y digital.

El estudio se enmarca en el proyecto Red Salvia, una iniciativa de innovación social que combina investigación aplicada y desarrollo de programas de acompañamiento para mejorar la inclusión social y el envejecimiento activo de las personas mayores de 65 años.

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