«No hay palabra que valga si no envía/ su tesoro con viento favorable/ No hay palabra que valga si no alumbra/ como el púlsar una vez por cada giro// No hay palabra que valga si no ensarta/ la estrella que nadie nombra y el barco que nadie espera.»
El poemario de Ángela Mallén está inspirado en la Odisea: dos voces, una mujer que espera y un hombre que parte, dudan del instrumento que las sostiene, la palabra. Pero en sus versos describe cómo debe ser una buena palabra: luminosa y en movimiento, porque no basta con existir, ha de emitir una luz que alcance al otro.
En nuestros pueblos y barrios, quienes somos mayores, guardamos memoria viva: refranes, recetas, nombres de plantas y nubes, historias de la posguerra, oficios que ya casi nadie pronuncia. La palabra que heredamos no es un adorno: es una semilla. Mallén nos recuerda que hablar no basta; hace falta enviar el tesoro con viento favorable, alumbrar lo oscuro, ensartar lo no nombrado con quien aguarda al otro lado. Irene Vallejo, en El infinito en un junco, lo confirma: las palabras son lo único que ha sobrevivido a imperios y catástrofes.
Algunas propuestas sencillas para nuestro día a día: rescatar cada semana una palabra del pueblo y regalársela a alguien más joven; anotar cada noche tres frases breves, una alegría, una duda, una gratitud; preguntar a una amiga el nombre olvidado de un utensilio, una costumbre; y escuchar sin interrumpir, porque el silencio atento también es palabra. Nuestra palabra cuidada sigue alumbrando, como el púlsar del poema, una vez por cada giro.
