La exposición ‘Retrato de la costumbre’ reúne cerca de medio centenar de obras del pintor de Salduero en el Centro Cultural San Agustín, donde podrá visitarse hasta el 18 de octubre.
El Centro Cultural San Agustín de El Burgo de Osma acoge desde este 17 de julio la exposición “Retrato de la costumbre”, una muestra antológica dedicada a Maximino Peña Muñoz, uno de los nombres más relevantes de la pintura soriana de finales del siglo XIX y comienzos del XX. La exposición reúne cerca de 50 pinturas procedentes de distintas colecciones y permanecerá abierta hasta el 18 de octubre.
La muestra, organizada por el Ayuntamiento de El Burgo de Osma-Ciudad de Osma y la Diputación Provincial de Soria, con la colaboración de la Junta de Castilla y León, permite recorrer las principales líneas de trabajo de un artista que convirtió el retrato, la escena costumbrista, el paisaje y el bodegón en una forma de mirar la sociedad de su tiempo.

Un pintor soriano entre Madrid, Roma y Salduero
Maximino Peña nació en Salduero en 1863. Siendo niño se trasladó a Argentina para trabajar con su tío Felipe Muñoz Benito, y allí comenzó a formarse con el pintor Blanco Aguirre, quien le orientó hacia la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Más tarde conoció a Casto Plasencia, figura decisiva en su formación, y en 1885 continuó sus estudios en Roma.
Su trayectoria quedó marcada por esa combinación de aprendizaje académico, experiencia internacional y arraigo soriano. En Madrid se integró en el ambiente artístico de su tiempo, participó en el Círculo de Bellas Artes y aumentó progresivamente sus encargos, mientras mantenía una relación constante con Salduero y con la sociedad soriana que retrató en muchas de sus obras.
Esa doble pertenencia explica buena parte del interés de la exposición. Peña fue un pintor formado en los circuitos artísticos de mayor exigencia, pero encontró en la vida cotidiana de su tierra una materia pictórica de gran hondura.

Cincuenta obras para una visión de conjunto
“Retrato de la costumbre” reúne piezas de la Casa Museo de Maximino Peña, en Salduero; obras pertenecientes a la colección de la Diputación Provincial de Soria, incluidas las que el artista remitió como contraprestación por la beca que le permitió completar su formación en Roma; y tres cuadros procedentes del legado de Víctor Manuel Ayllón Casado.
El conjunto ofrece una lectura amplia de su producción y permite contemplar obras de distintas etapas. La presencia de piezas fechadas en Roma aporta especial valor al recorrido, porque conecta la formación internacional del pintor con el apoyo institucional que recibió desde Soria en sus primeros años.
La exposición actúa también como una oportunidad para reunir un patrimonio disperso. Muchas obras de Peña permanecen en colecciones familiares, institucionales o locales, por lo que su presentación conjunta facilita una mirada más completa sobre su legado.
El retrato como documento social
Una de las facetas centrales de Maximino Peña fue el retrato. Su dominio del pastel le permitió trabajar la suavidad de las carnaciones, la elegancia del gesto y la profundidad psicológica de sus modelos. La crítica de su tiempo valoró especialmente esa capacidad para captar presencia, carácter y posición social.
La exposición incluye retratos familiares, como el de su tío Felipe Muñoz, cuya ayuda fue decisiva para su formación artística, junto a obras dedicadas a personajes destacados de la sociedad soriana. Entre ellas figuran los retratos de Ramón Benito Aceña y José Ruiz, suegro del pintor.
Estos trabajos permiten leer la pintura de Peña como documento histórico. Sus retratos no solo conservan rostros; también muestran modos de vestir, jerarquías sociales, ambientes familiares y una sensibilidad burguesa propia de la Soria de finales del XIX y principios del XX.
La costumbre como forma de verdad
El segundo eje de la muestra se dedica a la pintura costumbrista. En este ámbito conviven escenas realizadas en su estudio madrileño, pensadas en buena medida para el mercado artístico, y obras nacidas durante sus estancias en Salduero, donde Peña retrató la vida cotidiana, los oficios, los niños, los pastores y las tradiciones del entorno pinariego.
En esas pinturas aparece quizá el Maximino Peña más personal. Obras como Pelando la pava, Niños en el puente de Salduero o sus retratos de pastores sorianos revelan una mirada cercana, atenta a los gestos ordinarios y a la dignidad de personajes alejados de los grandes relatos oficiales.
La costumbre, en su pintura, no es una escena pintoresca sin fondo. Es una forma de fijar el tiempo, de convertir la vida rural en materia artística y de conservar una memoria visual de los pueblos sorianos.
Paisajes de la comarca pinariega
La exposición dedica otro apartado a su faceta como paisajista, menos conocida que la de retratista, pero esencial para comprender su relación con el territorio. Influido por la Colonia de Muros y por Aureliano de Beruete, Maximino Peña pintó del natural y trabajó con especial atención la luz, la atmósfera y la riqueza cromática del paisaje castellano.
Sus vistas de la comarca pinariega se alejan del paisaje como simple fondo decorativo. En ellas se advierte una voluntad de observación directa, una sensibilidad hacia los cambios de luz y una búsqueda de verdad visual.
El paisaje aparece así como extensión de su mundo afectivo. Salduero y su entorno no son únicamente lugares de origen, sino escenarios donde el pintor encuentra formas, colores y escenas que alimentan su obra durante décadas.
Bodegones y versatilidad técnica
El recorrido se completa con una selección de bodegones, una faceta menos difundida, pero útil para valorar la amplitud de recursos del artista. Estas piezas permiten observar su dominio de la composición, la materia y la relación entre luz y volumen.
El bodegón añade una lectura más íntima a la exposición. Frente al retrato social o la escena costumbrista, estos cuadros concentran la mirada en objetos, alimentos y superficies, en una pintura más silenciosa, pero igualmente reveladora de oficio.
La suma de retratos, escenas, paisajes y bodegones confirma la versatilidad de Peña y explica su reconocimiento entre los pintores españoles de su generación.
Una carrera reconocida en su tiempo
Maximino Peña obtuvo en 1887 una medalla de tercera clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes con La carta del hijo ausente, obra enviada desde Roma. Más tarde logró una medalla de primera clase con Cabeza de labriego en 1912, según recoge la ficha de autor del Museo Nacional del Prado.
El Prado conserva obras suyas como La carta del hijo ausente y El bebedor, esta última realizada en pastel sobre papel pegado en lienzo. La ficha del museo sitúa a Peña como un pintor de producción amplia, destacado en el uso del pastel, el paisaje del natural, los apuntes y los temas costumbristas.
Ese reconocimiento institucional ayuda a situar la muestra burgense dentro de una recuperación más amplia de la pintura española de transición entre los siglos XIX y XX, un periodo en el que el realismo, el costumbrismo, el retrato y la sensibilidad regional convivieron con nuevas formas de mirar el paisaje.
El Burgo de Osma suma una exposición de referencia
El alcalde de El Burgo de Osma, Antonio Pardo, ha vinculado la exposición con la programación cultural de verano de la villa y con las actividades paralelas de los cursos de Santa Catalina. La muestra se presenta como una de las grandes citas artísticas de la temporada en el Centro Cultural San Agustín.
La presencia de familiares del pintor en la presentación subraya además el vínculo vivo que la obra mantiene con Salduero y con la memoria familiar. Maximino Peña no aparece solo como nombre de manual artístico, sino como parte de una historia local que todavía conserva afectos, lugares y obras.
El Burgo de Osma ofrece así un espacio para redescubrir a un pintor que miró de cerca la sociedad soriana y dejó un legado de valor artístico y documental.
Una pintura que conserva vida cotidiana
La exposición permite comprender por qué la obra de Maximino Peña mantiene interés más allá de su calidad técnica. Sus cuadros conservan rostros, oficios, paisajes, interiores, formas de relación y pequeños gestos de una sociedad en transformación.
Su pintura mira lo cotidiano con atención. Convierte a niños, pastores, familias, personajes locales y escenas rurales en protagonistas de una memoria visual que sigue ayudando a entender la Soria de su tiempo.
“Retrato de la costumbre” funciona, por tanto, como una invitación a mirar de nuevo a un artista que supo unir oficio, sensibilidad y arraigo. En sus cuadros, la costumbre se convierte en retrato colectivo.
