Más de cien años y un libro en francés bajo el brazo

Marie Claude Laborde, residente centenaria del centro geriátrico Lacort de Viana de Cega, realiza una visita a Valladolid para acudir, entre otros, a la feria de libro antiguo, donde elige varios volúmenes en su lengua materna.

Cuando una mujer de ciento un años se detiene ante un puesto de libros de viejo, examina los lomos con la parsimonia de quien ha leído mucho y tiene aún más intención de seguir haciéndolo, y acaba pagando por varios volúmenes en francés, algo se revela sobre la naturaleza profunda del tiempo bien vivido. Ese momento se produjo una mañana de primavera en el paseo del Óvalo de Recoletos, en Valladolid, donde Marie Claude Laborde —Claudia para quienes la conocen y cuidan— disfrutó de una de esas jornadas ordinarias para las personas usuarias de los centros Lacort con capacidad para realizar salidas y que no necesita traducción.

La ciudad como escenario terapéutico

La jornada comenzó con una visita al podólogo, escala obligada en cualquier itinerario de cuidado. Completada esta primera parada, la mañana se abrió hacia una deriva más espontánea. El mercado de la plaza de España concentró la primera atención; la animación del comercio de proximidad, los colores y el olor del producto fresco, ese murmullo particular que tienen los mercados cuando la mañana aún está en marcha. Después, la jornada derivó hacia una pescadería, donde el género expuesto al frío y la precisión del dependiente componen una escena que muchos mayores reconocen como familiar y tranquilizadora.

Pero fue en la Feria del Libro Antiguo de Recoletos donde la tarde adquirió su dimensión más reveladora. La feria, una cita consolidada en el calendario cultural de Valladolid, convoca a libreros especializados bajo una carpa que recorre el paseo arbolado. El ambiente es el propio de estas ferias: el tacto del papel envejecido, los lomos con dorados desvaídos, el silencio concentrado de quien busca sin saber exactamente qué. Claudia buscó, encontró, eligió. Compró varios libros, alguno en francés —su lengua de origen, la lengua en la que probablemente también soñó durante décadas. «Para nosotros, Claudia», dice Ricardo, enfermero. En ese nombre acortado y adoptado cabe toda una historia de pertenencia.

Una identidad que no caduca

El dato biográfico más evidente —101 años— corre el riesgo de eclipsar al sujeto. Claudia no es, en primer término, una centenaria: es una persona con una historia de vida que incluye una lengua materna distinta a la del país en que reside, una curiosidad lectora activa y una disposición hacia el mundo que la tarde en Valladolid puso en evidencia. Que ese nombre comprimido, Claudia, sea el que usa su entorno cotidiano no es un detalle menor: señala la integración de una identidad en un colectivo que la acoge sin reducirla a su condición de mayor.

El envejecimiento activo es, desde hace años, un concepto central en la política sanitaria y social europea. La Organización Mundial de la Salud lo define como el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida durante el envejecimiento. La definición, con toda su frialdad institucional, describe bien lo que ocurrió en esa mañana vallisoletana: la participación en el espacio público, el acceso a la cultura y al comercio, la continuidad de los intereses personales. Una salida al podólogo y a una feria de libro antiguo no son eventos extraordinarios. Su normalidad es precisamente lo que los hace valiosos.

El modelo de los cuidados que vienen

El centro Lacort de Viana de Cega forma parte de una corriente más amplia dentro del sector geriátrico español que está revisando sus fundamentos. El modelo de unidades de convivencia —grupos reducidos de residentes que comparten espacios domésticos y funcionan con una lógica próxima a la del hogar— ha ido desplazando progresivamente el modelo de gran residencia con lógica hospitalaria. En Lacort Viana, cada unidad dispone de cocina propia y comedores diferenciados. La atención se personaliza. El residente, en la medida de sus posibilidades, sigue siendo el protagonista de sus decisiones.

Las salidas al exterior forman parte de esa filosofía. No son privilegios ni excepciones festivas: son extensiones naturales de una vida que no se detiene en las puertas del centro. Cuando Claudia recorre un mercado, se detiene ante una pescadería o elige un libro en francés en una feria al aire libre, el centro no desaparece; lo que desaparece, momentáneamente, es la categoría de residente. Lo que queda es una mujer con ciento un años y criterio propio, disfrutando de una ciudad que sigue siendo suya.

Ricardo, la persona que la acompañó esa jornada y que trasladó el relato de la salida, empleó un verbo preciso al describir el día: disfrutar. Claudia disfrutó del podólogo, del mercado, de la feria, de la pescadería. No se limitó a tolerar la actividad ni a participar de forma pasiva. Disfrutó. La distinción no es retórica. A ciento un años, el disfrute activo es también una forma de salud.

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